Capítulo 61

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Cuando desperté a la mañana siguiente, Laura ya no estaba en la cama. Miré al techo y no pude reprimir mi sonrisa. Había dormido estupendamente en aquel colchón y en compañía de mi chica romana. Ni siquiera el calor había interrumpido mi sueño, a pesar de que ya estaba volviendo a sudar. Me puse en pie casi de un salto, lleno de energía y de ganas de empezar un nuevo día. Hasta parecía que mis pies estaban algo mejor.

Encontré mi ropa planchada y doblada sobre la silla que estaba junto al armario. Me quité la camiseta y los pantalones del hijo de su vecina y me puse mi uniforme. Me entristeció un poco volverme a ver vestido de verde oliva. Le había cogido un profundo odio a ese color.

Abrí la puerta de la habitación y un olor a pan recién hecho entró por mis fosas nasales. Lo seguí y llegué a la cocina, donde Laura y Agnese estaban preparando el desayuno.

—¡Buenos días! —me saludó Laura—. Ven, siéntate. Debes tener hambre.

A diferencia del día anterior, mi plato estaba junto a el de ellas, aunque Agnese frunció el ceño nada más sentarme. Me froté un ojo, y cuando lo volví a abrir, tenía una tostada con mantequilla y mermelada de fresa sobre el plato.

—¿Quieres café? ¿Un zumo?

—No me gusta el café.

—Oh, es cierto, había olvidado nuestra conversación sobre lo «asqueroso» que está el café italiano —me dijo con una sonrisa burlona.

—No solo el italiano. Todos los cafés son asquerosos.

—Cómete la tostada —contestó haciéndose la ofendida.

Le di un mordisco, pero entonces vi a Agnese mirándome de nuevo fijamente e hizo que al tragar sintiese el pan rascándome la tráquea. Supe enseguida que quería continuar con el interrogatorio de la cena.

—¿A cuántos hombres has matado?

—¡Agnese! —la regañó Laura.

Me golpeé el pecho para que aquel segundo bocado bajase por la garganta. Aquella niña parecía dispuesta a atragantarme. Más que «dispuesta», se podría decir que estaba deseosa.

—No quiero pensar en ello.

—No la escuches —dijo Laura, poniendo el zumo de naranja en la mesa.

Laura no permitió que su hermana menor me hiciese ninguna otra pregunta durante el desayuno. Cada vez que la veía abrir la boca, le daba una patada por debajo de la mesa. Para no reírme abiertamente de la situación, bebía o comía cuando notaba mi sonrisa asomar. Lo cierto es que disfruté enormemente con cada golpe que Agnese recibía. Lo malo fue que alguien llamó a la puerta y Laura se tuvo que levantar para ver quién era.

—¿Qué intenciones tienes con mi hermana? —me preguntó Agnese.

—¿Quieres chewing gum? —No conocía la palabra italiana para «chicle», o al menos, no la recordaba—. ¿Gomma da masticare? —Improvisé una traducción casualmente correcta mientras sacaba los chicles del bolsillo.

Agnese observó los chicles con desconfianza. Sabía que le estaba intentando cambiar de tema, pues no tenía un pelo de tonta, pero Agnese seguía siendo una niña pese a todo, así que cedió y cogió los dulces. Le quitó la envoltura a uno y se lo metió en la boca. Esperaba que eso bastase para mantenerla en silencio.

Laura regresó con unos huevos, por lo que supuse que había sido la vecina la que había llamado a la puerta. Me puse en pie y recogí mi plato.

—¿Ya te vas? —preguntó un poco triste—. Todavía no he terminado.

Little ItalyHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora