Capítulo 29

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—Este es el chico del que le hablé, señor —dijo mi supervisor—. Sus compañeros le llaman «Fast hands». —Rio.

Levanté la vista de la escopeta a la que le estaba sacando brillo. Ante mí tenía al señor Volta, todo trajeado y perfumado. Sujetaba un puro entre sus dedos, pero todavía no lo había encendido. Estaba bastante gordo y tenía un bigote gris muy espeso. Era la primera vez que lo veía y me sorprendió su aspecto bonachón. Aquel hombre no intimidaba ni lo más mínimo. Parecía una persona que te podrías encontrar en cualquier bar echando un trago o una partida de cartas. 

—¿Cómo te llamas? —me preguntó, divertido.

—Luca Costa.

—Tu cara me suena, ¿nos conocemos? 

—Mi madre trabaja en su casa. - contesté - Se llama Laura.

—No, no es eso.

Se quedó mirándome fijamente, y no sabía cómo reaccionar. Tenso, me giré hacia Milenko, por si podía echarme una mano, pero él estaba tan bloqueado como yo. Al verme de perfil, a Giuseppe Volta se le iluminó el rostro:

—¡Ya sé! La cena benéfica de los Williams. 

El millonario sonrió, orgulloso de haber sido capaz de situar mi rostro en el tiempo. Y la verdad, no era para menos. Habían pasado algo más de dos años y yo ni siquiera lo recordaba. 

—Nos sentaron en la misma mesa —dijo—. Tu amigo y tú rebañasteis el plato y James Carmichael os fulminó con la mirada, pero vosotros seguisteis a lo vuestro. —Rio—. ¿Me equivoco?

—No, no se equivoca. Nos invitó Anthony Williams —expliqué—. Es nuestro amigo.

—Anthony Williams... Durante mucho tiempo corrió el rumor de que estaba muerto. 

No contesté. No quería ser descortés, pero no quería hablarle de los problemas de Anthony, y mucho menos de aquel día en concreto.

—¿Te gusta tu trabajo?

—Sí. —Asentí.

—No hace falta que me mientas. —Volvió a reír, llevándose las manos a su panza.

—Me paga bien y no quiero perder mi empleo —dije—. No puedo quejarme.

El hombre rio de nuevo, como si acabase de decir lo más gracioso del mundo. Encendió su puro tranquilamente y le dio una larga calada.

—Reúnete conmigo a la salida.

Tras decir eso, se marchó, seguido de mi supervisor. Milenko y yo no entendíamos nada ni sabíamos qué podría querer de mí. Era extraño que quisiese verse con un simple empleado. No tenía ningún sentido.

***

Trabajé duramente toda la jornada y por fin llegó la hora. El señor Volta me esperaba con su coche en la puerta.

—¡Luca! —Me llamó.

Me acerqué a su coche, incómodo por estar siendo observado por los demás trabajadores.

—¡Sube! —me ordenó.

Su orden me pilló por sorpresa.

—Yo... tengo que ir a trabajar —dije, pensando en Frank y el Cúinnne.

—¡Sube! —repitió entre risas.

No sabía que hacer. Todos me miraban muertos de curiosidad. No quería que nadie me viese con él ni subirme a su coche, pero tampoco quería perder mi empleo. Al final, su chófer abrió la puerta trasera del vehículo y me vi obligado a entrar. El día siguiente me acosarían a preguntas mis compañeros.

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