Capítulo 52

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Por un tiempo, creí que la junta local de reclutamiento se había olvidado de mí. Pasaban los meses y todo seguía igual. El trabajo en la fábrica y salir de caza con el señor Volta me ayudó a distraerme y a sanar mis heridas emocionales. Al final, mi madre logró disuadir a Tosca de alistarse como enfermera. Mi hermana cedió porque sabía que mi madre la necesitaba, aunque le hubiera gustado hacer mucho más por la causa. Pese a ello, siguió dándolo todo en el hospital de Nueva York, pues seguía siendo necesario que alguien atendiese a los soldados heridos que llegaban a las costas de nuestro país desde Europa. Era un trabajo agotador y a menudo llegaba a casa cubierta de sangre, pero la satisfacía. Yo, en cambio, no fui capaz de volver a pisar el hospital. Me daba miedo reencontrarme con Nicole. Quería olvidarla, hacer como si nunca hubiese existido. Los meses pasaban, y llegué a creer que vería nacer al primer hijo de Jacob, pero desgraciadamente, me equivoqué. 

Con la Campaña del Norte de África finalizada, los Aliados habían decidido invadir Italia, empezando por Sicilia. En julio de 1943, las tropas británicas y estadounidenses desembarcaron en la isla, y en poco más de un mes se hicieron con ella. Esto llevó a que el rey de Italia Vittorio Emanuele III ordenase la detención de Mussolini e iniciase conversaciones secretas para alcanzar la paz con los Aliados. El 3 de septiembre de 1943 se firmó el Armisticio entre Italia y las fuerzas armadas aliadas. Cinco días más tarde, un piloto alemán avistó a la flota enemiga en aguas de Salerno, lo que levantó las alertas del Führer. Hitler envió un ultimátum a Italia para que declarase su postura, pero la única respuesta que recibió fue el anuncio de Eisenhower por radio a las 18:30 horas del Armisticio con Italia. Unas horas más tarde se produjo la Operación Avalanche y las tropas aliadas desembarcaron en Salerno, aunque con muchas bajas. Desgraciadamente, los paracaidistas alemanes lograron rescatar al Duce, que estaba preso en el hotel Campo Imperatore, y en el norte de Italia Hitler estableció la República Social Italiana, un estado títere de Alemania. En resumen, se estaban viviendo tiempos convulsos.

Casi sin darme cuenta, un frío día de noviembre me vi envuelto en una despedida en la misma estación de tren donde había visto a Gio marcharse, salvo que esta vez, el que se iba, era yo. Es curioso, pero no recuerdo haberme despedido de Marco, Fabrizia y mi sobrino, y sin embargo, sé que estuvieron allí. Tampoco recuerdo exactamente la reacción de mi abuelo. Creo que me abrazó, y estoy casi seguro de que me deseó suerte, pero soy incapaz de recordar su cara. Tampoco recuerdo la de Jacob. Lo que sí recuerdo a la perfección son las lágrimas de mi madre mojándome la ropa. Nunca lo hubiera logrado olvidar. Esa expresión de dolor en su cara, el temblor de su cuerpo, la sonrisa que se esforzaba por esbozar... Puede que fuese su despedida lo que me hizo olvidarme de todo lo demás y centrarme en ella. 

—Gracias —le dije.

—¿Por qué? —Se limpió las lágrimas.

—Por todo. 

Mi madre me crio sin mi padre, me enseñó a ser una buena persona y siempre luchó por mí. Deseé que estuviese orgullosa de mí, no por ir a la guerra, sino de la persona en la que me había convertido. En el fondo, sabía que lo estaba. Se lo veía en los ojos. 

Se separó de mí para que Tosca pudiese despedirse.

—Luca...

Me abrazó y me dio un beso en la mejilla. Fue una sensación extraña, porque nunca nos dábamos besos, pero aun así me dejé besar. Al fondo vi a un par de chicos señalarnos y hablar entre ellos. No era la primera vez que la gente confundía a Tosca con mi novia y aunque me irritaba, había acabado acostumbrándome a esos comentarios sobre que ella merecía algo mucho mejor que yo. La iba a echar mucho de menos, puede que incluso más que a mi madre. A Tosca la veía todos los días, convivíamos, nos contábamos nuestras cosas y era a quien recurría cuando tenía un problema. 

Little ItalyHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora