Capítulo 24

3K 515 178
                                        

No sabía cuánto tiempo llevaba en aquella celda de la comisaría del quinto precinto, pero a juzgar por la presión que sentía en mi vejiga, bastante. Fuera ya se había hecho de noche. La frente me había dejado de sangrar, pero la mano y el costado me dolían horrores. Eso era lo de menos: no sabía cuánto tiempo más iba a ser capaz de soportar estar allí encerrado con otras cuatro personas totalmente desconocidas. Uno de ellos, se había vendado una herida en la pierna con una camiseta, y estaba acaparando uno de los dos bancos que había para él solo. El otro restante lo compartían los otros tres detenidos. Al más alto le habían dado un buen golpe en la mandíbula y le estaba hinchando tanto que tenía la cara deforme. Era curioso, porque con lo alto que era, yo no entendía como le habían alcanzado la cabeza. Me tuve que conformar con sentarme en el suelo, y procuré no pensar mucho en lo sucio que estaba y en la sospechosa mancha gris que había a dos palmos de mí. 

Si se conocían, no lo parecía, porque ninguno de nosotros abrió el pico en todo el tiempo que estuvimos allí. El ambiente estaba muy tenso, y no parábamos de mirarnos los unos a los otros, examinándonos, como si en cualquier momento fuese a comenzar una nueva pelea y necesitásemos conocer nuestros puntos fuertes y débiles. Admito que yo ya había planeado darle una patada en la tibia al hombre tumbado en caso de que fuese necesario. Con el que tendría más problemas, sería el alto, porque no sería tan fácil golpearle en la herida como al primero. Los otros dos llevaban un buen rato atacándose con las miradas, así que probablemente, mientras ellos peleasen, me dejarían en paz... Y así estaba yo, entreteniéndome buscando una forma de defenderme en caso de conflicto, cuando un policía se acercó a la celda y me ordenó salir. Me dolió levantarme, pero cualquier cosa era mejor que pasar allí un sólo segundo más.

Me guió hasta una habitación donde solo había una mesa de metal con dos sillas. Allí se encontraba un hombre que supuse que sería un oficial o un inspector. Después, el policía se marchó, dejándome a solas con él. Era corpulento, rondaba los cincuenta años y tenía sus ojos grises fijos en mí. No sabía qué hacer, ni qué decir, así que me tranquilizó bastante que señalase la silla que estaba puesta frente a él.

—¿Cómo te llamas, muchacho? —me preguntó.

—Luca Costa.

Al escuchar mi apellido, alzó la cabeza. Pensé que quizás hubiese conocido a mi padre, pero su siguiente comentario me hizo imaginar que solo se trataba de mera curiosidad:

—Um, italiano... —dijo.

—No, soy estadounidense —lo corregí—. Yo nací aquí.

El hombre sonrió. Parecía divertido con mi osadía.

—¿Cuántos años tienes?

—Diecisiete, señor.

—Bien... —anotó la información en una hoja de papel—. ¿Y dónde vives?

—En Mott Street, señor.

—¿Comunista o fascista?

—Ni lo uno, ni lo otro. Esto es solo un malentendido.

—«Error, malentendido, yo jamás haría eso»... Me las sé todas, hijo, así que si puedes evitar tratar de engañarme, ahorraremos tiempo.

Le expliqué que yo estaba buscando a la novia de mi amigo (sin dar datos de ninguno de los dos) y que sin querer me había visto envuelto en aquella pelea. No sabía si me creía o no, pero lo que sí sé, es que mi historia le hizo gracia. Gracia, que por cierto, yo no veía.

Little ItalyHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora