No conocería la verdad sobre mi padre hasta pasados cuatro años, en 1936. Aquel año fue de todo menos tranquilo: estalló la guerra civil española, los atletas de la Alemania Nazi fueron humillados por Jesse Owens en las Olimpiadas, se produjo la abdicación de Edward VIII en el Reino Unido, Roosevelt fue reelegido presidente y se publicó Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell. Pero no solo fue importante a nivel mundial, sino también personal para mí.
—Sí, ese me vale.
El tendero envolvió las dos truchas que mi madre acababa de escoger. Ella abrió el monedero para pagar y entonces se le cayeron las monedas.
—Mamma... —Puse los ojos en blanco, pues ya era la segunda vez que le ocurría aquel día.
—No os quedéis ahí y ayudadme a recogerlas.
Tosca y yo nos agachamos. Algunas habían rodado por debajo del mostrador y era difícil cogerlas.
—Permitan que mi nieto les ayude.
Sabía que me sonaba aquella voz, pero no fui capaz de asociarla a un nombre hasta que vi la cara de su propietario: el señor Bianchi. Mi madre se puso en pie. Temblaba. Era la primera vez que lo veía cara a cara desde lo de mi padre.
—Antonio, haz el favor.
Nada más nombrarlo, su nieto se agachó a recoger las monedas que quedaban y se las ofreció con una sonrisa a mi madre. Pero ella no las cogió.
—Usted... —dijo mi madre casi sin voz.
—Señora.
Antonio, que parecía un par de años mayor que yo, abrió la mano para que mi madre viese las monedas y las cogiese, pero ella estaba pasmada. Finalmente fue Tosca la que las cogió.
—Laura, ¿todavía sigue enfadada conmigo? Sabe que Fabrizio jugó con quien no debía. No tengo la culpa, él me obligó a hacerlo.
La voz del señor Bianchi era pausada, tranquila, y no mostraba ninguna clase de arrepentimiento.
—¡¿Cómo se atreve?! —gritó mi madre, saliendo el shock—. ¡¿Cómo se atreve a preguntarme si sigo enfadada?! ¡Usted mató a mi marido! ¡A mi Fabrizio!
El pescadero se interpuso y agarró el brazo de mi madre con cuidado. Conocía a mi madre desde niño y no quería que tuviese problemas.
—Le ruego que deje a la mujer en paz, señor —dijo el pescadero.
—Eso fue hace mucho. —Bianchi hizo un gesto de desprecio.
—¡Era mi marido! ¡El padre de mis hijos! —Ahora lloraba.
—Mamma, vámonos. No vale la pena —dijo Tosca cogiéndola de la mano e intentando tranquilizarla.
Salimos de la tienda y caminamos hasta casa lo más deprisa que pudimos. Nuestra madre estaba sufriendo un ataque de nervios e histeria.
—¿Qué ha ocurrido ahí fuera? —preguntó mi abuelo, preocupado al ver a mi madre llorar.
Mi abuela la sentó en el sofá y fue a buscar un vaso de agua. Mi madre tenía la respiración acelerada y la mirada perdida.
—Nos hemos cruzado con el señor Bianchi —expliqué.
—¡No quiero oír ese nombre en esta casa! —gritó ella.
—Sh, tranquila, Laura, ya pasó. —Intentó calmarla la abuela.
La cogió de la mano y, después de un buen rato, mi madre se calmó. Le contamos lo ocurrido a mis abuelos mientras ellos escuchaban con expresión de espanto.
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Little Italy
Ficción Histórica🏅NOVELA GANADORA DE LOS WATTYS 2020 EN LA CATEGORÍA DE FICCIÓN HISTÓRICA «Me crié en Little Italy, en un pequeño apartamento de la calle Mott». Luca era un niño de tan solo siete años cuando su padre fue asesinado por un mafioso en 1929. Además de...
