27.

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Nadie entendería lo delicioso que era tener sexo con una alfa, de las pocas mujeres con esa característica dominante y salvaje, de las únicas que podían llevar al cielo al omega que deseara.

Nadie.

Excepto él.

Y lo amaba.

No sólo porque su trasero disfrutaba sin miedo, ya que las alfas no anudaban y, por ende, no dolía al final... Sino que había más, muchas razones más.



—Oh mierda... Oh mierda.


México cerraba sus ojos al sentir la oleada de placer por el golpe en su punto dulce, y sentía la suave lengua de Canadá repasar su cuello antes de que empezaran a embestirlo de nuevo.


—¿Estás bien, mon chéri?

—Sí~ —canturreó entre jadeos.


Y ahí estaba.

Podía hundir su rostro en esos pechos redonditos que le gustaba apretar y morder. Por morbo, por fetiche, por lo que fuera. Su delirio eran ese par de senos que estrujaba a la par que se mecía sobre esas esbeltas piernas y temblaba por el placer.


—No tan... fuerte —se quejó Canadá con esa voz firme y autoritaria—. Mexique —detuvo la mano que rasguñaba su pecho—. Tranquilo.

—No... puedo —la besó, porque le encantaba esa mujer.


Le encantaba lo dulce que era, lo atenta, lo hermosa y lo ruda que era cuando se dejaba llevar. Le encantaba Canadá, su florecita, el amor de su vida.

Dulzura [México x Canadá]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora