Un secreto se oculta bajo los suelos de tierra santa, algo oscuro y con un origen mucho más terrible del que se conoce, un niño encerrado que fue criado como monstruo, alejado de todos por ser hijo del ser equivocado, juntando rencor e ira contra aq...
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Horas antes.
El ángel Miguel mira desde su trono el paisaje dispuesto para él. Se siente triunfante y algo vacío, lo que lo llena de confusión. Luego de que el Rey de las Tinieblas fuera asesinado por su traicionero hijo, no quedó nada más que hacer en ese lugar, por lo que junto con su hijo volvieron a casa.
¿Por qué no puede sentirse feliz con aquel nuevo inicio? Se encuentra en esa incertidumbre cuando unas delicadas manos se posan sobre sus hombros, y a pesar de la rapidez en la aparición de éstas no se sobresalta, pues ya sabe quién es. El amor de su vida, Ell, su esposa y madre de sus dos hijos, comenzó a darle masajes para quitar la tensión. Aquella mujer de curvas moderadas y esbelta figura había capturado su corazón desde que poso sus ojos en ella, su cabello fino y suave como hilos de seda dorados encandilaron todo a su paso, y esos ojos azules te hipnotizaban al punto de solo querer observarlos durante el resto de tu vida.
La conoció varios años luego de aquel rechazo que lo dejó sumido en la miseria, ya que la demonio no quiso acostarse con él por más que lo intentó. Lumoria siempre tuvo ese don para atraer a toda criatura, con su encanto al hablar, esas curvas exuberantes y su esencia seductora, y al poco tiempo de haberla conocido él se obsesionó. Trató de conquistarla innumerables veces a pesar de que esa unión no traería más que desgracias y deshonra. Le costó muchos años recuperarse de ese desplante, cuando conoció a la que actualmente es su esposa, quién con pequeñas atenciones fue ganándose ese corazón lleno de ambición.
—¿Qué sucede, amor mío? Te noto distante el día de hoy.
Miguel con destreza dirige sus brazos hacia atrás y toma el delicado cuerpo de su mujer en sus manos para posarla sobre sus rodillas. Un fogoso beso es su recompensa, y también una prueba de que su amor seguía intacto a pesar de los siglos. —No me pasa nada, sólo me siento algo cansado.
Ella lo acunó contra sus pechos, lo que hizo que él suspirara de dicha. —Hay algo de lo que quisiera hablarte. —Comenta algo preocupada, posa ambas manos tras el cuello de su esposo y frota su cabeza, adornada con una fina diadema con flores doradas.
—Dime, cariño. Prometo hacer lo que esté a mi alcance para ayudarte.
Ell con ternura posó sus manos sobre el rostro afligido de Miguel, calmándolo. —No te apresures, pero desde hace unos días siento que algo sucede, o sucederá. Mi conexión con la tierra fértil me indica que algo se aproxima, algo grande, el aire cambia, los animales se esconden. Están temerosos. Un caos se acerca.
Él la observó hacia abajo, acariciando su espalda y con la otra mano las largas piernas de su mujer, como si fuese le tesoro más grande en su vida, y lo era. Nada se le comparaba, es por ello por lo que lucharía para darle todo, hasta el reino de los demonios, aunque ella no hubiese pedido nada.
Le sonrió con un infinito amor. —Tranquila, ya pronto pasará. Nada malo ocurrirá.
—Eso espero. —Dándole un beso, Ell, salió de la habitación iluminada de color blanco, dejándolo solo con sus pensamientos nuevamente.