Ojos color esmeralda

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Los adultos volvieron a mirarse y María sonrió, esa escena era tan íntima y hermosa que ambos parecían querer guardarla por siempre en sus memorias. Por una vez, el marqués parecía relajado, como si se sintiera en casa, no fruncía el ceño ni apretaba la mandíbula. Solo miraba a la pequeña con cariño.

-Estoy segura de que será un buen padre, marqués.

-No creo que llegue a serlo, pero gracias, majestad.

El tono de Lafayette había perdido algo de seriedad y dureza, se mostraba amable y amigable ante la joven. María acercó la taza a su boca con algo de extrañeza ante la sentencia del marqués.

-¿Porqué dice eso? No es usted un chiquillo, pero nunca es tarde para ser padre, los hombres lo tienen más fácil.

-No esperaba que me llamase anciano, majestad.

María soltó rápidamente la taza de té sobre el platillo de porcelana y comenzó a negar repetidamente con la cabeza. Se secó los labios con una servilleta de tela sin parar de mover la cabeza hacia los lados.

-No, por Dios, marqués, no quería decir eso, jamás le llamaría anciano o...

Entonces, Lafayette rio. Aquello no era costumbre del aristócrata, María abrió la boca en un gesto de sorpresa, tenía una risa muy varonil, con un timbre que fácilmente podría resultar altamente adictivo para la joven reina.

-Estaba bromeando, majestad. Tiene razón, no soy el joven que solía ser, aún no sé si llegaré a ser un buen padre o un buen marido, supongo que aún tengo que esperar para saberlo.

-Estoy segura de que su mujer será la más afortunada del mundo y que no tardará en llegar.

-Si usted lo cree, así será.-sonrió el adulto.

El marqués y la joven charlaron durante horas, tanto que se les enfrió el té y María no atendió a ninguna de sus visitas que los criados tuvieron que despachar educadamente. Ambos reían y hablaban intercambiando recuerdos y anécdotas.

-Al solo tener un hermano mi querida madre siempre me obligaba a llevarlo a todas partes conmigo, mi padre murió muy joven y yo adopté su papel.

-Nosotros somos quince hermanos, nunca me aburría en Austria, siempre había algo que hacer o alguien con quién hablar, también quiero eso para mis hijos.

El sonido de unos educados y amables pasos los interrumpieron, era uno de los criados de Lafayette, este realizó una reverencia y después de pedir permiso para pasar, entró en la terraza.

-Majestad, marqués.-saludó.-Vengo a recordar que el marqués tiene una muy importante reunión en unos minutos.

Fue entonces cuando ambos se dieron cuenta de lo tarde que era, habían hablado sin parar, el sol estaba mucho más bajo que al principio. María volvió a coger en brazos a su hija y el marqués realizó una reverencia, cogió su mano libre y como siempre, besó sus nudillos.

-Majestad, gracias por el té y por sus deseos.

-Gracias a usted por la visita, marqués. La princesa y yo estaremos encantadas de recibirle cuando quiera.

El marqués asintió y realizó una corta reverencia, se alejó poco a poco de la habitación, María miró a su pequeña y acarició su cabeza, por una vez en mucho tiempo, se había sentido muy protegida, se había sentido en casa sin estar con su marido o con Gabrielle.

La reunión del marqués duró más de lo esperado debido a la poca concentración del marqués, su mente seguía en aquella terraza junto a María, como si le fuera imposible desaparecer de allí. Incluso cuando se fue a dormir ella seguía en sus pensamientos. Al día siguiente se levantó temprano, no tenía nada importante que hacer hasta el medio día, se preparó algo más elegante de lo normal, decidió volver a visitar a su majestad. Casi todo Versalles estaba ocupado tomando el té o desayunando, por lo que supuso que la reina estaría haciendo lo mismo. Cogió un par de flores que adornaban su habitación, cuatro rosas blancas. Caminaba con paso seguro hacia aquella habitación, su mente estaba dividida a partes iguales. ¿Qué estoy haciendo? Solo voy a visitar cortésmente a la reina, no es algo malo, es algo normal y formal. ¿Pero porqué sonrió cuándo me dirijo allí?

María. (TimePrincessGame) Terminada.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora