Realidad

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María lo miró, sintió su corazón latir muy fuerte, incluso tenía ganas de llorar. Aquella "broma" había llegado demasiado lejos. Miró al marqués y se dio cuenta de que no había ninguna culpabilidad en su conciencia. Sentía sus mejillas encenderse y el sudor de su nuca congelándose al instante, tragó saliva antes de pronunciar palabra. 

-Lo siento mi señor, pero debo irme ya, se ha hecho demasiado tarde como para poder quedarme.

María se alejó de los brazos del marqués, la sensación de frío en la piel donde habían estado hacía escasos minutos las manos de Gilbert hizo que algo se rompiese en su interior. El marqués no quería insistirle, pero tampoco quería dejarla escapar por nada del mundo, agarró de nuevo suavemente su mano.

-Mi señora, perdóneme si he sido demasiado brusco.-se disculpó al instante.

-No se preocupe, pero debo irme. Lo siento. 

María se alejó rápidamente del marqués, sintió un pinchazo en su corazón, llegó tan rápido que se sorprendió de haberlo hecho sin correr. Subió rápidamente al carruaje, se sentó sobre los cómodos sillones de tercio. No fue hasta que no sintió el leve movimiento del carruaje avanzar hacia el camino a casa que no se quitó la máscara. La sensación de vacío fue extraña por unos segundos, pero había algo que ocupaba su mente de manera más insistente, aquel baile, aquella sonrisa, aquel hombre que parecía totalmente distinto al marqués. Colocó las manos en sus ojos intentando no derramar ni una lágrima, lo que fue tarea imposible. Cuando volvió el amanecer predecía su llegada con un leve contraste de colores en el horizonte, pero María no estaba de humor como para quedarse en los jardines, sentía que arrastraba hasta el alma. Decidió esconderse en el trianón, su frecuente refugio lejos de críticas y habladurías. 

Se tumbó en la cama con los brazos totalmente extendidos, miraba al techo y sentía su vista nublarse, de nuevo las lágrimas se amontonaban entre sus parpados sin control alguno. 

Después de darse un baño, María estaba preparada para asistir a sus tareas diarias, caminaba fuera del petit trianon para dirigirse al palacio, una de las sirvientas corría hacia ellas con una desgarradora información. 

Los sirvientes abrieron la puerta de la habitación de la duquesa, María entró corriendo y corrió a la cama a visitar a su amiga, esta se encontraba completamente devastada, no podía dejar de llorar ni respirar con tranquilidad, su marido se encontraba al lado, sujetando su mano e igual de desolado. 

-Majestad, gracias por venir.-saludó y agradeció el duque. 

Gabrielle levantó la barbilla para mirarla, sus ojos estaban desgastados de tanto llorar, ambas se dieron un fuerte abrazo y Gabrielle volvió a llorar. Habían perdido al bebé, su cuarto hijo había dejado de moverse y tuvieron que inducirle el parto para sacarle al feto, que hubiera podido sobrevivir había sido un milagro. 

Decidieron dejar sola a la pareja, aquello había sido un golpe demasiado duro como para que Gabrielle volviera al lado de María pronto, tendría que seguir haciendo su día a día, solo que sin ella a su lado para ayudarla. 

La joven caminaba por el pasillo, la falta de sueño y la atroz noticia la hacía caminar sin fuerzas ni ganas. Miraba al suelo, estaba incluso mareada, frenó en seco al notar a una persona justo delante suya, tuvo que mirar hacia arriba para poder ver su rostro con claridad. 

-Majestad. ¿Puedo ayudarla?

La suave voz del conde Fersén la tranquilizó como una nana a un recién nacido. Ella no contestó al instante, se aclaró la garganta mientras colocaba los hombros en su lugar volviendo así a su recta y formal postura de siempre. 

María. (TimePrincessGame) Terminada.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora