Palacio de las Tullerías

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Los días se hacían tan eternos, que María parecía haber envejecido dos años en solo una semana. Miraba al frente con la mirada perdida mientras tres criadas terminaban de arreglarla. Tres. María contaba todas las mañanas con veinte personas solo para ponerle el vestido y casi el mismo número para accesorios y maquillaje. 

El reflejo del espejo dejaba ver una mujer cansada, derrotada y rota. La familia real tuvo que hospedarse en el palacio de las Tullerías en París. Pero sabían que era temporal, las revueltas en las calles eran cada vez peores y el pueblo pedía sus cabezas en bandeja de plata. Esperaban un juicio por haber llevado a Francia a la peor miseria en muchos años.

María no hizo nada en todo el día, solo esperó sentada mientras su marido trataba de llegar a un acuerdo con los responsables, apenas veía a Auguste en todo el día, sabía que él tampoco podía dormir. Los niños seguían sus clases y su rutina para que no notasen qué estaba pasando, pero aquellos pequeños eran demasiado listos y sabían que algo malo estaba pasando. No hubo rastro ni de Adealide ni de muchos más conocidos que no consiguieron salir del palacio a tiempo. ¿Cuántas muertes llevaban a su espalda? ¿Había sido realmente por su culpa?

Un tacto conocido se colocó en el hombro de la reina quien fingía leer un libro mientras solo pensaba sobre cuán miserable era. 

-¿Necesitas algo?

La voz de Auguste la relajó, llevaba demasiados días con mucho estrés debido a todo lo que había vivido en el palacio. La joven subió la mirada hasta su esposo y negó con la cabeza en silencio. 

Auguste fingió una pequeña sonrisa mientras asentía. No eran para él invisibles los cambios que su esposa estaba atravesando, su pelo se había vuelto casi blanco por completo, sus canas eran tan numerosas que apenas se le veía aquel precioso rubio que traía consigo el primer día que puso un pie en Versalles. También se había quedado tan delgada que parecía que tenía muchos menos meses de embarazo de los que tenía, en lugar de siete, apenas parecía estar de unos cuatro o cinco. 

-¿Los niños están bien?-preguntó María. 

-Quizás les vendría bien una siesta, llevan todo el día en el jardín. ¿Porqué no los acompañas? Estoy seguro de que tú también necesitas descansar. 

La joven se quedó pensando unos segundos hasta que finalmente parecía estar de acuerdo. Se levantó de aquel sillón con la ayuda de su esposo antes de que el joven volviera a desaparecer todo el día. El estado de Auguste tampoco era el mejor, no se había afeitado, sus mejillas pinchaban debido al puntiagudo y corto vello que sobresalía de su piel. Sus ojeras también se marcaban producto de no haber descansado. 

Sabía que al final no le quedaría otra que ceder, la monarquía absoluta había llegado a su fin y se comenzaba a hablar de una monarquía complementaria de otras personas a la misma altura que ellos. ¿Dónde se había visto que aquello fuera posible? Ellos eran reyes por derecho divino, Dios los había puesto ahí y ellos habían nacido en sus familias por una razón. Aunque lo cierto, es que Auguste no podía empezar a pensar que también era plan de Dios quitarlos de su puesto. 

María salió al jardín para buscar a sus hijos, ambos niños se divertían jugando con Madame, el gato de Carlota quien había saltado al techo del carruaje, era increíble ver la lealtad de aquella gatita blanca, no iba a dejar que su dueña se perdiese. 

-¡Mami!-gritó el pequeño corriendo hacia ella y abrazando sus piernas. 

La joven sonrió al sentir el amor de su pequeño José. Acarició su cabeza mientras caminaba acompañada de las criadas. 

-Madre, ¿Ya te sientes bien?-preguntó la pequeña. 

-Lo cierto es que me gustaría descansar un poco más. ¿Porqué no vamos a dormir un poco?-preguntó la joven mientras estendía la mano hacia su hija. 

María. (TimePrincessGame) Terminada.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora