Sus majestades, los reyes

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Un sudor frío recorrió la espalda de María, dio gracias a todas las veces que había aprendido a guardar la compostura o su rostro indicaría que las macabras palabras de Adelaide eran ciertas. Gilbert sin embargo no parecía verse afectado en ningún momento. Frunció ligeramente el ceño y se giró hacia la princesa de manera tranquila.

-Madame, le sugiero que mida sus palabras. Estamos en presencia del rey.

Adelaide emite un pequeño gruñido de furia mientras le frunce el ceño a Auguste. Sabía que Auguste la trataba como una madre y al saber que este no la reprendería, Adelaide se sentía con la libertad de decir todo lo que le viniese en gana.

-¿Cómo podéis comparar, mi señor, lo que la reina ha hecho en el pasado con esto? Es evidente que está mintiendo por lo grave que es esta situación comparada con sus indiscreciones pasadas.

-La confianza se ostruye con honestidad, madame. La reina siempre ha sido honesta. Yo antes creía en los rumores que se oían de la reina, pero al conocerla me di cuenta de que tenía una impresión equivocada de su majestad. Por eso, en el viaje que vos misma habéis nombrado, madame, me di cuenta de que estaba equivocado.-Gilbert se dio cuenta de que estaba empezando a hablar con el corazón y no con la cabeza, y de que quizás se acabaría arrepintiendo de decir algo inoportuno sobre la reina.-Además, estoy seguro de que su majestad sabe que mentir sobre esto no le servirá de nada.

La miarada y las palabras del marqués están llenas de sinceridad. María sabía que tenía que hacer algo para defenderse.

-Me averguenzo de las cosas que pude hacer en el pasado cuando era mucho más joven. Pero no quiero cometer más errores y me esfuerzo a diario por mejorar. Ese collar era precioso, pero sabía de sobra que su precio era demasiado elevado y que equivaldría a años de gastos en el palacio. Estuve muy tentada, lo admito. Pero soy consciente de mi deber con el reino. ¡Nunca haría una compra tan frívola! Pero si aún se niegan a creerme, no hay nada que pueda hacer.

Adelaide bufó y por supuesto, volvió a reir. Su sonrisa victoriosa la hizo levantar las cejas y coger aire para volver a replicar.

-Bah, su majestad no puede...-comenzó la princesa.

-Basta.-la interrumpió Auguste.-La reina ha hablado y yo no tengo ningún motivo para dudar de ella. Esto debe de ser muy angustioso para ti, mi reina.-se disculpó Auguste.

María suspiró aliviada al ver que aún contaba con su marido.

-Gracias por confiar en mí, majestad.-respondió María.

-Me alegra que estéis mejorando y pensando en la familia real al completo. Encontraremos la manera de limpiar tu nombre, María.

Gabrielle sonrió y agarró el brazo de María. El ambiente se calmó de inmediato y María se sentía entonces mucho más segura.

-Quizás ese mercader trató de engañarnos y difundió los tumeros para empañar la repuntación de la reina. ¡Debe ser castigado!

-Descubriré la verdad sobre este asunto. Lafayette, por favor, encárgate de la investigación.

-Por supuesto, su majestad. Haré todo lo que pueda.-contestó el marqués.

-Gracias a todos por asistir. Esta reunión ha acabado.

Todos los presentes suspiraron y se pusieron en pie para continuar la marcha. Gabrielle abrazó a María de lado para salir con ella del despacho, su buena amiga sabía lo mal que la reina había tenido que pasarlo.

-María. ¿Puedes quedarte un segundo?-preguntó Auguste de manera más calmada.

La joven se giró y asintió sin rechistar. Se acercó de nuevo hacia la mesa, no sin antes dedicarle una mirada sincera a Gilbert que le fue devuelta acompañada de una media sonrisa. Auguste colocó los puños sobre la mesa y suspiró mientras esperaba a que se quedaran solos.

María. (TimePrincessGame) Terminada.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora