Suceso imprevisto

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- ¿Cómo que te marchas? – gritó Adrasteia lanzando los guantes al suelo.

Su padre tomó una profunda bocanada de aire. Conocía a la perfección el carácter voluble de su hija como para saber que no debía arriesgarse a provocar su ira.

- Me han hecho una oferta que no puedo rechazar. Ponte en mi lugar Adrasteia, llevo en este lugar más de quince años. Y ya os he enseñado suficiente como para que sigáis entrenando por vuestra cuenta.

- ¿Y cuándo se supone que te veremos?

- Podéis venir a verme siempre que queráis. Son solo dos horas en autobús.

Aura sentía un fuerte ardor en los ojos. No por su padre. Estaba lejos de compartir el afecto que le tenía Adrasteia. Era el dolor en la voz de su hermana lo que la estaba matando.

- Sabes perfectamente que no será lo mismo.

- Necesito un cambio en mi vida Adrasteia.

- Y yo te necesito a ti.

El grito de Adrasteia paralizó a todo el gimnasio. Incluso a Aura se le pusieron los pelos de punta.

- Maldito necio. Sabes de sobra que mamá pasa de nosotras. Eres el único adulto al que podemos recurrir y ahora te marchas.

- Siempre estaré disponible para vosotras. Solo tenéis que llamarme e iré a ayudaros.

- Mientes. En cuanto te marches desaparecerás de nuestras vidas.

- No he desaparecido de tu vida en diecisiete años como lo demuestra la ropa que llevas y la comida que hay en la nevera. He procurado que no os falte de nada, y seguiré haciéndolo.

- ¿Por cuánto tiempo? ¿Hasta que cumpla la mayoría de edad? Piensas que ser padre es algo temporal.

- Yo no he dicho eso en ningún momento Adrasteia.

- Ah, no. Pero sí opinas que tu labor como entrenador ha acabado. Así que disculpa si me pregunto cuánto tiempo queda hasta que finalice tu labor como padre.

La palma de su padre resonó con fuerza en la mejilla de Adrasteia. Aura ni siquiera se lo pensó. Se interpuso entre ambos y miró desafiante a su padre.

- No vuelvas a tocar a mi hermana.

Su padre tenía las fosas nasales dilatadas. Pero sus ojos estaban empañados por el arrepentimiento.

- Te odio – susurró Adrasteia a su espalda.

Antes de que Aura se girara para abrazar a su hermana, esta ya se encaminaba con paso airado hacia la puerta. Aura trató de seguirla, pero Adrasteia le pidió que la dejara sola.

Aura no perdió el tiempo. Agarró las cosas de su hermana y las suyas, y se marchó a casa sin despedirse de su padre. Encontró la casa tan vacía como esperaba. Sin su hermana, aquel lugar se le antojaba enorme y tenebroso.

Negó con la cabeza despejándose. Su hermana estaría con su grupo de amigos. O desfogándose con un árbol. Y probablemente llegaría tarde.

Decidida a ocupar su tiempo, hizo todos sus deberes y estudió hasta las diez de la noche. Después se puso a indagar en los distintos gimnasios de la zona hasta que localizó uno con un precio asequible que estaba mucho más cerca de su casa. Su padre iba a cambiar de aires, pero ellas también lo harían.

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