Ambos se levantaron de la banca. Angel con movimientos lentos, como si cada articulación le pesara el doble. Naomi caminó a su ritmo sin apurarlo.
La cafetería del campus estaba medio vacía a esa hora. La mayoría de los estudiantes se habían ido después del caos de la ambulancia y las patrullas, y los pocos que quedaban hablaban en voz baja, lanzando miradas hacia la puerta como si esperaran que algo más pasara. El ambiente olía a café recalentado y a ese silencio incómodo que queda después de que pasa algo que nadie sabe muy bien cómo procesar.
Naomi se adelantó unos pasos y se detuvo en la entrada. Se volteó hacia él con una expresión que Angel ya empezaba a reconocer: estaba tramando algo.
—Hazme un favor. ¿Me traes unas galletas con relleno de chocolate? De las que están por allá —señaló hacia el otro extremo del local con una sonrisa inocente.
—Sí, claro —respondió Angel, y caminó hacia donde le indicó sin sospechar nada.
Naomi esperó a que se alejara lo suficiente. Entonces se giró hacia la caja con la eficiencia de alguien que ya sabía exactamente lo que iba a pedir.
—Un platillo de boneless extra grandes con salsa de mango habanero, papas a la francesa y dos malteadas de fresa con cerezas, por favor.
—Serían veinte dólares —dijo el cajero.
Naomi sacó su tarjeta, pagó, firmó la terminal y guardó el recibo antes de que Angel llegara siquiera al pasillo de las galletas. Para cuando el pedido salió empacado —caliente, sacando vapor, con un olor a mango habanero que se extendió por media cafetería—, ella ya estaba recargada en el mostrador con los brazos cruzados y cara de misión cumplida.
Angel volvió con dos paquetes de galletas rellenas de chocolate en las manos y una media sonrisa débil.
—Toma —le extendió uno de los paquetes.
—Gracias. Tarado, adivina qué —Naomi ladeó la cabeza con expresión traviesa.
—¿Qué pasó?
—Ya pagué la comida. Las galletas eran el distractor.
Angel la miró. Luego miró el mostrador. Luego miró el paquete de comida humeante. Luego la volvió a mirar.
—¿Es en serio?
—Muy en serio —Naomi se mordió el labio para no reír.
—Demonios. Yo también quería galletas de chocolate, pero no para perder así —dijo Angel con un tono que intentaba sonar indignado pero le salió derrotado.
—Vale, te dejaré pagar solo las galletas para que no te sientas mal —Naomi le acarició la mejilla con el dorso de la mano, un gesto breve, casi maternal—. Pero solo las galletas.
—Vale. Así al menos no me siento completamente inútil —murmuró Angel caminando hacia la caja.
Pagó los dos dólares con la tarjeta. El cajero ni le pidió firma. Fue la transacción más triste de su vida.
Naomi agarró el paquete de comida y las malteadas. Angel cargó los maletines de ambos y las galletas. Cuando salieron de la cafetería, el olor del mango habanero subía desde la bolsa con una insistencia que habría hecho sonreír a cualquiera en un día normal. Hoy no era un día normal, pero el olor seguía ahí, terco, como recordándole que algunas cosas todavía podían oler bien.
La lluvia había empezado a caer en gotas finas, casi invisibles, el tipo de lluvia que en Londres no necesita anunciarse porque simplemente siempre está.
Cuando llegaron a la camioneta, acomodaron la comida en el asiento trasero con cuidado y dejaron los maletines donde iban por la mañana. Naomi puso las malteadas en los portavasos del medio. El vapor de la comida empañó ligeramente la ventana trasera.
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Vampire Rebellion
VampireEn el pasado, se cazaban a las Brujas y las quemaban vivas, y se sigue teniendo la sospecha de que merodean por nuestros alrededores, pero... ¿nunca te haz preguntado si hay un Vampiro a tu alrededor? Ven sumérgete en este mundo fantasioso, oscuro...
