Angel miró la pantalla una vez más. Los mensajes de Naomi le ardían peor que el calor que le salía de la piel. Doce mensajes. Una foto con los ojos destrozados de llorar. Y la última palabra que le mandó fue "perdón", como si preocuparse por alguien fuera un crimen que mereciera disculpa.
Qué le digo. Que estoy cubierto de sangre ajena. Que maté a dos personas con las manos. Que soy un vampiro que no puede proteger ni a su guardia. Que ahora mismo mi cuerpo se está incendiando por dentro y un desterrado me espera en un bosque para matarme —pensó Angel, con el pulgar suspendido sobre el teclado. No hay respuesta posible. No hay mensaje que arregle esto.
Bloqueó el celular. Se lo guardó en el bolsillo.
La habitación giraba. Las paredes se inclinaban en ángulos que no existían. El calor le subía desde el centro del pecho y se le esparcía por los brazos como mercurio líquido, dejándole la piel húmeda y el aire a su alrededor ondulando en oleadas visibles. Se apoyó en la mesita de noche y fue hasta el vestidor arrastrando los pies. Sacó los tenis negros. Se los puso. Le tomó tres intentos atarse las agujetas con dedos que no obedecían.
—Señor, ¿se encuentra bien? —la voz de Fenix salió en un susurro por los altavoces del dormitorio, tan baja que apenas se distinguía del zumbido de la calefacción.
—Calla —Angel se enderezó con un quejido que no pudo contener—. Voy a salir. Si no regreso al amanecer, diles a todos que fui al bosque. Que un desterrado llamado Jonathan Anton Volkov me citó ahí.
La pausa que siguió fue más larga de lo que una inteligencia artificial necesita para procesar una instrucción.
—Entendido, señor —respondió Fenix, y algo en el tono no era un cálculo ni un protocolo. Era algo que se parecía demasiado a la tristeza—. No tengo más que hacer que obedecerlo. Fue un gusto ser su asistente. Nos vemos en otra vida.
Angel cerró los ojos un segundo. Los abrió.
—Nos vemos, Fenix.
Caminó hacia la puerta del dormitorio. La abrió con un tirón que le drenó más fuerza de la que debería costar abrir una puerta. El pasillo estaba oscuro. Silencioso. La casa entera respiraba en calma —la misma casa que tres horas antes tenía ventanales rotos y sangre en las paredes y ahora parecía un lugar donde nunca había pasado nada.
Llegó a las escaleras. Se agarró del pasamanos con las dos manos. Bajó un escalón. Dos. Al tercero le falló la pierna izquierda y el cuerpo se le fue hacia adelante. La cara le impactó contra el borde del escalón. El dolor le explotó en el pómulo y se quedó ahí, boca abajo, con la mejilla contra la madera fría y el humo saliéndole de la espalda.
—Demonios —murmuró. Se empujó con los codos. Los brazos le temblaban como si estuvieran cargando el peso del mundo. Se levantó.
Bajó el resto de las escaleras aferrándose al pasamanos como si fuera lo único que lo ataba a la vertical. Cada escalón era una negociación con un cuerpo que le suplicaba que volviera a la cama. Llegó a la planta baja. Cruzó la sala —la misma sala donde horas antes había extremidades humanas entre los muebles, donde Jaden gritó hasta que dejó de gritar, donde Carl se arrastró hasta que dejó de arrastrarse. Ahora todo estaba limpio. Las baldosas fregadas. Los muebles repuestos. Como si la casa hubiera decidido olvidar.
La puerta principal. Las dos hojas enormes de roble que un humano abría con facilidad. Angel puso las manos en la madera y empujó. El cuerpo no respondió. Empujó más fuerte. El hombro protestó. Apretó los dientes y metió todo lo que le quedaba en los brazos hasta que la puerta cedió con un chirrido sordo que le pareció demasiado ruidoso para una casa donde todos dormían.
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Vampire Rebellion
VampirosEn el pasado, se cazaban a las Brujas y las quemaban vivas, y se sigue teniendo la sospecha de que merodean por nuestros alrededores, pero... ¿nunca te haz preguntado si hay un Vampiro a tu alrededor? Ven sumérgete en este mundo fantasioso, oscuro...
