Pasamos parte de la mañana con las presentaciones, tenía tantos nombres en la cabeza que estaba segura de que, cuando quisiera llamar a alguien, ya se me habrían olvidado.
Suerte que en la empresa obligaban a todo el mundo a llevar una plaquita con su nombre, así me sería mucho más fácil no liarla demasiado, aunque en un principio debería ser suficiente con saberme el nombre de los que compartían espacio conmigo.
Tras la ronda de presentaciones, tocó ir a mi lugar definitivo de trabajo: el despacho que compartiría con Verónica; Miguel, el contable; Inma, facturación y supervisión del Departamento de Compras, y Antonio, de conciliaciones bancarias. Todos parecían llevarse bien y se respiraba un buen clima que era contagioso; bromeaban, se reían, sin perder un minuto de tiempo, lo justo para tomar aire y seguir trabajando.
Mi primera función fue echar una mano a Inma con las referencias de los nuevos tejidos que llegaban importados de la India, y las cantidades que nos reportaba el almacén. Inma me contó que podría haber fallos, por lo que nosotras debíamos cotejar lo pedido y contrastarlo con lo recibido y que se había registrado en el almacén.
Había muchísimas referencias distintas, así que, cuando llegó el descanso, apenas me percaté de que llevábamos dos horas confrontando y tecleando sin parar.
—¿Un café? —sugirió Inma—. No sé tú, pero yo necesito cafeína para poder seguir dándole a la tecla. Los números se me cruzan y eso no es buena señal.
—Estaría bien, gracias. Creo que a mí me pasa lo mismo —admití sonrojada. Había pasado tanto rato con los ojos pegados a la pantalla que las cifras parecían estar bailando la conga.
Fuimos al office de los trabajadores, una sala de no más de veinte metros cuadrados equipada con lo imprescindible para hacer el trabajo más llevadero. Nevera, microondas, un par de mesas altas con taburetes y un dispensador de agua gratis.
—Esto está genial. —Admiré el espacio, complacida.
—Sí, no nos podemos quejar, en esta empresa miran por el trabajador. Aunque te aconsejo que, si traes comida, la cierres con candado en la nevera si no quieres que te la roben. Siempre hay algún despistado que se come los yogures y las chocolatinas cuando menos te lo esperas.
—¿Y si traigo espinacas?
—¿Para desayunar? —Me miró con extrañeza.
—Igual así no me quitan la comida.
—Seguro que si ven espinacas no te las tocan, los ladrones no suelen ser vegetarianos.
—Pues igual ahí está el truco y debes meter los yogures y las barritas dentro de una lechuga hueca.
Ella me miró divertida.
—Chica lista. Me gusta tu estilo, así que a este café te invito yo.
Inma preparó un par de cafés solos. Tenía un carácter muy llevadero, con el que encajé a la perfección. Era madre separada y tenía dos mellizos de diez años. Me estaba enseñando la foto de sus hijos cuando Verónica apareció.
—¿No te dijo Bea que a las doce tenías que subir a Recursos Humanos para ver al señor Malgueño?
Abrí los ojos como platos. Con tantas emociones nuevas, se me había olvidado completamente. Miré mi reloj, las doce y cuarto. Me quería morir.
—¡Lo siento, se me pasó! —me excusé.
—Pues odia la impuntualidad y lleva esperándote...
—Quince minutos, lo sé —sentencié apurando la taza, para salir correteando del office sin saber muy bien a dónde debía dirigirme. La cabeza de mi jefa se asomó por el marco de la puerta.
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¡Sí, quiero! Pero contigo no
RomanceAntes que te decidas a embarcarte en este libro tengo que confesarte una cosa: ¡Esta historia es real! 😱😱😱 Sí sí, como lo oyes, esto pasó de verdad, una novia 👰♀️ pasó su luna de miel 🏝 sola. ¿Te lo puedes creer?🙊 Esa es la misma cara que yo...
