RAFA
Olivia era como una muñeca. Pequeña, medía apenas metro cincuenta, tenía unos ojos preciosos del color de la miel recién cogida, con un brillo espectacular que te quitaba el sentido y una cara de ninfa preciosa.
Cuando se me pasó el efecto de los cubatas y la vi bien, bailando al lado de la chica con la que acababa de enrollarme, me dije a mí mismo que la que me gustaba era ella y no su amiga, así que en la siguiente ocasión que nos vimos fui directamente a hablar con la chica que en realidad me interesaba.
—Hola —la saludé copa en mano. Estaba preciosa con un vestidito corto, que se ceñía a cada curva de su cuerpo. No era explosivo, pero sí le sentaba muy bien. Se ruborizó, agitando las pestañas, y me saludó indicándome dónde estaba su amiga—. No he venido a verla a ella, sino a ti.
Creo que ningún tío se había acercado a Olivia con esa determinación, eso la puso más roja si cabía y me dijo que no quería tener problemas con su amiga. Pero yo tenía muy claro que era con esa chica con quién quería salir. Supongo que se me puso entre ceja y ceja, no sé si fue por su candidez, su belleza o qué, pero sabía que la quería para mí.
Estuvimos bailando toda la noche. A la mínima que podía, me rozaba con ella o le lanzaba un piropo que la hacía sonrojar. Tenía claro que le gustaba, así que iba a ser mía quisiera o no.
Terminé arrancándole dónde trabajaba y una tarde la esperé a la salida. La convencí para ir a tomar un café, y el fin de semana quedamos. Debo reconocer que me costó más que de costumbre, pero, finalmente, accedió a salir conmigo. Siempre me ha gustado esa expresión, «salir conmigo», llamadme antiguo, pero debo ser honesto conmigo mismo. Un día, mientras comíamos en un chino de vía Laietana, se le escapó no sé qué relacionado con sus revisiones.
Cada año tenía control en el hospital de la Vall de Hebrón por una cardiopatía con la que nació. Tenía una malformación en el corazón y ya de muy pequeña la tuvieron que operar. Hacía vida normal y salíamos cada fin de semana como cualquier pareja. Nunca me importó su enfermedad, creo que tampoco me planteé lo que a la larga nos podía llegar a suponer ni el cambio que iba a dar nuestra vida por ello. Yo la quería, y no veía nada más allá de que me gustaba y creía haber encontrado a la mujer de mi vida.
Con el paso del tiempo, Olivia empezó a sacar punta a sucesos que antes carecían de importancia. Me empezó a decir que no le gustaban ciertas cosas que yo hacía por la noche; básicamente, beber con mis amigos cuando salíamos de fiesta. No le di trascendencia en un primer momento, pero con el tiempo Olivia pasó a enfadarse por prácticamente todo, convirtiendo nuestra relación en una bronca perpetua.
Me incordiaba mucho que empezara a poner mala cara a medianoche solo porque me había tomado un par de copas, y llegó un punto que yo ya la provocaba. Evidentemente, aquellos días, de follar nada. Nuestra vida sexual tampoco era para echar cohetes, pero, bueno, por lo menos teníamos vida sexual.
Más adelante, ella cogió un piso de alquiler en Barcelona, muy cerca de la avenida Tibidabo para ir a vivir sola. Quería hacerlo antes de dar el paso y pensar en vivir juntos, a mí me pareció bien. Yo iba a Barcelona el viernes y volvía a casa el lunes después de trabajar. Con el tiempo, me fui dando cuenta de que yo no aspiraba a vivir en la capital; tal vez estaba muy hecho a la tranquilidad del pueblo, no lo sé. Y tampoco deseaba irme a vivir con Olivia, así que se lo dije.
Al cabo de unos días me llamó llorando, diciéndome que no la podía dejar tirada, que quería estar conmigo, y fui tan burro que a la primera llamada me presente en su casa para charlar. Nos besamos y terminamos en la cama. Me convenció y accedí a seguir con nuestra relación, aunque hiciera aguas. Fue un error, ahora lo sé, pero en aquel momento me dejé llevar pensando que las cosas podían cambiar entre nosotros.
Al fin de semana siguiente fuimos a cenar a un bonito restaurante en Alella y me dio una copia de las llaves del piso dentro de una cajita con un lazo rojo. Le brillaban tanto los ojos, fue todo tan romántico que fui incapaz de decirle que no.
Empezamos a vivir juntos y al principio todo iba más o menos bien, pero nunca sentí aquel piso como mío. Seguía sin gustarme vivir en Barcelona, tanto tráfico, gente, sin conocer al vecino de enfrente. Todo era vacío e impersonal. Con el tiempo, la sensación de desgana con el piso y con ella fue in crescendo paralelamente a sus problemas cardíacos, que fueron cobrando importancia. Cada vez podía hacer menos y gastaba toda su energía en el trabajo, era responsable financiera en una empresa y, cuando llegaba a casa, se desplomaba en el sofá. Como esta misma noche.
Podía estar horas así, sin abrir ni un ojo. Los médicos no consideraban necesario hacer nada, algo que no podía entender, y cada vez estaba más inactiva.
Un tramo de una vena que le habían cogido del tobillo a la edad de cinco años y le habían puesto en el corazón estaba muy arrugado, y cada vez el paso de la sangre era más pobre; eso comportaba que su cuerpo no trabajara al ritmo adecuado. Tenía caídas de presión que casi le hacían perder el conocimiento, dolores de cabeza constantes y una vida muy triste para una mujer como ella.
Esa vida tan triste también me afectaba a mí, pero entendí que no la podía dejar mientras estuviera de aquella manera. Olivia estaba sola, tenía una madre y una hermana que, prácticamente, dependían de ella, pues se hizo cargo de la economía familiar cuando falleció su padre, y ahora yo me sentía el único hombre de esa casa.
Así que me convertí en un «marido abnegado», el hombre ideal que siempre estaba dispuesto a todo por su mujer. Pero yo tenía mis necesidades, y mis carencias emocionales eran tremendas. Pasé años como un monje. Pedía cada día a Dios que Olivia mejorara matándome a pajas, como he comentado antes. Pero llegó un punto en el que no pude aguantar más y descubrí que irme a la cama casi con cualquier mujer era mucho más fácil de lo que imaginaba. Empecé a tener una doble vida que me hacía sentir muy mal, pero no podía dejarla. Salía entre semana con los del trabajo, me tiraba a las clientas o a cualquiera que conociera esa noche en el bar, todo era mejor que regresar a casa junto a ella.
Me metí en la cocina e hice la cena. Cuando la tuve lista, la serví en la mesa del comedor. Caminé hacia mi mujer fijando mis ojos en ella, me acerqué para sentir su imperceptible respiración. Seguía viva.
La desperté con suavidad para no sobresaltarla y cargué con ella hasta la mesa para que comiera un poco. Si preparaba carne para cenar, incluso se la cortaba para que no tuviera que esforzarse.
—Gracias, cariño, no sé lo que haría sin ti —suspiró metiendo la cuchara en el plato para llevársela a la boca.
Y yo me sentí un mierda por ser incapaz de salir del huracán en el que me había metido. Le sonreí sin poder sostenerle la mirada, hundiéndome un poco más, como la cuchara en el plato.
—Anda, come, que después te llevo a la cama.
Comimos en silencio. Cuando terminó, la cargué hasta la habitación, se lavó los dientes y esperé para acomodarla en la cama, ayudarla con el camisón y besar su frente para que siguiera durmiendo con placidez.
Yo me tumbé al lado sin poder conciliar el sueño, escuchando su «buenas noches» musitado a medio gas para darle respuesta y terminar durmiéndome, preso del cansancio.
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¡Sí, quiero! Pero contigo no
RomanceAntes que te decidas a embarcarte en este libro tengo que confesarte una cosa: ¡Esta historia es real! 😱😱😱 Sí sí, como lo oyes, esto pasó de verdad, una novia 👰♀️ pasó su luna de miel 🏝 sola. ¿Te lo puedes creer?🙊 Esa es la misma cara que yo...
