DANI
Regresé a casa y me di una buena ducha después de pasar un par de horitas tostándome en la arena.
Por la tarde fui de compras y reconozco que cayó algún que otro libro para ampliar la colección.
Me zambullí en una de las novelas hasta la hora de la cena, lo supe con el primer rugido de mis tripas. Cuando me ponía a leer, se detenía el tiempo.
Preparé una buena ensalada y unas sardinas a la plancha; la mujer de la pescadería me había dicho que acababan de pescarlas. Si de algo entendía, era de pescado, y por el aspecto que tenían la mujer no me había engañado. Cuando lo tuve todo listo, recuperé mi libro y el sillón. No creía que Víctor tardara demasiado; como mucho, tendría que volver a calentar el pescado.
Ya llevaba el pijama, así que no me quedaba más por hacer. Esperé hasta que el sonido de las llaves en el cerrojo me alertó de que por fin había llegado. Cerré el libro y miré el reloj. Las diez y media, hoy se había retrasado más de la cuenta.
Entró con su característica sonrisa y cara de cansado.
—Hola, princesa, ¿qué tal ha ido el día hoy?
—Bien. ¿Y tú? —Se limitó a un «bien» mientras colgaba la chaqueta en el armario de la entrada y dejaba el maletín en el recibidor.
—¿Libro nuevo? —comentó al ver el ejemplar que reposaba en el brazo del sillón. Víctor se arremangaba las mangas de la camisa mientras yo lo observaba complacida. Era tan guapo.
—Exacto, esta tarde salí de compras después de ir a la playa.
Se aflojó el nudo de la corbata y repasó mi cuerpo, que lucía algo más bronceado que de costumbre.
—Pues te ha sentado de maravilla. —Se acercó a mí para recibir su beso de bienvenida. Se entretuvo algo más de lo habitual y comenzó a amasarme un pecho, que no tardó en abandonar su refugio por encima del top de tirantes. Al parecer, tenía ganas, pero yo solo deseaba contarle la buena nueva.
—Espera, Víctor —protesté cuando ya me estaba pellizcando el pezón.
—Luego me lo cuentas, princesa, ahora tengo ganas de hacerte el amor. Verte así me la ha puesto dura. —Era tan romántico para esas cosas... Su boca descendió para ocupar el lugar que tan amablemente saqueaban sus dedos.
—Pero es que tengo algo importante que contarte, mañana empiezo a trabajar.
Levantó la mirada, sorprendido.
—Eso es una buena noticia, ¿no? —Asentí con vehemencia—. ¿Dónde?
En un visto y no visto los shorts de mi pijama y las correspondientes braguitas habían desaparecido.
—En un concesionario multimarca, en Cabrera de Mar.
Sus pantalones y sus calzoncillos siguieron el mismo camino. Me separó las piernas y se internó en mí sin dificultad con un gruñido de satisfacción.
—¿Eso está muy lejos? —preguntó empujando entre mis pliegues.
—Pues a veinte minutos en tren. —Sus caderas se movían rítmicamente—. Después, puedo elegir si ir andando o coger un bus que me deja al lado. Aunque ya sabes que, con lo que me gusta andar, creo que me quedaré con la primera opción.
—¿Y el sueldo? —Embistió con algo más de convicción, arrancándome un gemido, que interpretó de placer, aunque era de incomodidad. No estaba lo bastante lubricada, y mucho menos concentrada.
—Parecido a lo que cobraba en Madrid. Además, termino a las siete, así que después estoy completamente libre. Y los viernes termino a mediodía.
—Ajá —afirmó perdido en su propio placer—. Qué bueno es esto, princesa. —¿Me hablaba del trabajo o del sexo? A esas alturas, ya me había perdido. Lo tomé por los hombros y él siguió con la conversación—. Ya sabes que yo no llego a casa hasta tarde, así que tendrás tiempo para tus lecturas y hacer nuevas amigas.
—Allí son casi todo hombres... —anuncié buscando su mirada.
Él sonrió.
—Pues amigos. —Su respiración se había acelerado. Ya sabía que eso no le importaba, nunca lo hacía—. Joder, Dani, estoy muy cerca, dime que tú también. ¿Quieres que te toque? —Yo no estaba para polvos, lo único que quería era compartir con Víctor mi alegría por el nuevo empleo. Pero él ya había colado los dedos entre nuestros cuerpos en un vano intento de que yo llegara a alguna parte—. Vamos, princesa, córrete conmigo. —Sabía que no iba a lograrlo, que por mucho empeño que le pusiera no era el momento. ¿Por qué los tíos no lo comprenden? Las mujeres no tenemos un botón ahí abajo que aprietas y te corres al momento. Bueno, el botón sí que lo tenemos, pero no funciona así, aunque ya era tarde para hacérselo comprender a esas alturas de la película. Su frente estaba perlada por el sudor y apretaba la boca tratando de contenerse, así que decidí atajar, apreté los músculos vaginales y fingí que tenía el orgasmo de mi vida soltando mi mejor gemido—. Eso es, preciosa, ahora yo.
Tres embestidas más y Víctor se corrió. Tomaba la pastilla, así que no había riesgo de embarazo. Besó mis labios y me pidió que lo acompañara a la ducha.
Allí seguimos hablando y terminamos con un segundo polvo que por lo menos me hizo culminar, algo es algo.
Calenté la cena y le pregunté por su día.
A Víctor le encantaba su nueva empresa, solo decía cosas buenas de ella, había congeniado bastante bien con los compañeros y este mismo fin de semana se marchaba con varios de ellos a escalar. Al parecer, era una salida solo para trabajadores, de esas que organizan en los trabajos para aunar el equipo.
—Pues genial, seguro que lo pasáis en grande. Yo no me veo colgada de una montaña ni aunque me maten.
—Lo sé, a ti nunca te han gustado los deportes de riesgo, eres más de libro y sofá.
—Exacto, tú tírate por un barranco, que yo me tiraré sobre la butaca.
Víctor recogió la cocina y después nos fuimos a dormir. Estaba nerviosa como una escolar en su primer día de clase.
Reconozco que me costó conciliar el sueño y, cuando lo hice, unos ojos de color caramelo y un par de hoyuelos no cesaron de mirarme en toda la noche.
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¡Sí, quiero! Pero contigo no
RomantikAntes que te decidas a embarcarte en este libro tengo que confesarte una cosa: ¡Esta historia es real! 😱😱😱 Sí sí, como lo oyes, esto pasó de verdad, una novia 👰♀️ pasó su luna de miel 🏝 sola. ¿Te lo puedes creer?🙊 Esa es la misma cara que yo...
