Capítulo 85

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Dani

Paso por casa de mis abuelos, quienes supongo que están al día de todo. A ese par no se les escapa nada.

Me quedo a comer con ellos y, como suponía, mi abuela no deja de repetir un «lo sabía» que no deja dudas al respecto.

A ambos les cae muy bien Rafa y ya lo consideran como un nieto, es más, me reprochan que no haya venido conmigo el fin de semana.

—Lo tendrías que haber traído —rezonga mi abuelo—. Se podría haber quedado en «su habitación» —recalca.

—Te recuerdo, güelito, que esa habitación es mía —protesto, emocionada porque la considere suya.

—A partir de ahora, no —me corrige mi abuela muy seria—. Es vuestra —sentencia con rotundidad—. Ya he encargado una cama de matrimonio para sustituir a la antigua. Así, la próxima vez que os dé por cohabitar en ella, ninguno de los dos tendrá que irse a hurtadillas y de madrugada a casa de sus padres. —Muda me deja. Mi abuelo ríe por lo bajito—. ¿Te parece?

—Me parece —es lo único que logro decir.

—Ay, esta juventud, ¡oh! Piensan que, cuantos más años cumples, más ignorante, sorda y ciega te vuelves. Pues, para tu información, señorita, no ocurre nada de eso, sino que ganas experiencia con cada arruga y tu audición y visión se vuelven selectivas, otorgándote el poder de ver y oír lo que te da la gana.

—Ya lo veo, ya. —Estallo en carcajadas.

—Anda, mofletitos, termínate el postre, que vas a ayudarme a bajar unos cacharros de la cocina que hace años que no veo. «Vista selectiva» —recalca.

Hacía años que no me llamaba por el apelativo de mi infancia.

—A tus órdenes, güelita, yo te bajo lo que tú quieras si después nos tomamos un par de chupitos de aguardiente.

Ella sonríe.

—Cómo me conoces, bandida, se nota que eres nieta mía. Tú encuéntrame los cacharros, que yo saco al Hijoputa.

Las dos nos echamos a reír. Parece que los astros se han alineado y la paz en mi universo personal ha quedado restablecida. Ahora solo tengo ganas de regresar a Rafa y contarle que las cosas ya están en su sitio.

Tres años después

Golpeo con fuerza la espalda de Rafa, que se está ahogando frente a la increíble imagen que tenemos ante los ojos.

—Respira, respira —le insisto asustada.

—¿Te lo puedes creer? ¿Después de lo que hizo?

Miro a la pareja que pasea a escasos metros de distancia con los ojos puestos en el cochecito de bebé que empujan. Permanecen ajenos a nuestras miradas de asombro, que somos incapaces de disimular.

—Sorprendente sí que es, la verdad —admito acariciando su espalda.

—¿Ahora qué tendría que decirle después de lo que hizo?

Los dos se miran sonrientes para después dedicar carantoñas al ocupante del cochecito.

—No sé, Rafa, creo que es mejor que nos alegremos, al fin y al cabo, nosotros estamos juntos y aquello no fue más que un incidente muy desagradable. En el fondo me alegro de haberlos visto y que las cosas para todos hayan sido positivas. Tal vez por ese motivo te conocí, para que todo haya terminado de este modo. Nos habíamos equivocado de cartas y el destino se ha encargado de reubicar a cada cual en su baraja —digo cabeceando hacia la pareja que desaparece entre el tumulto de gente del centro comercial.

¡Sí, quiero! Pero contigo noHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora