DANI
Caminamos por un pasillo largo y estrecho donde se sucedían los tres despachos de los comerciales. Uno a uno, el señor Díaz llamaba a la puerta y me presentaba a mis nuevos compañeros. Esperaba tener retentiva para recordarlos a todos.
Solo me faltaba el último, llamó a la puerta y, nada más abrir, me encontré frente a frente con dos hombres. No entramos, desde la puerta me presentó.
—Ellos son José Jiménez...
Deslicé la mirada por el primero. Debía rondar la treintena, era un chico normal que me miraba como si fuera su desayuno.
—Encantado —se precipitó a responder.
Yo asentí y desvié la atención hacia el otro hombre. Era de una estatura similar a la mía, moreno, con unos ojos oscuros preciosos que parecían algo melancólicos. Eso llamó mi atención, aunque se limitó a sonreírme mostrando dos preciosos hoyuelos, uno en cada mejilla.
—... y Rafa Codina, nuestro jefe de equipo comercial.
Me descubrí sin poder apartar la mirada de la suya. No parecía intimidado, más bien, todo lo contrario. Tenía una sonrisa contagiosa, así que le ofrecí la mía.
—Bienvenida —murmuró con una voz ronca que se me antojó muy sexi.
Yo solo me limité a asentir.
—¿Seguimos? Solo me queda mostrarle su lugar de trabajo.
Aparté la mirada de Rafa a regañadientes. Tenía claro que era más mayor que yo, debía rondar los treinta y algo. Derrochaba elegancia, saber estar y un punto canalla que, seguro, hacía las delicias de alguna mujer con suerte. Le eché una última miradita y él sonrió con suficiencia. Todavía no sé por qué le devolví la segunda sonrisa, no quería que pensara lo que no era y los hombres tendían a confundirse cuando una chica sonreía demasiado. Pero lo hice. Esos hoyuelos me habían nublado la mente, eran tan monos. Siempre había querido tener un par de hoyuelos. Si los hubieran vendido en una tienda de complementos, fijo que me habría hecho con unos.
Me precipité fuera dándome una reprimenda mental. «No hay que alentar a los hombres, Dani, has de ser seria y formal». Pero ¿cuándo había sido yo eso? No volví a echar la vista atrás por miedo a que el tal Rafa se confundiera con lo que no era. Yo solo quería perderme en ese par de hoyuelos y arrancárselos a mordiscos.
Madre mía, estaba fatal, seguro que se trataba de un golpe de calor por llevar chaqueta en julio. «Dani, eres una mujer comprometida y enamorada, deja de pensar en hoyitos ajenos...».
Mi nuevo jefe me acompañó a la que sería mi mesa de trabajo, compartiría despacho con la única mujer que había en la empresa, Andrea Alonso.
La mujer me miró de arriba abajo con una sonrisa que no me pareció del todo sincera. Una sabe cuándo la miran fingiendo y cuando la miran de corazón, y Andrea era de esas mujeres que parecían más falsas que una moneda de tres euros.
—Hasta ahora, Andrea se ha encargado de todo, pero cada vez tenemos más trabajo, así que antes de saturarla hemos decidido contratar a alguien para que la libere un poco. Ambas trabajarán codo con codo en este departamento. Estoy convencido de que Andrea la ayudará en todo lo necesario, lleva años trabajando aquí y conoce la empresa al dedillo.
La miré tratando de limar asperezas. A veces mi físico podía resultar intimidante, pero, cuando me conocían, pasaba a un segundo plano.
—Espero no incomodarte o ralentizar tu trabajo, trataré de aprender lo antes posible y no errar demasiado.
—Yo también lo espero —se limitó a responder regresando la mirada al ordenador.
Me daba igual si no le caía excesivamente bien. Había tenido la esperanza de hacer alguna amiga en el trabajo, pero, si no era así, ya la haría en otra parte.
Andrea era atractiva, morena, con ojos negros y un busto generoso.
Una vez terminamos la ronda, el señor Díaz me llevó al taller para presentarme al equipo de mecánicos. Cuando se dio por satisfecho, él mismo me acompañó a la salida.
—¿Mañana nos vemos a las ocho?
—Aquí estaré —respondí estrechándole la mano a modo de despedida.
—Si quiere, puede traerse algo de comida; tenemos una nevera en el taller. Y, si no, puede comer algo aquí cerca.
—Se lo agradezco, ya veré cómo me organizo. Muchas gracias por la oportunidad, señor Díaz. —Algunas cabezas se habían asomado para ver cómo me marchaba, así que me asomé por encima de su hombro—. Hasta mañana, compis.
Los hombres que se habían asomado parecían algo avergonzados, aunque respondieron. Rafa y sus hoyuelos no estaban entre ellos. Mucho mejor así; él, en su sitio y yo, en el mío.
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¡Sí, quiero! Pero contigo no
RomanceAntes que te decidas a embarcarte en este libro tengo que confesarte una cosa: ¡Esta historia es real! 😱😱😱 Sí sí, como lo oyes, esto pasó de verdad, una novia 👰♀️ pasó su luna de miel 🏝 sola. ¿Te lo puedes creer?🙊 Esa es la misma cara que yo...
