Capítulo 65

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DANI

—Ay, hija, no sabes cómo echaba de menos tenerte aquí —suspiró mi madre, abriendo la puerta del horno.

—¡Pero si nos vimos en Navidad! —espeté, secándome las manos con un trapo. Estaba echándole una mano con los preparativos de la cena.

—De eso hace siete meses —se quejó apretando el gesto.

Fui por detrás, la abracé y apoyé la barbilla en la curva de su cuello, aspirando el aroma a madre que desprendía, ese único e irrepetible que solo ellas tienen.

—Ay, que es broma. Yo también os echaba de menos, en cuanto cruzo la puerta para irme a Barcelona ya os estoy extrañando —comenté estrechándola con vigor.

Ya llevaba unos días en Gijón, pero seguía con la misma sensación de añoranza que cuando llegué. Víctor estaba en casa de sus padres y yo, en la de los míos. Lo decidimos así un poquito por respeto. Aunque la familia ya supiera que no iba a ir virgen al matrimonio, tampoco ocurriría nada porque pasáramos unos días separados.

—Tienes ganas de que lleguen tus amigos de Barcelona, ¿verdad?

—Muchas. Si lo tienes todo controlado en la cocina, iré con papá a buscarlos al aeropuerto. —La solté para mirar la hora. Vaya, o salíamos ya o llegaríamos tarde al aeropuerto—. De hecho, deberíamos estar saliendo ya —reflexioné en voz alta—. ¡Papá! —grité para que me oyera. ¿Dónde se había metido mi padre?

Andrea, Jose y, por supuesto, Rafa llegaban hoy, tres días antes al enlace.

Díaz había puesto un poco el grito en el cielo, pero sabía que era importante para nosotros. Tras la boda regresarían Andrea y Jose, así que era poco tiempo. Rafa tenía casi los mismos días de vacaciones que yo, aunque no sabía si se quedaría o regresaría con ellos, pero, con las ganas que tenía de conocer Gijón, dudaba que regresara de inmediato.

Llevaba unos días pasándolo mal. Tras la cena en Masnou, Rafa cambió su actitud hacia mí a una mucho más tirante. Aunque no solo fue él, yo también estaba algo fría. Supongo que necesitábamos un período de adaptación, el hielo también necesita cierto tiempo para derretirse y convertirse en agua. No era fácil pasar de un estado a otro con un simple chasquido de dedos, y menos todavía cuando sentía cosas que no debía.

«Estás encoñada —me dije—. Se te pasará, ha sido muy intenso y lo has alargado demasiado, pero al final todo vuelve a su lugar». Por lo menos eso esperaba, o tendría un matrimonio de mierda. No podía pasarme el día pensando en Rafa y tirándomelo; eso debía hacerlo con Víctor, él era mi futuro marido.

Fueron unos días raros que terminaron con Andrea y Jose acompañándonos a mi novio y a mí al aeropuerto para que no tuviéramos que dejar el coche en el parking y nos saliera por un ojo de la cara. Rafa se excusó, nos dijo que no podía venir, que justo venían a repararle la caldera del piso el día que nos íbamos. Me sonó a excusa barata, pero no quise insistir. Tal vez fuera mejor así, necesitábamos la sabiduría del tiempo para que volviera a colocarlo todo en su sitio.

—¿Qué pasa, Dani? ¡Oh! —Mi padre acababa de salir de la ducha, la humedad de su pelo lo delataba.

—¡Que no llegaremos al aeropuerto! Mis amigos aterrizan en media hora —protesté.

—Ya sabes que los aviones siempre van con retraso. No te apures, cojo las llaves y nos vamos volando. Nunca mejor dicho.

Montar con mi padre era como ir en tortugamóvil, así que mis esperanzas de llegar antes que mis amigos disminuyeron al entrar en el coche y fijar la vista en el velocímetro durante más de quince minutos.

¡Sí, quiero! Pero contigo noHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora