Dani
Los días siguientes fueron un no parar. Formamos un pequeño grupo mis amigas de la infancia, Sofía y Bea, sus correspondientes parejas, Rafa y yo. Visitamos todo lo que creímos importante. Ribadesella, Cudillero, Tazones, el cabo Peñas, Cangas de Onís... No parábamos en todo el día, pues ellas habían cogido vacaciones a sabiendas de que me iba a quedar allí. Mis amigas bromeaban diciéndole a Rafa que parecía más él mi marido que el propio Víctor, que ya había regresado a Barcelona. Él aceptó con gusto el cargo recuperando el buen rollo y el tonteo que siempre hubo entre nosotros. Regresaron las provocaciones, los juegos de palabras, los desafíos que tanto nos emocionaban y que tan en guardia mantenían a mi madre, que no dejaba de decirme a la menor ocasión que Rafa me iba a causar problemas en mi matrimonio.
—Aléjate de él, ¿me oyes? Ese hombre te busca, Dani, y da la sensación de que tú quieras dejarte encontrar.
Yo trataba de disimular, le decía que eran imaginaciones suyas, pero la realidad era que cada vez me costaba más mantener las distancias. Sobre todo, porque sabía lo que me esperaba si volvía a sus brazos, y eso me hacía estar suspirando de añoranza todo el día.
Que si ahora un roce por aquí, otro por allá, un resbalón inoportuno que nos hacía impactar robándonos el aliento. Era un sinvivir que a la vez me mantenía viva. Como la salsa brava que ponen encima de unas buenas patatas caseras; sin ella, no sabrían igual. Pues Rafa era mi salsa brava y cómo me gustaba el modo en el que me hacía arder, avivando todas las emociones para que las tuviera a flor de piel.
El día que fuimos a Tazones recuerdo que subí a buscar a Rafa a casa de mi abuela. A esas alturas, mis güelitos ya lo adoraban casi tanto como a mí. Rafa cada día decía que se marchaba y ellos insistían en que todavía no se podía ir. «Un día más, hijo, solo un día más» y así íbamos sumando días que yo no quería que terminaran.
En cuanto mi abuela me vio cruzar la puerta del piso, me dijo:
—¿Tú y este qué?
A bocajarro. ¿Para qué iba a perder el tiempo dándome los buenos días? Así era mi abuela, directa como ella sola. Me hice la sorprendida.
—¿Yo y este? Naaadaaa. ¡Bah, calla, que estás fatal!
—¿Yo estoy fatal? Soy vieja, pero no tonta.
—Confundes las cosas, güelita.
—A quienes la noche los confunde es al exnovio de Marujita Díaz y a ti. Yo sé muy bien lo que me digo. Es más, ya lo veremos. Tiempo al tiempo —refunfuñó alejándose hacia la cocina.
Cada vez me era más difícil disimular y era lógico que mi abuela viera elefantes donde había elefantes. Era yo la que trataba de venderle que se trataba de hormigas.
Llamé a la puerta de la habitación que ocupaba Rafa y me dio paso, así que entré.
Estaba allí, parado, colocando su ropa limpia en el armario.
—Vaya, así que en este hotel incluyen servicio de lavandería. No me extraña que no quieras volver a Barcelona.
Él se incorporó sonriente, con la ceja alzada.
—Te juro que esto ha sido culpa de tu abuela.
—Oh, entiendo, acusas a una pobre y desvalida anciana de entrar en tu cuarto para robarte los calzoncillos con el fin de lavártelos y que no los lleves llenos de palominos.
—¿Palominos? Yo no he tenido de esos en mi vida, eso les pasa a los que no saben limpiarse bien el culo, que no es mi caso. Y aclaremos una cosa: tu güelita de desvalida tiene poco. Te juro que escondí la ropa sucia en la maleta y ella entró con su olfato de sabueso, la abrió y se la llevó.
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¡Sí, quiero! Pero contigo no
RomanceAntes que te decidas a embarcarte en este libro tengo que confesarte una cosa: ¡Esta historia es real! 😱😱😱 Sí sí, como lo oyes, esto pasó de verdad, una novia 👰♀️ pasó su luna de miel 🏝 sola. ¿Te lo puedes creer?🙊 Esa es la misma cara que yo...
