Capítulo 33

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DANI

Cuando salí, perfectamente recompuesta, Rafa había sacado la bandeja del desayuno a la terraza. Si de noche las vistas eran increíbles, de día eran una maravilla.

—Este lugar es precioso —suspiré.

—Lo es —dijo sin apartar la mirada de mí ni un instante, lo que me hizo plantearme a qué se refería, pero no pregunté.

Ocupé la silla que quedaba libre y ambos desayunamos con la tranquilidad que nos otorgaba una calmada tregua. Disfrutamos del cómplice silencio, que nos dejó gozar de los primeros rayos de sol.

Como ninguno de los dos tenía que llegar a casa hasta la tarde, dimos otro largo paseo por Sitges. Rafa sugirió que nos compráramos unos bañadores en cualquier tienda del paseo y fuéramos a la playa.

También compré un pareo y unas chanclas a un vendedor ambulante, los taconazos y el vestido rojo no eran muy adecuados para ir por la arena. Tras un par de horas tomando el sol y jugando entre las olas como dos críos, comimos en el chiringuito y, después de la comida —que casi se convirtió en merienda—, pusimos rumbo a casa.

Nuestro día perfecto llegaba a su fin. Cuando aparcó delante de mi portal, reconozco que me costó bajarme del coche.

Nos miramos sonrientes, comedidos, sin querer romper el momento de complicidad que se había fraguado entre nosotros. El primero en quebrar el silencio fue él.

—Lo he pasado genial, ya no voy a poder ir a Sitges sin que me recuerde a ti.

—¿Y eso es bueno?

—No lo sé, dímelo tú.

El corazón se aceleraba dentro de mi pecho como si tratara de escapar a algún sitio.

—Yo también lo he pasado muy bien, eres un compañero de viaje magnífico y de trabajo también. —Me daba la sensación de que sus palabras encerraban un significado que no estaba dispuesta a asumir. Rafa me gustaba, pero ya sabía el plan que tenía con las mujeres. No podía a negar que me atraía mucho, pero no quería convertirme en otra más de la larga lista de conquistas del señor Codina. Además, estaban Víctor y Olivia; plantearme algo sería un suicidio colectivo. Extendí la mano para dársela—. ¿Amigos?

Él la cogió con una sonrisa triste en el rostro.

—Claro. Como dice la canción, amigos para siempre.

El apretón duró unos segundos más de lo previsto.

—Nos vemos mañana —me despedí.

—Hasta mañana, entonces. Paso a recogerte, amiga —puntualizó.

Cuando subí a casa, Víctor todavía no había regresado; aunque no sabía por qué me extrañaba, eso era lo habitual. Mi prometido abrió la puerta a las once de la noche, según él, estaba molido por la experiencia tan brutal y la caravana que se había encontrado a la vuelta.

Me preguntó por mi fin de semana y le comenté que había quedado con un compañero del trabajo. Se limitó a decirme que esperaba que lo hubiera pasado bien y que ya se lo explicaría al día siguiente, que se marchaba a dormir.

Sí, así era Víctor, despreocupado hasta un punto desconcertante, a veces, incluso para mí.

No me había llamado ni una sola vez durante el fin de semana, aunque yo tampoco lo había hecho. Éramos una de esas parejas que no creían en la dependencia telefónica, como él decía. Hacía mucho tiempo que no usábamos ese método para comunicarnos, a veces ni siquiera lo hacíamos con palabras. No porque no habláramos, Víctor era muy parlanchín, sino porque apenas nos veíamos. Era raro convivir con alguien y ver más a tus compañeros de trabajo que a tu pareja, pero esa era mi realidad y ya la había asumido como lo normal entre nosotros.

Las semanas pasaban y mi día a día con Rafa se convertía en una ansiada rutina que alegraba mi existencia. Incluso lo tenía presente en las conversaciones con Víctor. Le sugerí a mi prometido que quedáramos un día los tres, pero siempre tenía alguna excusa para darme.

Los sábados los pasaba dormitando en el piso y los domingos, encerrado en el despacho preparando la faena de la semana siguiente. Más de setenta horas de jornada laboral que se traducían en demasiado tiempo en soledad. Así que terminó optando por decirme que quedara con Rafa, ya que me caía tan bien. Y yo, como buena novia abnegada, fue lo que me limité a hacer.

En cuanto ambos podíamos quedábamos, fuera entre semana o fin de semana, ya no importaba. Me gustaba demasiado estar con él, éramos amigos, cómplices y compañeros. Estábamos forjando un vínculo tan estrecho que, con una simple mirada, ya sabíamos lo que pensaba el otro. Y, cuando las obligaciones de Rafa no le permitían estar a mi lado, me dedicaba a leer, a pasear por la playa o a ir de compras.

La relación de Andrea y Jose no tardó en hacerse oficial, tanta tensión sexual tenía que salir por algún sitio, así que a principios de agosto anunciaron que oficialmente eran pareja.

Rafa no dejó de ver a su equipo de Rafadictas, y reconozco que a veces me molestaba un poco. Nunca me ocultaba si quedaba con una o con otra, pues como todo hijo de vecino tenía necesidades, pero no me gustaba ver cómo ellas venían y coqueteaban con él tan abiertamente.

El día que por fin conocí a Encarni, alias «risita de ardilla», no pude ponerme de peor humor.

En dos semanas era el cumple de Rafa, Jose estaba tratando de organizar una barbacoa sorpresa a la que acudiríamos Andrea, Olivia, Víctor y yo. Quería algo íntimo con las personas más apegadas porque él no era de celebraciones masivas y sabía que le podía gustar.

Pues bien, estábamos los tres en el despacho organizándolo todo cuando el teléfono de Rafa sonó. Él estaba con unos clientes, para variar, así que descolgué atendiendo la llamada de la insufrible Encarni.

La conversación no duró más de dos minutos, los suficientes como para sacarme de quicio. Al recibir una negativa por mi parte sobre que no podía avisar a Rafa, la muy hija de ardilla no se conformó.

Media hora más tarde, una rubia menuda con unas curvas de infarto entró en el concesionario vistiendo una gabardina extracorta con la que casi enseñaba las vergüenzas.

Leonardo, que estaba fuera, vino a buscar a Rafa precipitadamente mientras este estaba charlando conmigo.

—Rafa, tienes visita. Es Encarni y viene en pie de guerra, creo que está desnuda.

Él frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

—Cuando la veas, me entenderás.

Dicen que la curiosidad mató al gato, pues a mí me dejó fulminada.

Rafa se disculpó para salir al encuentro de la susodicha y yo, que a esas alturas ya estaba celosa de sus múltiples escarceos, no pude evitar seguirlo para darme de bruces con la realidad. Los observé tras la cristalera.

La ardillita parecía sacada de una peli porno barata, no paraba de agitar las pestañas y sobar el pecho de Rafa, arriba y abajo, como si tuviera que frotarlo por alguna extraña razón. Y él se dejaba, sonreía con esa arrogancia del que se sabe deseado, y ella más se pegaba a él. Me entraron arcadas de tanto frotamiento. Él la cogió del codo, era más que evidente que la iba a acompañar al coche. ¿Cómo podía ofrecerse una mujer tan descaradamente? ¿Es que no tenía dignidad?

Me alegré cuando le abrió la puerta y la invitó a sentarse. «Eso es, Rafa, saca de aquí a la salida. ¡Chúpate esa, Encarni!». Él dio la vuelta al coche y, para mi sorpresa y decepción, Rafa ocupó el asiento del copiloto para desaparecer juntos y dejarme con un palmo de narices.

—Cualquier día se le cae a cachos —protestó Andrea a mi lado.

Ni siquiera la había visto acercarse.

—¿Crees que se la va a tirar? —La voz apenas me salía.

—No, seguro que se han ido a jugar a las casitas. Vamos, Dani, despierta. Sé que os habéis hecho muy amigos, pero que Rafa es un pichabrava es una realidad. Lo que no sé es cómo Olivia sigue ajena a todo esto. El día que lo pille no lo cuenta.

¡Sí, quiero! Pero contigo noHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora