Capítulo 56

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RAFA

Si creía que no tenía talón de Aquiles, estaba equivocado. Conducir con Dani desecha en llanto había sido lo más difícil que había hecho en mi vida.

En varias ocasiones me dieron ganas de parar la moto en plena carretera, bajarme y jurarle que era la última vez que lloraba por mi culpa. Que ella era la primera, la única. Que con las demás me limitaba a colarla en un agujero. Que si las mantenía era porque estaba acojonado, porque despedirlas significaba una implicación emocional con ella difícil de superar.

Era otorgarle en voz alta el sitio que ya ocupaba, por mucho que tratara de vestirlo de indiferencia. En el fondo sabía que, cuando se fuera, ninguna iba a poder suplir el lugar que a ella le correspondía tanto en mi cama como en mi corazón.

La noté estremecerse, partirse en dos, mientras me convertía en el peor villano de la historia cuando yo rogaba por ser su héroe. Juro que me odié a mí mismo.

¿Cómo podía herirla de esa manera cuando era tan importante para mí? Era tan cobarde que prefería notarla deshecha antes que admitir que sin ella nada tenía sentido, que realmente me había entregado algo más importante que su cuerpo, que eran las ganas de vivir.

Dani me dijo que me ayudaría a encontrar un objetivo, una meta para que fuera feliz y, sin proponérselo, ella se había convertido en mi fin.

Cuando llegamos a su casa, ya me había autoproclamado el peor cabrón del universo. Si había una maldita situación que me quedara grande, acababa de dar con ella.

Dani, que era el sol que salía entre las nubes, se había convertido en tormenta. Tenía los ojos hinchados y la punta de la nariz, roja. Se movía entre hipidos tratando de ocultarme su malestar, con la cabeza gacha y el pelo enmarañado por el casco.

Cuando me lo ofreció, sentí la necesidad irrefrenable de estrecharla en mi abrazo, de calmarla, de besarla, de decirle que había sido un capullo por haberla hecho llorar por mí. Que no merecía la pena que lo siguiera haciendo porque tenía razón, que era a ella a quien deseaba y las demás eran una mala imitación.

Pero me callé, no dije nada. La cobardía solo me permitía callar y tratar de demostrarle todo eso con mi abrazo. Me limité a contenerla, notándola estremecerse. Dani permanecía distante, esquiva, aunque la estuviera sujetando contra mi pecho. No pasaron más de quince segundos hasta que se apartó abruptamente, dejando en el vacío de mi pecho el casco que había convertido en su paño de lágrimas durante el viaje. Vacilé, quise hablar, pero ella apretó a correr y yo me limité a mirar.

Quise ir tras ella, quise gritarle que volviera, quise hacer tantas cosas que, finalmente, no hice ninguna.

La puerta se cerró engulléndola dentro y yo me quedé allí, incapaz de salir del remolino de dudas que me vapuleaban contra las olas, como un barco a la deriva que acababa de perder su puerto.

¿Eso era lo que estaba buscando? ¿Perder a Dani para siempre por unos polvos vacíos sin pasado y sin presente? «Vamos, Rafa, reacciona», me vapuleé.

Tentado estuve de bajar y llamar al timbre, pero ¿qué pensaba conseguir? ¿Iba a tener los cojones suficientes para enfrentarme a la verdad o me limitaría a usar mis armas de seducción para follarla como un animal y tratarla como si nada hubiera ocurrido? No era el momento, como Dani decía, necesitábamos tomar distancia.

Ella necesitaba digerir el tipo de persona con la que se estaba acostando y yo, decidir si quería cambiar mi vida o regresar a la comodidad de lo que ya conocía.

Arranqué la moto acongojado, sintiendo la verdad atravesándome en cada curva. Miedo, vértigo, dolor y desconfianza formaban el pavimento sobre el que conducía hacia un futuro incierto.

Conduje hasta casa de mis padres, allí era donde siempre acudía cuando necesitaba desconectar. Fui al viejo garaje donde todavía guardaban la última moto con la que había hecho el cabra con mis amigos.

Necesitaba la adrenalina fluyendo libremente por mis venas, conducir, saltar y, sobre todo, no pensar. Cuando hacía motocross, no había miedo, solo algo de riesgo controlado y diversión. Necesitaba sentirme así, aparcarlo todo, meterlo en un paréntesis gigante y desvincularme por completo.

Me monté en ella y subí al circuito. Parecía intacto, casi estaba como lo recordaba. Le di gas a la bestia abandonándome hacia la nada.

Hacía mucho que no conducía de esa manera, bajo el rugido del motor y el aroma a gasolina. Sin plantearme nada que no fuera alcanzar el siguiente obstáculo y sortearlo con maestría por el puro placer de sentir la emoción recorriendo mis venas.

Hacer motocross era muy parecido a estar con Dani, con esa energía salvaje que me recorría por entero, que me daba ganas de vivir por completo.

¿Estaba dispuesto a renunciar a eso?

Sudoroso y abatido, regresé al garaje para dejar a mi chica en su lugar sin percatarme de que en el marco de la puerta estaba mi madre, así de despistado estaba.

—Hijo, ¿qué haces aquí? No nos has dicho que venías. Menudo susto que me he dado cuando he visto la luz encendida.

Me sequé el sudor con el reverso de la manga tratando de limpiar alguna que otra mancha de barro.

—Perdona, mamá. Iba por la carretera y, de repente, me entraron muchas ganas de recordar viejos tiempos. Te tendría que haber avisado.

—No pasa nada, es tu casa, sabes que puedes venir cuando quieras. —Le sonreí como muestra de gratitud y fui a saludarla como correspondía, con un par de besos—. ¡Madre mía, Rafa, cómo te has puesto el traje! —observó recibiendo mi muestra de cariño y devolviéndome la suya.

—Nada que una buena lavadora no solucione. No sufras, mamá. —Sabía que eso era un imposible para ella. Era un poco obsesa de que siempre fuéramos bien, no había día que no la viera poner una lavadora o planchar una pieza de ropa.

—¿Te quedas a cenar? —inquirió mientras me sometía a una revisión completa del atuendo.

—No he avisado a Olivia, debo volver a casa.

—Pues eso se soluciona con una llamada.

—Está enferma.

—Lo sé, pero hace muchos días que no vienes y tu padre se pondrá contento. Anda, venga, avísala. Para un día que vienes...

Lo cierto es que me daba pereza ir a casa en ese momento y, si había un sitio donde poder recuperar un poco la calma, ese era el lugar donde crecí.

—Tú ganas, cómo resistirse al poder de esa preciosa mirada.

La sonrisa de mi madre se amplió. La abracé mientras ella gritaba que quitara mis sucias zarpas de su persona.

Me hizo entrar en casa y buscó algo de ropa de mi padre que me sirviera para poder arreglar el estropicio que le había hecho al traje. Saludé a mi padre, que estaba viendo el fútbol, y llamé a mi mujer para advertirle que no me esperara despierta. Protestó un poco al enterarse de que estaba con mis padres, echándome en cara que podría haber ido a por ella en lugar de ir solo, pero se calmó cuando le dije que prefería que descansara para pasar el resto del fin de semana con su madre.

Debía reflexionar y tomarme el tiempo necesario para hacerlo. Dos días alejado de Dani era lo que necesitaba para comprender si la decisión que iba a tomar era la correcta.

¡Sí, quiero! Pero contigo noHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora