Capítulo 83

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Rafa

Todo sale a pedir de boca, no hay incidentes. Cuando llego al portal de Dani, ella ya me espera con todas las cajas amontonadas en él. Cargamos el coche y arrancamos hacia nuestra nueva vida juntos.

Llama a Víctor delante de mí para decirle que se marcha, que, como ya sabe, tiene la decisión tomada y que lo más coherente es que ella se vaya del piso, como ya habían hablado. Que en cuanto pueda iniciará los trámites de divorcio y que lamenta mucho cómo ha sucedido todo. Le pide perdón y escucha cómo el que todavía es su marido le murmura un «que te vaya bonito, siento no haber sabido hacerte feliz» que le parte el alma.

Consolarla en un momento como este no es fácil, dejar a la persona con la que acumulas vivencias e ilusiones supone un mal trago para cualquiera. Quién mejor que yo para comprenderlo, que lloré como un niño el día que dejé a Olivia, y eso que ya no la amaba. Pero las emociones son así, se alimentan de recuerdos, de los bonitos y de los feos, fluyen sin control y se desatan cuando menos te lo esperas. Por suerte, ella no está sola y siempre tendrá mi hombro cuando necesite consuelo.

Preparo la cena y un maratón de pelis en el sofá, con un bol de palomitas gigantes y dos cervezas heladas. Nada de dramas o pelis de miedo. Ponemos una de esas de acción que te disparan la adrenalina hasta las nubes y apenas te dan tiempo a pensar.

Terminamos quedándonos dormidos el uno en brazos del otro sin otra pretensión que no sea hacernos compañía.

Cuando nos despertamos, le digo a Dani que coja algo de ropa, que nos vamos.

—Pero... ¿a dónde me llevas? —inquiere con la energía de una cría.

—Si te lo digo, no será sorpresa. Eso sí, coge toalla y bañador.

—Sitges —suelta como si la iluminación hubiera entrado por su tercer ojo.

—Menos mal que no eres pitonisa, porque te habrías quedado sin cliente. No solo hay playa en Sitges —anuncio acariciando su nariz con la mía—. Vamos a otro sitio, así que espabila.

Le doy un cachete en el trasero y ella corretea entre las cajas para abrir una y sacar cuatro cosas.

Abro el techo del Mercedes, hace un día fantástico para aprovechar el sol. Dani se pone las gafas para no terminar con un mosquito estampándose contra el ojo y un pañuelo en la cabeza para no terminar con un peinado al estilo pelocho.

Me recuerda a esas actrices de Hollywood de los años cincuenta cuando se monta en el descapotable con esa sonrisa hipnótica que tanto me cuesta dejar de mirar.

El cielo pocas veces ha estado tan lejos de una estrella. Por suerte, yo la tengo muy cerca. Me siento afortunado.

Conduzco escuchando la canción Breaking Down, de Randy Crawford. La hemos escuchado con anterioridad en casa de Jose y Andrea, pero este fin de semana decidimos hacerla nuestra; parece acompañarnos y no se lo queremos impedir.

Fue tu amor lo suficientemente fuerte como para hacer creer.

Era tu amor lo suficientemente puro, suficiente para soñar.

Mi amor es lo suficientemente fuerte como para romper la oscuridad dentro de ti, dentro de mí.

Si solo devolvieras mi amor, sería un ángel.

Estoy seguro de todo lo que soy, te deseo lo suficientemente fuerte

para dar amor.

Pongo rumbo a Tossa de Mar, un lugar que se va a convertir en un imprescindible para nosotros.

A partir de este primer fin de semana, nos escapamos prácticamente cada vez que podemos. Es nuestro rincón y mi única pretensión es que se enamore del lugar tanto como yo.

Llegamos pronto para poder pasear tranquilamente, hablando sin parar de nuestros planes de futuro. Futuro, qué bien suena esa palabra en nuestros labios. Una que nos englobaba a los dos sin terceras personas de por medio. Tengo tantas ganas de gritar al mundo que estamos juntos por fin que no sé si podré contener mi alegría por mucho tiempo.

Ya no tengo ganas de esconderme. No importa si alguien nos ve o no, lo que sentimos el uno por el otro es amor del bueno y, cuando se siente, hay que mostrarlo. No hay fealdad, vergüenza o malestar. El amor está para disfrutarlo con la persona que amas, sin rendir cuentas a lo que pensarán los demás.

Caminamos por las estrechas calles mientras le relato aventuras pasadas entre las mismas al tiempo que contemplamos la inmensidad del gran azul que se abre delante de nosotros.

De camino al faro le explico que Frank Sinatra y Ava Gardner rodaron una película en las callejuelas por las que hemos paseado. Ella me escucha embelesada, con los ojos refulgiendo como plata pulida. Podemos pasar horas hablando sin que se agoten los temas de conversación. Con Dani apenas veo el televisor, no me hace falta, porque lo que más me importa sale de ella y no de una caja cuadrada.

Pasamos el sábado como lo hacen los enamorados, riendo, besándonos, paseando agarrados de la mano, mirándonos a los ojos al brindar con un buen vino y haciendo el amor cuando el sol se esconde avergonzado y la luna se eleva complacida.

Por la noche cenamos en una terraza al lado de la muralla, y la canción Beaking Down vuelve a sonar, haciéndonos sonreír. Parece un augurio de buena esperanza del gran amor que nos espera, de esos épicos que se recuerdan en el tiempo.

Sin decirnos nada, los dos empezamos a cantarla bajito, susurrando la letra, que parece hecha a medida, mientras nos miramos de hito en hito como dos tontos enamorados.

Ella está preciosa con un vestido gris y unos zapatos negros que se ha comprado en el viaje, y yo me siento el hombre más afortunado del mundo porque por fin ella se ha convertido en el mío.

Dani es mi gran viaje, uno que vamos a hacer juntos y que estoy convencido de que perdurará para siempre.

¡Sí, quiero! Pero contigo noHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora