Capítulo 74

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Dani

Pasó primero y su aroma embriagó el pequeño habitáculo. Mi necesidad por él era apremiante, el cuerpo me palpitaba por completo, empujándome a conquistarlo de nuevo. En cuanto presionó el botón y las puertas se cerraron, no le di tregua. Lo busqué y lo encontré, listo para mí.

No fui suave, no podía serlo. Nunca había llevado bien eso de privarme o estar a dieta, y Rafa era un suculento solomillo. No pareció importarle mi urgencia.

Su boca enardecida espoleaba a la mía, bañándome en su sabor, mi favorito, el que tenía claro que jamás me cansaría de probar una y otra vez. Nuestras lenguas se debatieron entre la ternura y el salvajismo, la exigencia más primitiva y la entrega más absoluta.

Mis extremidades le apretaban, buscándolo, enardecidas. No tenía suficiente, necesitaba más, quería sentirlo por completo.

Entramos en casa de mis abuelos sin hacer ruido, en silencio. Ambos sabíamos qué iba a ocurrir y ninguno estaba por la labor de detenerse.

En cuanto cerramos la puerta de la habitación, Rafa me aplastó sin miramientos contra la pared, buscando mis labios de nuevo con urgencia. Metió la mano bajo mi falda corta y, del tirón, me arrancó las bragas, engullendo mi grito de sorpresa y excitación.

Estaba empapada de la necesidad que sentía por notarlo de nuevo en mi interior, ocupando el lugar que le correspondía.

Los ávidos dedos no tardaron en recorrer mis aterciopelados pliegues, que se abrían con urgencia, dejándole vía libre para entrar en casa.

Cuando me penetró, aullé con fuerza y él nos empujó en un vaivén funesto que me dejó sin resuello. Quería morir de placer en sus dedos, sobre su cuerpo.

—Oh, por favor, Rafa —supliqué agitada, empujando las caderas contra los largos apéndices que me colmaban. Pero yo quería más, necesitaba más—. Te quiero dentro, te-te necesito. Fóllame, por favor.

Vi que cerraba los ojos y apretaba su frente contra la mía.

—No traje condones. ¡Mierda! ¡Joder! —bufó. Mi cerebro iba a mil por hora. Por un lado, me sorprendió y, por otro, me llenó de ternura. Si no llevaba condones, era porque no había follado con nadie ni había venido a Gijón dispuesto a hacerlo. Rafa era muy precavido y jamás lo hacía sin ellos, ni conmigo ni con nadie—. Tranquila, preciosa, igualmente te puedo satisfacer.

—No —me arriesgué buscando su mirada en la oscuridad.

Él aguantó la respiración haciendo un esfuerzo titánico por no proseguir.

—Está bien, me detendré, pero no voy a tolerar que me digas cualquier gilipollez como que esto no debería haber ocurrido nunca. —Sus dedos abandonaban la humedad de mi sexo a la par que resoplaba con dificultad.

Presioné mis dedos sobre sus labios y lamí los suyos, encontrándome con mi sabor y un gruñido de premio.

—Calla. Creo que no me has entendido bien. No quiero que pares, sino que no uses condón. ¿Crees que podríamos hacerlo sin goma por esta vez?

Me miró perplejo. Rafa estaba sano y yo también, lo sabía y además tomaba la píldora. Tenía ganas de sentirlo por completo sin una barrera que nos separase.

—¿No quieres que use preservativo?

Negué.

—Contéstame solo una pregunta. ¿Con cuántas mujeres te has acostado desde que lo dejamos?

Sus pupilas me buscaron sinceras.

—No he estado con nadie después de ti.

Aquella afirmación me calentó el alma. Mis manos trabajaron para desabrochar su pantalón y que cayera al suelo.

¡Sí, quiero! Pero contigo noHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora