Capítulo 31

92 10 22
                                        


—¡Es precioso! —exclamó contemplando las olas.

—Lo sé, aunque no tanto como las vistas que yo tengo. —Mi silla me dejaba de espaldas a la playa—. Tú puedes mirar hacia delante y perderte entre las olas, que yo lo único que quiero ver esta noche es a ti.

Un adorable sonrojo cubrió sus mejillas.

—Eres un adulador —expresó colocándose la servilleta sobre las piernas.

El local se llamaba Sunset y no era la primera vez que iba. De hecho, cada vez que visitaba Sitges, iba a comer allí. Tenía una preciosa y discreta terracita frente al mar, además de varias mesas dentro donde te encontrabas con un escenario que ofrecía espectáculos de drag queen.

Me había encargado de todos los detalles, incluso de los platos que íbamos a degustar. Le había dicho al dueño, que siempre estaba tras la barra, la mesa y la hora exacta que deseaba. Así que fue sentarnos y el camarero nos trajo una botella de vino blanco seguida de unas bravas, un crujiente de quesos con mermelada de higos y una ensalada de rúcula con jamón ibérico, gorgonzola y nueces.

—Madre mía, esto sí que es llegar y besar el santo. —Dani parecía encantada.

—Me gusta tenerlo todo organizado cuando la cita merece la pena.

—¿Esto es una cita?

—Por ponerle un nombre, porque cena de trabajo no es.

—Paso de etiquetas, ¿no estamos en el pueblo de la libertad?, pues seamos libres —concluyó sonriente, llevándose uno de los crujientes a los labios, para cerrar los ojos y emitir un gemido que me secó la boca—. Mmmm, ¡esto está increíble!

—Y todavía no has probado nada. —Le ofrecí una copa de vino, que rápidamente tomó—. Por nosotros y todo lo que nos queda por vivir.

—Por nosotros —respondió sin dejar de sonreír.

A los entrantes les siguió un risotto a la parmesana para compartir junto con el plato estrella, que era el que moría porque Dani probara: un bacalao gratinado al alioli que era una brutalidad.

—¿Preparada para el orgasmo más acojonante de tu vida?

—¿Debería tener miedo? —preguntó arqueando las cejas. Yo moví la cabeza negativamente—. Pues entonces hazme alcanzar las estrellas, nene.

Hinqué el tenedor para desojar una porción. Ella entreabrió los labios y yo dejé caer ese pequeño bocado de ambrosía para que lo capturara sin soltar el tenedor, que deslicé suavemente entre los mullidos labios, sin desligar sus ojos de los míos.

El momento exacto en el que la carne untuosa aderezada por la envolvente salsa impactó contra sus papilas gustativas no se hizo esperar. Sabía que era lo más cerca que iba a estar de ver fuegos artificiales este año, pues sus ojos chisporroteaban del placer que estaba sintiendo, el mismo que yo tuve la primera vez que probé aquel plato. El quejido de gusto no tardó en llegar en forma de lamento ronco que hizo que casi me corriera contemplando aquella estampa. Era deleite en estado puro, y Dani lo estaba compartiendo conmigo.

Sus manos estaban agarradas al borde de la mesa, los nudillos se apretaban mientras ella se dejaba llevar. Y yo, como un tonto, me excitaba como si estuviera viendo una película erótica, la primera, la más prohibida, la que iba a quedarse grabada en mi retina y a la que iba a dedicar todos mis futuros alivios.

Sabía que a partir de esa noche sería incapaz de ver otro rostro que no fuera el de Dani, copado por el placer más absoluto. Dibujaría aquella cara grabada a fuego en todos y cada uno de los cuerpos con los que estuviera, porque, en el fondo, era solo con ella con quien quería estar.

¡Sí, quiero! Pero contigo noDonde viven las historias. Descúbrelo ahora