Rafa
Desde el momento en el que confesé en voz alta lo que sentía, supe que algo no iba bien. El mercurio líquido de sus ojos se había opacado. Vi angustia, miedo, reproche, un montón de emociones que no se asemejaban en nada al amor que yo sentía por ella.
¡No podía haber vuelto a equivocarme!
—¡¿Ahora me lo dices?! —espetó, haciéndome sentir que verdaderamente era tarde para nosotros, que nada de lo que dijera o hiciera llegaría a tiempo para que se planteara un nosotros—. ¿Has tenido que esperar a que me casara para decírmelo? ¡¿Qué voy a hacer ahora con mi vida sabiendo esto?!
Sus ojos empezaron a anegarse en lágrimas. Me coloqué a su lado, no sabía qué hacer o decir para consolarla mientras trataba de asimilar sus palabras. La última pregunta que lanzó hizo que me planteara si había acertado en mi modo de exponer las cosas.
Rodó por la cama para coger su ropa.
—Dani, espera, tenemos que hablar —le supliqué.
—¡No! —exclamó extendiendo la palma de la mano hacia delante para detenerme—. Ahora no, Rafa, no puedo asumir esto.
Terminó de vestirse sin detener el llanto, que se deslizaba implacable por sus mejillas. No comprendía por qué se desmoronaba de esa manera. Me froté la cara y la nuca intentando despejar las ideas. Mi mundo acababa de detenerse en seco y no sabía muy bien qué esperar de mi confesión. Esperaba cualquier cosa, una hostia, un «tú estás loco» o, simplemente, un «para mí solo eres un polvo». Pero no ese llanto desconsolado que me partía el alma. ¿Qué le ocurría? Hubiera dado todo lo que tenía por saber qué le pasaba por la cabeza.
—Tal vez no debí decir nada —murmuré.
Ella no respondió, se limitó a terminar de vestirse para salir apresuradamente por la puerta sin hacer más ruido que el de los hipidos y los sorbidos.
¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! ¿Qué había hecho?
Cogí unos calzoncillos y, en pelotas, me fui directo a la ducha.
Visualicé el instante en el que todo se desencadenó una y otra vez, rebobinando y repitiendo la escena un millar de veces sin encontrar explicación al motivo de aquella reacción desmedida.
Lo único que se me ocurría era que Dani solo me quería recuperar como amante y que en ningún momento se había planteado que yo la quisiera como algo más. Eso escocía, y mucho, sobre todo porque hacía que me planteara mi relación con las mujeres hasta el momento.
Yo había estado haciendo lo mismo hasta que ella llegó a mi vida. Las usaba y las tiraba a mi antojo, con el único fin de tapar mis carencias emocionales a través del sexo. Las despreciaba, las trataba como a un objeto carente de valor, volcaba en ellas mis frustraciones con Olivia para convertirlas en una vía de escape emocional. ¿Cómo habría reaccionado si alguna de ellas se me hubiera declarado como yo acababa de hacer? Seguramente, de un modo parecido a Dani. Tal vez no habría llorado, pero sí me hubiera cabreado y largado de la misma manera.
Salí de la ducha buscando mi propio reflejo en el espejo. Mi cara abatida era un poema. No podía quitarme la sensación de que esa vez sí que había sido la última. Dani no quería poner en peligro su matrimonio y un hombre enamorado disparaba las alertas de cualquiera. Era un puto código rojo en toda regla.
Cuando salí del baño, Ñeves estaba de pie, en el pasillo, fumando uno de sus cigarrillos en la penumbra. El olor a tabaco activó mis recuerdos de cuando en la universidad había tonteado con él.
—Ven conmigo, catalán, te invito a uno.
Hacía mucho que no fumaba, aunque seguía recordando el sabor. Fue una época corta, pero suficiente para que se grabara en mis papilas. Fumar no me aportaba nada que no fuera llenarme de humo y vaciar mis bolsillos. Pero sí que es cierto que ahora moría por cualquier cosa que pudiera llenar el vacío que sentía, incluso si se trataba de nicotina y alquitrán.
ESTÁS LEYENDO
¡Sí, quiero! Pero contigo no
عاطفيةAntes que te decidas a embarcarte en este libro tengo que confesarte una cosa: ¡Esta historia es real! 😱😱😱 Sí sí, como lo oyes, esto pasó de verdad, una novia 👰♀️ pasó su luna de miel 🏝 sola. ¿Te lo puedes creer?🙊 Esa es la misma cara que yo...
