Capítulo 50

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RAFA

Reconozco que cuando Dani entró en el coche fue extraño. Tuvimos un momento de duda ante el nuevo modo de saludarnos, pero no tardó en inclinarse sobre mí y yo acepté la invitación hacia sus labios.

Tras el primer instante de tensión, nos relajamos un poco y hablamos de lo ocurrido el día anterior después de que me fuera de su casa.

Me animó el saber que no se sentía culpable y que quería seguir adelante. Había dudado varias veces de que quisiera hacerlo, una cosa es echar una cana al aire y otra muy distinta convertirte en amante de alguien. Hay mujeres que no soportan ese tipo de presión y se desmoronan por los cargos de conciencia sin querer repetir de nuevo. Por suerte, ella no reaccionó así.

Fuimos a tomar el café matinal. Me moría de ganas por acariciarla, besarla, perderme largas horas en su cuerpo para prodigarle mil y una atenciones. No tardé en colar la mano bajo la mesa, pasarla sobre su muslo y gruñir al advertir que llevaba medias de esas que llegan a media pierna. Pasé el dedo por donde se apretaba la carne trémula, metiéndolo por debajo.

—Esto lo haces aposta —jadeé en su oreja.

Dani puso el abrigo sobre sus piernas para disimular lo que allí acontecía.

—Claro, porque sabía que me ibas a meter mano tomando el café —protestó—. Hay mucha gente, Rafa, nos conocen. Haz el favor de parar —suplicó al notar el ascenso de mis dedos. Cerró los muslos con fuerza.

—No puedo. No sé qué me has hecho, asturiana, pero desde que llegué a casa solo he podido pensar en seguir follándote.

—Creo que eso ya lo pensabas antes de salir del piso.

Sonreí abiertamente, recordando mi carencia del segundo polvo por falta de condones. Ya no me iba a pasar, pensaba llevar un arsenal entero cada vez que la viera.

—Eso lo pienso a todas horas. Me tienes hechizado, preciosa, ¿no serás una bruja de esas que rondan por el norte?

—Esas son meigas y viven en Galicia. Aunque, si sigues tocándome como lo estás haciendo, igual llamo a alguna para que te convierta en sapo.

—¿Y de qué te iba a servir convertido en rana? —Tenía la voz tomada por el deseo que me despertaba.

Ella se encogió aflojando un poco la tensión entre las piernas, momento que aproveché para hurgar bajo las braguitas con un dedo y palpar aquella humedad que me enloquecía.

Dani se tragó un grito cuando ambos escuchamos demasiado cerca el buenos días de Jose. Saqué la mano con disimulo, dándole respuesta a mi amigo y llevándome el dedo entre los labios para saborear mi premio.

Ella se puso roja como la grana, pues sabía perfectamente dónde había estado aquel díscolo apéndice.

—Estás muy roja, Dani, ¿estás segura de que no tienes fiebre?

—Sí, estoy bien —carraspeó—, es que aquí hace mucho calor —mintió abanicándose con la mano.

—¿Calor? —preguntó Jose sorprendido—. Si afuera estamos a diez grados, han caído en picado las temperaturas y en las noticias decían que iban a desplomarse todavía más. Tú no estás bien.

—Igual es premenopáusica, dicen que los sofocos son una señal inequívoca de que algo falla por ahí abajo. —No podía dejar de provocarla, sonriente, y mi amigo nos miraba a uno y a otro.

—Ahí abajo no falla nada. Igual el pitopáusico eres tú; si no recuerdo mal, me llevas ocho años.

—¿Y eso qué tendrá que ver? Deberías visitar a un especialista, Jose tiene razón, estás demasiado roja.

¡Sí, quiero! Pero contigo noHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora