Capítulo 30

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RAFA

Caminamos por la calle del Pecado. Así se llamaba la calle más popular de Sitges, donde se aglutinaban tiendas, locales y bares de lo más variopinto.

Dani parecía encantada, absorbiéndolo todo con deleite. Reconozco que, para una persona que nunca ha estado en un lugar así, lo tomó de maravilla. No puso ninguna cara rara o se escandalizó cuando dos tipos con arneses y pantalón de cuero pasaron frente a nosotros besándose y dando tirones a la cadena que llevaban colgada al cuello.

Se detuvo delante de un escaparate donde había ropa fetichista rollo látex, cuero y encaje, y sonrió ante una camiseta de rejilla que me recordaba a una a la que le tenía mucho cariño y que me acompañaba en mis noches de fiesta en Distrito Marítimo.

—Yo llevaba una así —señalé.

Ella me miró divertida, abriendo mucho los ojos.

—¿En serio? ¿Y eso fue antes o después de cambiarte de sexo? ¡Por Dios, Rafa, si las redes de pesca de mi padre tienen más tejido que eso!

—¿Ahora me vas a decir que tienes prejuicios con la ropa?

—Para nada, pero no sé si te vería con eso puesto. Tú vas siempre tan correcto, con tu traje impoluto, que no te veo mostrando pechamen de esa manera.

Arqueé las cejas frente al desafío.

—Entra conmigo.

Creo que Dani se lo tomó como un juego, pero yo iba muy en serio.

No quería que me viera como un tío estirado y encorsetado, porque no lo era. Puede que llevara traje entre semana, pero solo por exigencias del guion y, aunque ahora no me gustaban las extravagancias y era más de polos o camisetas más normales, reconozco que no quería perderme la cara de Dani por nada en el mundo.

Le pedí al dependiente que me sacara una de mi talla. Él me miró de arriba abajo la mar de complacido, contándome que era la última que le quedaba y que era talla única, ya que se trataba de una prenda exclusiva hecha a mano por él mismo. Alabó mi buen gusto y nos acompañó al probador.

Dani no podía dejar de sonreír, no sé si por imaginarme de esa guisa o por las miradas ardientes que me lanzaba el dependiente. El chico, que no estaba nada mal, me sugirió entrar conmigo al minúsculo cubículo para echarme una mano o las que me hicieran falta.

Lógicamente, me negué y le dije que ya se encargaría mi chica de ayudarme.

Dani me lanzó una mirada acusatoria, pero no dijo nada al respecto y, cuando la cortinita se abrió y se cerró con nosotros dentro, ella se cruzó de brazos con una mirada difícil de clasificar.

—Así que ahora soy tu chica, ¿en qué punto de la noche ha cambiado nuestra relación?

—No he dicho novia o pareja, sino chica. Creo que eso solo hace referencia a tu sexo. Que no nos ata, vaya. Además, prefiero entrar contigo aquí que con él.

—Más quisieras tú estar atado a mí, aunque entiendo que me prefirieras de compañera de fatigas. Casi se te merienda con los ojos.

—Es que estoy muy bueno, la única que no parece darse cuenta eres tú. Eres completamente inmune a mis encantos. —Ella resopló. Nuestros cuerpos se rozaban. Dani era tan alta que con los tacones tenía los ojos a la altura de los míos. Sus manos agarraron la parte baja de mi camiseta y tiró hacia arriba sin problemas—. ¿Qué haces? —pregunté sin ver, ya que tenía la camiseta cubriéndome la cabeza. Por inercia había subido los brazos, y ella la había dejado allí encallada.

—He entrado para ayudarte, ¿no? —protestó soltando un exabrupto—. Madre mía, Rafa, ¿qué son todos estos bultos?

—¿Qué bultos? —Me asusté y traté de quitarme la prenda, en la ducha no había visto que tuviera nada.

¡Sí, quiero! Pero contigo noHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora