Capítulo 49

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RAFA

La había hecho mía.

Creo que la sonrisa de idiota que lucía no se me iba a borrar en años.

Dani era mucho más de lo que me habría podido imaginar. Era dulce, fogosa, entregada y me ponía mucho, demasiado.

Cuando llegué a casa, mi mujer estaba en el sofá, esperándome. En cuanto entré al comedor para besar su frente y tratar de ocultar la felicidad que sentía, ella lanzó el primer dardo envenenado.

—¿Por qué sonríes si no hueles a cerveza? —preguntó inquisitivamente sin disimular el desconcierto.

—¿Es que tengo que beber para sonreír?

—Ya sabes que casi siempre es así.

Endurecí el gesto.

—Pues ya ves, hoy no —aclaré con gesto serio—. ¿Has comido algo?

—No —admitió en un tono neutro.

—Vale, voy a ver qué hay en la nevera y preparo algo para los dos.

No añadió nada más, siguió viendo la tele, tranquila, y yo me fui a la cocina.

Me decanté por algo simple. Olivia había traído pan de payés, a veces comíamos eso cuando se terciaba. Tosté unas rebanadas, las unté con tomate, aceite y sal y preparé un plato con embutidos variados. Me serví una copa de vino, a ella, un refresco y acompañé la improvisada cena con un par de latas de berberechos y olivas para picar.

Lo acerqué todo a la mesita de centro y me senté a su lado. Ella se incorporó con esfuerzo y sonrió.

—Veo que has encontrado el pan.

—Como para no verlo, estaba sobre la encimera e interpreté que querías eso.

—Hoy me apetecía algo así. Me alegro de que por lo menos no hayamos perdido esa conexión que a veces siento tan lejos.

La miré con pesar fijándome en aquel rostro de muñeca que en su momento me había enamorado.

—A mí tampoco me gusta que discutamos. Eres mi pareja, que no estemos casados no quiere decir que para mí no seas mi mujer.

—Entonces, ¿por qué te empeñas en hacer las cosas mal? ¿Por qué no eres capaz de ver que todo lo que digo o hago es por tu bien? —me recriminó—. A veces pienso que solo lo haces por fastidiar.

—¿Por mi bien? No soy un niño, Olivia, ni hago las cosas para joderte.

—Pues a veces lo parece. Que no eres un crío deberías recordártelo a ti mismo y no decírmelo a mí, porque tus actos hablan justo de lo contrario.

—¿Tenemos que volver a discutir? —Ya me estaba cabreando y no quería por nada del mundo que ella empañara la tarde que había pasado con Dani.

—Creía que estábamos hablando. Para un día que no vienes apestando a alcohol y contento, pensé que era buen momento para charlar y aclarar ciertos temas.

—Ese es tu problema. Yo no apesto a alcohol. Puede que tú tengas un trauma infantil al respecto, pero no es mi culpa. Que alguien salga y tome unas cervezas o unas copas no significa que vaya a ocurrirme como a tu hermana. A mí jamás me has encontrado tumbado en la acera con un coma etílico. Además, solo le pasó una vez; tampoco es tan grave.

—¡Basta! —gritó visiblemente alterada.

Y yo me sentí mal por ello, los sobresaltos no le iban bien.

¡Sí, quiero! Pero contigo noHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora