Capítulo 1

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La verdad es que siempre fui una niña bastante normal o, por lo menos, a mí me lo parecía, aunque mi abuela se empeñara en llamarme «mofletitos» y se pasara el día pellizcándolos porque le resultaban adorables.

A mí no me hacía ninguna gracia sentirme como un hámster relleno de pipas. Por suerte, con el tiempo, derivaron en unos preciosos pómulos altos de los que me sentía muy orgullosa. Sobre todo, porque ya no tenía la misma cara que Jeanette, la famosa ardillita de Las Chippetes. Sí, hombre, ya sabes, la alta desgarbada y con gafas, o lo que viene a ser lo mismo, la marisabidilla de Alvin y las ardillas, aunque yo tenía mejor humor.

Veo que por mi descripción ya lo has deducido, era una niña alta y delgada, con el pelo dorado como el trigo y los ojos del mar de Gijón en un día de tormenta.

Vale, vale, que ya lo sé, que me he puesto muy poética. Te lo traduzco, soy rubia y de ojos grises y, aunque el tiempo se hubiera empeñado en oscurecerme el pelo, era cuestión de ir a la pelu para darme unos cuantos reflejos y que pudiera seguir manteniendo su identidad.

Otra de mis características es que era bastante independiente, mis padres me tuvieron muy jóvenes, y cuando digo jóvenes no me refiero a los treinta, que es la edad mínima de los padres de ahora.

Hay veces que me contengo porque no es la primera vez que meto la pata diciéndole a una mujer que va a la guardería de mi madre eso de «¡Qué bonito es su nieto!» y ella, a sus cincuenta y largos, te dice «Es mi hijo, es que me he casado por segunda vez».

Así que ahora me limito a ensalzar la belleza del niño sin preguntar por su procedencia. Perdona, que me lío. Mis padres me tuvieron con dieciséis años y siempre dicen que fui la mejor decisión de su vida, aunque al principio no lo pareciera.

Mamá estaba tan aterrorizada que no dijo nada hasta que fue demasiado tarde, así que mi nacimiento fue inevitable.

Por suerte, mis abuelos paternos se lo tomaron de la mejor manera posible y les preguntaron a mis padres qué querían hacer.

Como ya he dicho, tenerme no era una opción, sino una realidad. Así que se referían a si se querían casar o seguir de novios, porque dejar de estudiar tampoco era algo cuestionable.

Mi abuelo insistió en que ambos siguieran con sus vidas como si nada hubiera ocurrido, ayudó a mi madre a sacarse la carrera de Magisterio y no le tembló el pulso cuando tuvo que avalarla para que abriera su propia guardería.

Mi padre siempre fue un apasionado del mar y me inculcó esa pasión que él sentía por el Cantábrico, el mismo que bañaba la playa de mi amado Gijón.

Era pescador, no por obligación, sino por pasión. Recuerdo abrazarlo antes de salir a faenar para que me prometiera que a la mañana siguiente me traería una ballena, un tiburón o el cangrejo de La Sirenita aspirando aquel aroma tan suyo a hombre y salitre. Cuando regresaba, me llenaba con miles de conchas de colores, o estrellas de mar, alegando que el rey Tritón no le había dejado llevarse algo tan grande. Recuerdo que las coleccionaba como si fueran un auténtico botín.

En mi imaginación, mi padre era un apuesto pirata que surcaba los mares con aquellos antebrazos morenos que se vislumbraban bajo la camisa blanca.

Ahora que ya soy mayor, comprendo las miradas que le echaba mi madre a ese torso salpicado por vello oscuro cada vez que regresaba a casa. Y el motivo por el que salían ruidos extraños de su habitación.

Mamá lo pasaba mal porque nadie sabía si «su Juan», como cariñosamente lo llamaba, regresaría a nosotros tras la jornada. El mar Cantábrico era un mar abierto y bravo, donde convivían numerosas especies como el bonito del norte, el cimarrón o el atún rojo. La caballa, el estornino y la famosa anchoa, mucho más rica que la de la Escala, por lo menos, para mí.

¡Sí, quiero! Pero contigo noHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora