DANI
El viernes llegó como un rayo. Los días se habían ido sucediendo sin que apenas me diera cuenta.
Que Rafa pasara a buscarme por las mañanas y me llevara a casa, pues éramos los últimos en abandonar el bar, se convirtió en una rutina diaria.
No lo hablamos, él se limitaba a aparecer en el semáforo cada mañana y yo, a entrar en el coche deseando disfrutar de su compañía.
Charlábamos, reíamos, bromeábamos y yo sentía aquella extraña energía que parecía fluir para envolvernos en un mundo paralelo donde avanzábamos a un ritmo desenfrenado.
Yo lo escuchaba y él se abría cada día un poco más a mí, aunque habíamos dejado al margen las conversaciones sobre Víctor y Olivia. Solo éramos Dani y Rafa, dos compañeros de trabajo que congeniaban demasiado bien; para quien no nos hubiera visto nunca, le habríamos parecido amigos de toda la vida.
Hoy estaba especialmente nerviosa, Víctor se marchaba con los de la empresa. Ni siquiera nos veríamos, preparó el equipaje y me dijo que se iría directo a Huesca al salir de trabajar. Allí era donde iban a hacer el team building de barranquismo.
Iba a pasar mi primer fin de semana sola. Bueno, exactamente sola, no, porque cuando se lo conté a Rafa me dijo que el sábado salíamos sí o sí. Y con salir no me refiero a ir con los chicos de la empresa, sino a él y yo solos.
Esa tarde no íbamos a poder quedar tras el curro, pues tenía cena con la familia de Olivia y se quedaban a dormir en casa de su madre. Así que, cuando acabara mi jornada, me iría a casa para dedicarme a leer, que desde que lo había conocido tenía abandonados a mis libros.
Miré el reloj, en nada terminaría mi jornada laboral. Me estaba estirando en la silla como una gata cuando vi aparecer a Jose en el despacho.
—¿Puedo ayudarte? —le pregunté.
Llevaba algo en las manos. No era el tío descarado de siempre, estaba algo colorado y titubeante ante mi pregunta.
—No, tranquila, venía a ver a Andrea.
Mi compañera levantó la cabeza abruptamente y frunció el ceño, observándolo con desconfianza. Jose parecía ir directo al matadero de Andreus Salvajus, que se preparaba para el ataque grapadora en mano. Por un momento, me preocupé por su integridad física. A ver quién era el guapo que aguantaba una ofensiva contra una mujer armada con una grapadora.
Pero, cuando este le tendió una bolsita y ella ojeó el contenido, fue como si alguien hubiera izado una enorme bandera blanca o hubiera fumado la cachimba de la paz.
—¿Qué es? —pregunté muerta de curiosidad. Creo que era la primera vez que veía ese brillo en los ojos de mi compañera y esa especie de rubor que coloreaba sus mejillas—. No me digas que le has comprado un conjunto de lencería a Andrea o una de esas pollas multifunción que tan pronto te descorchan una botella como te hacen una tortilla usando tu propia patata —anoté divertida.
Andrea resopló, y esta vez quien se ganó su ceño fruncido fui yo.
—No seas así de malpensada ni de soez —me recriminó metiendo la mano en la bolsita y sacando unos bombones.
¿Bombones? ¿Eso era lo que había amansado a la fiera? ¿Simple chocolate?
—Son sin azúcar —aclaró Jose, tan maravillado como yo ante el cambio de reacción—. Como dijiste que tu madre era diabética, pensé que le gustarían y los podríais compartir.
Un momento, ¿bombones para una madre? Ahora la que flipaba era yo. Cuando un tío te hace un regalo para tu madre, solo puede significar una cosa.
—¿Estás tratando de calzarte a Andrea?
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¡Sí, quiero! Pero contigo no
Roman d'amourAntes que te decidas a embarcarte en este libro tengo que confesarte una cosa: ¡Esta historia es real! 😱😱😱 Sí sí, como lo oyes, esto pasó de verdad, una novia 👰♀️ pasó su luna de miel 🏝 sola. ¿Te lo puedes creer?🙊 Esa es la misma cara que yo...
