Capítulo 72

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Dani

Miré la alianza de oro que encerraba mi dedo y después el cuerpo desnudo de Víctor, que había sido incapaz de provocarme un solo orgasmo. Estaba tumbado bocabajo, durmiendo plácidamente, y yo era incapaz de cerrar un ojo.

Me levanté de la cama, me puse la bata de novia, cogí un botellín de agua del minibar y salí al balcón para arrebujarme en una silla sin estar muy segura de qué pensar o cómo sentirme.

La boda había sido preciosa y todo el mundo se lo había pasado bien. Los invitados habían gozado de lo lindo con la comida, la bebida, el baile...

Recliné la cabeza hacia atrás, abrí el botellín y me lo llevé a los labios. Mientras dejaba caer el agua fría por mi garganta, pensé en el baile compartido con Rafa. Me había encendido con solo sentir su torso acoplándose al mío. ¿Por qué no podía sentir lo mismo cuando estaba con mi marido?

Paladeé el nuevo título que ostentaba: «señora de Malgueño». Creo que, si hubiera nacido en otra época, no me habría habituado a que me llamaran así. Era demasiado independiente como para asumir que un vínculo me hiciera perder parte de lo que era; aunque tristemente me sentía así, como si le hubiera otorgado a Víctor la capacidad de estar conmigo hasta que la muerte nos separara. Pero ¿era justo eso lo que había querido desde siempre? «Lo tuyo es de traca, Dani». Pensar en mis votos me hizo reflexionar sobre la muerte, ¿qué sentiría uno cuando moría? Seguro que sería como dejarse mecer entre las olas; al principio, una sensación desconcertante y, después, la paz más absoluta. Me gustaba imaginarla así, acunándote en su vaivén para dejarte en calma. Dicen que cuando mueres ves la película de tu vida pasar, que eso es lo que te llevas, tus vivencias, tus llantos, tus alegrías... Yo vi todo eso cuando le di el «sí, quiero» a Víctor. Un resumen a cámara rápida de lo que había hecho hasta el momento. ¿Significaba eso que había muerto? Me sentía vacía, sola, y en lo único en lo que mi mente se refugiaba era en cómo lo extrañaba.

Sentí una lágrima rodar por mi mejilla y la angustia apresándome por dentro. El sabor a mar alcanzó mis labios, besándolos en un tibio contacto, que se volvió frío con la brisa nocturna. Él era mi debilidad y no estaba segura de que algún día pudiera dejar de serlo. Solo hacía falta un gesto, una palabra, un roce para que las ascuas de lo que compartimos volvieran a prender con más pasión que antes, si es que eso podía ser.

Muchas frases de sabiduría popular acudían a mi mente. «No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos». ¿Acaso yo había perdido a Rafa? Lo seguía manteniendo como amigo, pero ¿lo quería así? «El ser humano es inconformista por naturaleza». ¿Era eso lo que me pasaba? ¿Se trataba de inconformismo, de dejar de valorar lo que tenía al lado para fijarme en el vecino?

«Eres como el perro del hortelano, que ni comes ni dejas comer». No podía dejar de visualizarlo con alguna chica. Había visto a Helena tontear con él durante la cena. ¿Habría follado con ella? ¿Se la habría llevado al baño como hacía conmigo? ¿Estaría ahora con alguna desconocida haciéndola gozar? No debería estar haciéndome esas preguntas. Yo misma acababa de acostarme con Víctor, pero sentía unos celos irracionales enroscándose en la base de mi estómago que no me dejaban en paz.

El aire me faltaba y solo quería llorar. ¡Tenía que sentirme feliz, me acababa de casar! ¡Y en unas semanas me iba de viaje a Punta Cana y al Amazonas! Mis padres tuvieron que conformarse con ir de viaje de novios a Cangas de Onís. ¿Qué novia recién casada estaba sola en el balcón llorando en su noche de bodas y pensando en si su amigo estaba tirándose a otra o no?

Traté de contenerme, pero me fue imposible hacerlo. Las lágrimas se sucedían unas tras otras, cayendo en picado, en silencio, llenándome la piel del húmedo rastro de lo que compartimos. Rafa besándome, Rafa sonriéndome, Rafa regalándome mi primera rosa de Sant Jordi y mostrándome el verdadero placer frente a un espejo. Rafa pidiéndome que no me casara, mirándome desde la décima fila de la iglesia emocionado, pegado a mi cuerpo para bailar conmigo una bachata que parecía hecha para nosotros...

¡Sí, quiero! Pero contigo noHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora