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Ha dudado demasiado en dispararme, llega a ser un enemigo y estaría descuartizada.
Mientras va a por su maletín, huelo su almohada como un adicto y la suelto cuando entra en la habitación.
Lleva un pijama rosa y el pelo recogido en un pequeño moño con algunos pelos sueltos, es muy adorable.
Se desinfecta las manos y se pone unos guantes, mientras yo la observo.
Corta mis pantalones y analiza bien mi herida.
— No está muy profunda, puedo sacártela aquí mismo.— Dice como una experta.
— Hazlo, entonces.— Asiente sin mirarme y va a sacar un sedante.
— No me gustan los sedantes, hazlo sin.— Frunce su ceño.
— ¿Estás seguro? Ya sabes que debo meter las pinzas para sacarla.— Se me escapa una pequeña sonrisa y ella se queda mirándola.
— Estoy muy seguro, adelante.
Trabaja tranquilamente y concentrada mientras yo miro su cara.
— Deja de mirarme así, me estás asustando.
— ¿Me tienes miedo?— Para de trabajar y levanta la mirada hacia mí.
— Un poco.— Dice dudosa.
— Está bien eso, es lo mejor.— Vuelve a meter las pinzas y sigue intentando sacarla.
— ¿Cómo has podido entrar? ¿Y cómo has subido hasta un noveno por el balcón?
— ¿Quién ha dicho que he subido?— Introduce fuerte las pinzas, por los nervios y siseo de dolor.
— Lo siento.— No sé qué provoca en mí cada vez que pide disculpas.
— Si no puedes sacarla, abre más mi piel y sácala, total, puntos tendré que llev...— Antes de terminar de hablar, ya tiene la bala brillando en sus pinzas.
— Listo.— Dice orgullosa.— Te desinfecto y te coseré.
Y así lo hace, termina de ponerme los puntos y se levanta, llena de sangre, mi sangre y me gusta.
— ¿Puedes levantarte?
— Bueno, me duele un poco.— Miento, puedo hasta correr.
— Solo quiero cambiar las sábanas para que puedas descansar.— Mierda, ¿me va a dejar quedarme? ¿En su cama?
— En ese caso, espera que lo intento.— Me hago el cojo y gruño haciendo el mejor papel de mi vida.
Ella saca las sabanas rápidamente y abre un cajón del que coge unas nuevas y limpias.
Cambia todo en un tiempo récord y me mira.
— ¿Quieres ducharte? Estás lleno de sangre.
— Sí, pero no sé si podré solo.— Me mira con carita de pena y no entiendo cómo mierda es tan buena persona.
— Puedo ayudarte, aunque en calzoncillos si puede ser, me incomoda ver a la gente desnuda.— Esto es mejor de lo que esperaba, quiero que me dispare más a menudo.
— Tenemos un trato.— Se acerca a mí y no sé qué va a hacer, pero es un sí a todo.
Me agarra del brazo y se lo pasa por el hombro, y me ayuda para llegar al baño.
Su baño es grande y tiene todo organizado, y de color rosa.
Me suelta lentamente y procede a sacar toallas también de color rosa.
— Lo siento, solo tengo de este color.— Dice sonrojándose.
¿Por qué hace eso?
— Lo he notado.— Le digo mientras me quito la camiseta y ella se gira para darme "privacidad"
— ¿Por qué te giras? ¿A caso no me vas a ayudar a ducharme?
Se aclara la garganta y vuelve a girarse hacia mí, sus ojos se disparan a mi pecho y mis abdominales y se pone como un tomate.
Me desabrocho los pantalones y se pasa la mano por la frente apartando su flequillo, parece que se esté midiendo la fiebre.
Bajo la bragueta lentamente y veo como su garganta hace el esfuerzo de tragar fuerte. Realmente no entiendo si le gusta o no esto, si no me lo dice con sus palabras, poco podré deducir ya que a veces me cuesta entender las emociones de otra persona.
— ¿Estás bien?— Le pregunto.
— S... Sí, por supuesto, ja ja.— Se ríe nerviosa.— Es solo un cuerpo humano, no es nada.— Me aguanto la sonrisa que amenaza por salir y me bajo los pantalones.
Llego hasta mis muslos y hago el que no puede agacharse más. Quiero llevarla al límite hasta que hable.
— ¿Puedes ayudarme a bajarlos?— Asiente varias veces con la cabeza y se pone de rodillas. Santa mierda, es tan pequeñita que verla así me está matando.
Posa sus manos en mis pantalones y los baja lentamente para no lastimarme en la herida.
Una vez llega al suelo, levanta su mirada hacia mi y tengo que respirar y contar hasta diez, para no decir lo que pienso ahora mismo.
Se levanta y me mira de arriba abajo, cuando ninguno de los dos habla, se acerca a la bañera y abre el agua.
Entro y veo todos los jabones que tiene, todos brillantes y con olores a fresas.
— Lo siento, no tengo nada más.— Y sí piensa que me va a molestar llevar su olor en mi cuerpo, está loca, más que yo.
Mi cuerpo empieza a mojarse y ella me repasa con la mirada. Me enjabono rápidamente la cabeza y empiezo con el cuerpo, cuando llego a mis piernas, Colt se acerca y me mira pidiéndome permiso, y solo Dios sabe lo guapa que es cuando actúa así.
Pasa la esponja por mis muslos y noto como su mirada va directa a mi polla tapada por una simple tela, que está más dura que una piedra, pero es tan buena que aparta la mirada y sigue enjabonándome las piernas.
Sus manos resbalan por mi piel y siento que si no la freno, esto no acabará bien.
— Está bien, Colt.— Se levanta de prisa y asiente. ¿Por qué es tan servicial?