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El último sonido que provoca mi padre es el del bastón golpeando el suelo. Un eco seco que reverbera en mi pecho, rompiéndome en mil pedazos que sé que jamás podrán ser reconstruidos. Nadie entiende el amor incondicional que siento por él, ni el vínculo que nos unía. Pero lo que nadie sabe, lo que jamás podrían comprender, es todo lo que tuvo que soportar para tenerme entre sus manos y protegerme en un mundo que no perdona.
Mi mente, sin quererlo, me arrastra a un recuerdo enterrado en lo más profundo de mi ser, uno que siempre evito porque me duele demasiado. Fue justo al salir de la academia, cuando aún era una niña llena de cicatrices invisibles y un fuego inextinguible en el alma. Los recuerdos eran lo suficientemente claros como para darme un objetivo: buscar a mi madre. No podía ignorar más esa parte de mi historia.
Ak, como siempre, fue mi ancla. Caminamos juntas ese recorrido hacia el pasado, aunque el miedo me quemaba las entrañas. Había tantas posibilidades que me aterraban: encontrarla y que estuviera muerta, descubrir que no me recordaba o, peor aún, que simplemente no quisiera saber nada de mí. Pero la realidad, cruel como siempre, me golpeó de una forma que no esperaba. Cuando finalmente la encontré, vivía su vida perfecta en las afueras de Londres. Una hermosa familia la rodeaba: dos hijas que parecían sacadas de un cuento de hadas y un marido que, según pude observar, era el retrato de la estabilidad. Mi madre no solo había sobrevivido; prosperó. Era jueza suprema en el tribunal de menores, ayudando a cientos de niños al año a encontrar justicia, custodias, y segundas oportunidades. Pero, ¿y yo? ¿Dónde encajaba yo en esa ecuación? ¿Cómo podía ser ella capaz de brindar esperanza a tantos mientras me dejó a mí en las garras de la mafia?
Ak, siempre tan persuasivoa, insistió en que debía enfrentarla. Dieciocho años eran suficientes para buscar respuestas. Convenció a mi parte más vulnerable de que era el momento de presentarme ante ella, de mirarla a los ojos y exigirle la verdad. Así que lo hice. La cité en una cafetería, con una mezcla de ansiedad y esperanza que casi me paralizó. Cuando finalmente nos vimos, me quedé sin palabras. Éramos como un reflejo distorsionado la una de la otra. La misma mirada, pero con historias distintas grabadas en ellas. Lo único que quería en ese momento era abrazarla, aferrarme a ella como una niña perdida y suplicarle que me ayudara a salir del infierno en el que vivía. Pero sus palabras fueron un balde de agua helada que nunca olvidaré.
Su versión de los hechos era tan diferente de lo que había imaginado, tan cruel y fría que me dejó sin aire. Me confesó que, en su momento, había intentado luchar por mí. Cuando vino en busca de mi padre para pedir ayuda económica, él le dejó claro que no había retorno, que yo era tan suya como sus ojos. Le pertenecía a él y al mundo en el que había sido concebida. Sin embargo, no todo fue como pensaba. Mi padre le ofreció una fortuna inimaginable para que me criara en Hong Kong, para que construyera una vida junto a mí. Ella lo rechazó sin titubear. Me contó, con una dureza que aún me hiela, que incluso había amenazado con abortarme antes de dejarme en sus manos. Pero él no lo permitió. Se negó rotundamente, y en su obstinación, me salvó antes de que siquiera tuviera la oportunidad de luchar por mi vida. Mi madre pasó meses en una de las mansiones de mi padre, rodeada de lujos y cuidados que él le ofrecía en un intento de convencerla. Me confesó que, durante ese tiempo, había surgido un amor extraño entre ellos. Un amor tenso, nacido del conflicto, pero no lo suficiente para atarla a él ni a la vida que le proponía. Mi padre llegó a prometerle matrimonio si aceptaba su estilo de vida, si se quedaba y aceptaba la idea de una familia en este mundo oscuro.
Pero ella no aceptó. Y yo fui el precio de su libertad.
Mi madre, con una frialdad que aún me persigue, me ofreció un billete de avión, dinero y un pasaporte nuevo. No para estar juntas, sino para que yo escapara sola. Como si no supiera que esas tres cosas ya estaban a mi disposición desde hacía años. Como si eso pudiera reparar lo que ya estaba roto. Ella pensó que sería suficiente para darme una nueva vida, para redimirse de todo lo que no fue. Me miró a los ojos, me dio un apretón de manos, y me deseó, cito textualmente: "Muy buena suerte, pero no me jodas la vida que tengo. Dos hijas es suficiente para mí". Y así salió por la puerta de aquella cafetería, abandonándome por segunda vez.
En ese momento, algo en mí se quebró para siempre. Culpo a mi madre por muchas cosas. Por su ligereza al entregarse a un desconocido, por no protegerse, por volver a China en busca de una pensión alimentaria como si los errores compartidos fuesen algo romántico. La culpo por no investigar a mi padre antes de dejarme en sus manos. Y por otro lado, estuve años, odiando a mi padre. Pero después de aquella tarde, mi perspectiva cambió. Salí de la cafetería como un fantasma, sintiéndome más vacía que nunca. Llamé a mi padre, rota y vulnerable, con la voz quebrada por el alcohol y las lágrimas. Respondió al segundo tono, como si estuviera esperando mi llamada. Solo pude decirle una cosa: "La vi, y me abandonó otra vez."
Hubo un silencio al otro lado de la línea, uno que se sintió como una eternidad. Finalmente, su voz firme y calmada respondió: "Dime dónde estás. Hablaremos de esto con calma."
El jefe de La Tríada llegó a las tres de la madrugada a un bar de mala muerte donde me había refugiado. No dijo nada cuando me encontró, ebria y deshecha, con la mirada perdida en el fondo de un vaso vacío. En lugar de reprocharme, me tomó en sus brazos como si fuera una niña pequeña. Me dejó dormir apoyada en su pecho durante el camino de regreso. Cuando desperté, estaba sentada en el asiento trasero de su coche, con un café caliente en las manos y su mirada fija en mí. Con una toalla húmeda, limpió mi rostro, sus dedos transmitiendo una calidez que contrastaba con la frialdad del mundo exterior. Cada caricia era un recordatorio de que, por mucho que lo odiara, siempre había estado ahí.
Finalmente, rompió el silencio.
—Le ofrecí dos salidas —confesó mi padre mientras me limpiaba las mejillas—: casarse conmigo y gobernar a mi lado, o huir conmigo lejos de todo esto.
Me miró con una mezcla de tristeza y orgullo, como si recordara cada detalle de aquel momento.
—No aceptó ninguna de las dos —continuó—. Me dijo que nuestra relación era complicada. Que quería ser alguien importante en su país, que no iba a perder la oportunidad de brillar por tenernos a ti y a mí como carga. Quise abandonar La Tríada una única vez en mi vida, y fue por ti, Li. Cuando vi lo pequeña que eras el día que naciste, supe que tenía que resguardarte de todo el dolor que te esperaría en un mundo como el mío. Pero era joven y ambicioso y cuando tu madre me rompió el corazón, hirió mi orgullo con él, e hizo que quisiera seguir en esta vida, incluso después de saber que no la tendría a mi lado y arrastrándote conmigo.
Su voz no mostraba resentimiento, solo una resignación amarga que dolía más que cualquier reproche. En ese instante entendí algo que me había negado a aceptar durante años: mi padre no era un hombre perfecto, pero había elegido quedarse. Había escogido cargar conmigo y protegerme, incluso cuando significaba perder a la mujer que amaba. Y, aunque nunca lo dijera en voz alta, sabía que lo había hecho porque, para él, yo era lo único que importaba.