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El ambiente alrededor de la tumba es solemne, un cuadro perfectamente orquestado de respeto y jerarquía. Los capos de La Cosa Nostra y los hombre de La Tríada se mantienen en silencio, compartiendo un momento que es histórico y profundamente personal. Alessandro e Inari, dos figuras destinadas a unir fuerzas por el bien de sus familias, se encuentran en el centro de todo, como pilares que sostienen un puente frágil pero necesario. Mientras Ann llora contra mi hombro, un extraño interrumpe la coreografía perfecta. Sus pasos resuenan sobre el suelo del mausoleo familiar de los Qing como una declaración. Es alto, rubio, con un porte que grita autoridad y una calma que casi raya en la arrogancia. Sus ojos, sin desviarse ni un segundo, están fijos en Ann.
Antes de que pueda reaccionar, Ann se separa de mí y corre hacia él. Se lanza a sus brazos como si hubiese encontrado un refugio que no le ofrecí, y eso, joder... Enciende en mí un fuego que es inexplicable. El hombre la envuelve en un abrazo firme, acariciándole el cabello con una intimidad que me enciende las entrañas. El impulso de arrancarla de sus brazos me consume, pero un agarre firme me detiene. Ak, como siempre, parece entenderme de alguna manera.
—Deja jodidamente tus celos fuera por un momento —me espeta, su tono grave y cortante—. Ese es Jack, el inspector de las Fuerzas Armadas de Inglaterra. Es su amigo, Dario, y más te vale llevárte bien con él. Ann lo adora.
¿Que lo adora? ¿Y eso debería tranquilizarme? ¿Cómo diablos espera Ak que no reaccione cuando mi mujer está abrazando a ese imbécil como si fuera el único hombre que pudiera salvarla del dolor que la consume?
Empujo a Ak con un gesto brusco, intentando soltarme de su agarre, pero su fuerza no cede.
—¿Quieres que me quede aquí como un idiota? —gruño entre dientes, mi mirada clavada en ese abrazo que dura demasiado—. ¿Qué derecho tiene él de consolarla así?
Ak rueda los ojos, claramente irritado con mi dramatismo.
—Es su único amigo aparte de ti y Alec. Hazte a la idea. Y si quieres seguir siendo el único hombre en su vida que le importa, mejor mantén la cabeza fría y no actúes como un idiota posesivo.
Las palabras de Ak son un recordatorio amargo, pero cierto. Ann ha perdido demasiado, y si este Jack es una de las pocas personas que puede ofrecerle algo de consuelo, ¿quién soy yo para negárselo?
Su mano acaricia nuevamente su oscura melena.
Y vuelve a hacerlo una y otra vez.
Tres, cuatro, cinco, seis...
Aunque el fuego en mi interior no se apaga, cierro los puños y me obligo a quedarme en mi lugar. No porque quiera, sino porque sé que Ann merece algo más que un hombre incapaz de controlar sus emociones. Si ella necesita a Jack en este momento, entonces tendré que encontrar la manera de soportarlo. Pero eso no significa que me guste, y ciertamente no significa que baje la guardia. Ese hijo de puta, me rendirá cuentas como lo hizo Alec y hasta que no me asegure de sus intenciones, no volverá a estar a su alrededor.