Capítulo 60

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Ver a Karl, mi mejor amigo y segundo al mando, detrás de Yong, apuntándole con la pistola al cráneo, despierta en mí una satisfacción tan visceral como incomprensible

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Ver a Karl, mi mejor amigo y segundo al mando, detrás de Yong, apuntándole con la pistola al cráneo, despierta en mí una satisfacción tan visceral como incomprensible. Es enfermizo, lo sé, pero en este mundo donde la moral es un lujo que no podemos permitirnos, no puedo evitarlo. Yong, acorralado, sonríe. Esa maldita sonrisa cargada de desafío, como si supiera que está a un paso de desatar el caos. Antes de que pueda procesarlo, aprieta el gatillo. No hay vacilación, solo la locura desesperada de un hombre sin nada que perder.

El primer disparo retumba como un trueno, llenando el aire con su eco metálico. Me lanzo sin pensarlo, atrapando el cuerpo de Ann entre mis brazos, protegiéndola con todo lo que soy. Apenas tocamos el suelo, un segundo disparo corta el silencio. Yong cae como un muñeco roto, su cuerpo desplomándose con un golpe seco que parece anunciar su fin. Mi mente se queda en blanco, un vacío abrumador mientras mis manos recorren a Ann con frenesí, buscando cualquier señal de daño. Busco sangre, una maldita gota que confirme que no fui lo suficientemente rápido. Pero no hay nada. Nada. 

Y entonces lo veo. Las primeras gotas escarlata caen desde lo alto, formando pequeñas manchas en el suelo a nuestro lado. Al alzar la vista, mis ojos se encuentran con la figura tambaleante del viejo Qing. Su camisa blanca está teñida de rojo, el bastón que lo sostiene parece a punto de ceder bajo su peso. Pero incluso así, su porte no flaquea. Es un rey herido, aferrándose a su trono con cada último aliento. Ann emite un grito desgarrador, un sonido que corta el alma y paraliza la habitación. Se sacude de mis brazos, arrastrándose hacia él con una desesperación que me destroza. Sus ojos, ahora llenos de locura, reflejan el mismo abismo que reconozco en los míos cada vez que me miro al espejo.

Luca y Alessandro se dan una mirada, compartiendo una comprensión silenciosa. Han estado aquí antes, se han visto a si mismos romperse de esta misma manera. Sus ojos me dicen lo que yo ya sé: este dolor no tiene consuelo. Benelli da un paso hacia Ann, intentando alcanzarla, pero Luca la detiene. La sujeta entre sus brazos, firme pero con cuidado, mientras ella lucha contra él como un animal herido. Es un acto de protección, incluso cuando parece cruel. La distancia, parece decir Luca, es lo único que puede salvarla de sí misma ahora a Ann.

La tormenta se intensifica con la llegada de Ak, que irrumpe en el despacho como un vendaval de pólvora y furia. Su mirada se clava de inmediato en el viejo Qing, desplomado en la silla, mientras Ann lucha desesperadamente por arrancarle la camisa y detener la hemorragia.

—¡Ayúdame, Dario! —su voz es un grito quebrado que me atraviesa como una daga—. Por favor, ayúdame a salvarlo. Haré lo que sea. Hijos, una esposa trofeo, todo lo que quieras. Solo sálvalo... solo así podré vivir feliz.

Sus palabras son un latigazo en mi alma. Ann está rota, un desastre irreparable que busca en mí algo que no puedo darle. Porque no entiendo su dolor. Nunca lo he entendido. Y por más que lo intente, no hay mentira que pueda disfrazar esa verdad. Intento levantarla, envolverla en mis brazos, darle algo, cualquier cosa, para mitigar el frío que la consume. Pero sus piernas ceden, y su cuerpo se desploma contra el mío. Sus lágrimas caen en un torrente silencioso, un río de agonía que no sé cómo detener.

Ambos sabemos la verdad. No necesitamos decirlo en voz alta. La bala ha atravesado órganos vitales. La cercanía del disparo fue brutal, certera, implacable. No hay cirugía ni habilidad que pueda salvarlo.

El viejo Qing está muriendo. Y con cada segundo que pasa, una parte de mi Ann se va con él.

—Lo hiciste jodidamente bien con Alessandro, y... y también con aquella chica guapa, los operaste a ambos con esas buenas manos tuyas —dice Ann, su voz desgarrada, aferrándose desesperadamente a cualquier chispa de esperanza. Sus palabras son un ruego, un grito disfrazado de lógica que ahora mismo no entiende—. Están vivos, míralo, mira a tu primo. Está vivo. Haz que mi padre viva.

Su mano ensangrentada me agarra la cara, manchándome con la sangre fresca de Qing, obligándome a mirarla a los ojos. Sus pupilas están dilatadas, hinchadas por las lágrimas, con un brillo febril que me rompe por dentro.

—Ann, no... —intento razonar, pero ella niega con la cabeza, frenética, cortándome antes de que pueda terminar.

—No. Esa es la palabra que no quiero oír en este momento —su voz es firme, rota, pero tan cargada de determinación que me hace tambalear—. Me prometiste hacerme feliz, y esto es lo que quiero para serlo.

Quiero protegerla de todo, arrancarla de este infierno y esconderla donde ni siquiera el destino pueda encontrarla. Pero no puedo mentirle. No a ella. Mis manos, que han salvado tantas vidas, no pueden detener el reloj implacable que marca el fin del jefe de La Tríada.

—Y te haré feliz, te lo juro. Pero esto no tiene solución, Ann —mi voz tiembla, aunque intento mantenerme firme—. Lo mejor que puedo darte ahora es que gastes estos minutos con él... y no conmigo.

Mis palabras parecen encender algo en ella, un fuego que arde tan intenso que me hace retroceder. Me suelta con una fuerza inesperada, empujándome hacia atrás mientras regresa junto a su padre. El tiempo es un enemigo cruel, y Qing no tiene más de un minuto o dos. La sangre sigue fluyendo, imparable, formando un charco oscuro bajo su cuerpo.

—Mi preciosa hija... —murmura Qing, su voz apenas un susurro, como si cada palabra arrancara un poco más de su alma—. Tráeme esos documentos.

Ann lo mira, perpleja, casi en shock.

—Tengo que firmarlos —continúa él, acariciándole el rostro con una ternura que contrasta con el caos que nos rodea—. Para asegurarme de haberte dado un último regalo. Quiero que te cases con la persona que amas.

Los sollozos de Ann suben de tono haciendo que sus propias amigas lloren con ella, mientras asiente, apresurándose a buscar los papeles. Sus manos tiemblan al sacar los documentos del plástico que los envuelve, manchándolos con sus lágrimas y con la sangre que cubre sus dedos.

Qing extiende la mano, tan débil que apenas puede sostener el bolígrafo. Ann lo ayuda, sujetando su muñeca con cuidado, como si con ello pudiera sostener no solo su mano, sino también su espíritu.

—Papá... —susurra ella, su voz un eco de lo que alguna vez fue.

—Eres mi mayor orgullo, Ann —responde él, con un hilo de voz que parece desvanecerse con cada palabra—. Nunca dejes que este mundo te rompa. Lucha... por lo que amas.

Su firma tiembla en el papel, un trazo que parece hecho con las últimas fuerzas de un hombre que se niega a irse sin dejar un legado. Y entonces, con una última mirada hacia su hija, sus ojos se cierran lentamente. Su cuerpo se relaja, y el bastón cae al suelo con un golpe seco que marca el final. Ann se desploma sobre él, abrazándolo con una desesperación que me deja sin aliento. No hay gritos esta vez, solo un silencio abrumador que llena cada rincón de la habitación.

Yo observo, incapaz de moverme, sintiendo cómo su dolor se filtra en mis huesos. Ella está rota, y sé que no hay forma de repararla. Porque en este mundo, perder no solo significa dejar ir a alguien. Significa perder una parte de tus recuerdos, una que nunca se recuperará.

Srta.ColtDonde viven las historias. Descúbrelo ahora