¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
CUATRO MESES DESPUÉS
Tras la muerte de mi padre, Inari y yo sellamos el acuerdo con nuestra sangre, una ceremonia tan antigua como las mismas tradiciones que gobernaban nuestros mundos. Juramos que nuestros hijos, en la próxima generación, cerrarían el círculo que nosotros habíamos abierto, uniendo nuestras familias de una forma que nadie pudiera romper. El peso de esa promesa era abrumador, una cadena que nos ataba al futuro con la misma fuerza que nuestras culpas.
Cloe intentó suavizarlo con sus palabras, prometiéndome que en el futuro encontraríamos una solución. "Algo se nos ocurrirá para arreglar esto" me dijo, como si el destino fuese algo que pudiéramos moldear a nuestra conveniencia. Yo asentí, aunque en el fondo sabía que, por ahora, ambos éramos prisioneros de decisiones que nos hacían parecer monstruos a los ojos de nuestros hijos.
Poco después de mi llegada oficial a Chicago, su ciudad, Dario me pidió matrimonio. No fue romántico, no en el sentido convencional. Pero fue tan profundamente él que no podría haber sido más especial. Todo ocurrió una noche en la que habíamos salido a cenar. Me puse un vestido que sabía que le volvería loco, ajustado y sexy, aunque no por él, sino por mí. Me sentía poderosa y hermosa. Pero para Dario, fue un desafío. Cada mirada masculina que se posaba en mí era una amenaza, un recordatorio de que el mundo siempre estaba esperando la oportunidad para quitarle a su novia, sus palabras, no las mías.
El punto de quiebre llegó cuando uno de los camareros sonrió demasiado tiempo mientras me servía el vino. Dario no dijo una palabra. Simplemente me agarró del brazo con una firmeza que no aceptaba réplica y me llevó al coche, dejando atrás el restaurante y nuestra cena a medio terminar. El trayecto fue un torbellino de silencio cargado, sus dedos apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos se volvían blancos. No me atreví a hablar, y en el fondo, sabía lo que venía.
Me llevó a un callejón oscuro, apartado, el único lugar donde el mundo exterior no pudiera invadirnos. Me bajó del coche y, antes de que pudiera preguntar qué demonios estaba pasando, me acorraló contra la pared con esa intensidad suya que siempre oscila entre el control absoluto y el caos.
—Cásate conmigo —gruñó, su voz baja, peligrosa, cargada de celos y deseo.
No esperó una respuesta, porque no había opción. Antes de que pudiera procesar sus palabras, sus labios se encontraron con los míos, reclamándome con una fuerza que me dejó sin aliento. Fue un beso salvaje e incontrolable, como si el universo entero se hubiera reducido a nosotros dos en ese instante. La intensidad de su deseo se reflejaba en cada movimiento, en cada roce de su piel contra la mía.
Con un gesto decidido, alzó mis piernas, elevando la falda de mi vestido mientras sus manos recorrían mi cuerpo con una mezcla de urgencia y deseo. La sensación de su piel caliente contra la mía me hizo estremecer. Sin pedir permiso, apartó el tanga, porque así era él: el capo de Chicago, un De Marchetti en toda regla; antes de pedir permiso, pide perdón. Su dureza se introdujo en mi interior, abriendo mis paredes con una humedad que lo recibió con gusto y anhelo.