Capítulo 54

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"Y te juro que arrastro colecciones de obsesiones
Y sigo soñando con tus piernas todavía
Ya he aprendido que mis besos y canciones
Quedan mucho mejor en tu boca que en la mía" 

Sharif feat Natos, Culpable

Los ojos de Inari destellan con una amenaza inconfundible : no tolera que husmeen en su vida

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Los ojos de Inari destellan con una amenaza inconfundible : no tolera que husmeen en su vida. Levanto una ceja, dejando claro que no pienso retroceder. Él necesita este contrato tanto como yo. Podría ganar esta guerra contra los Qing, especialmente con nuestra facción dividida como está; yo solo quiero marcharme, tres de mis hermanos yacen muertos, y el único que queda con vida es un traidor. Para rematar, el subjefe de La Tríada ha abandonado a su propio hermano enfermo terminal, la Cabeza de Dragón, el líder supremo. Sin embargo, por mucho que las circunstancias parezcan inclinarse a su favor, hay algo que jamás conseguirá: el control absoluto sobre ambas dinastías. Nunca logrará que los hombres de mi padre se arrodillen ante él ni le juren obediencia y lealtad. Y sé que esa imposibilidad le hiere más profundamente que cualquier victoria.

—No oculto nada que deba preocuparte. Es un asunto exclusivamente mío y de los Ming —declara Inari, su voz tan firme como la intensidad de su mirada, fija en mis ojos como si quisiera convencerme de su sinceridad a través de la conexión visual. No pestañea, no vacila. Un gesto estudiado, casi desafiante, que parece gritar que no está mintiendo, aunque en el fondo no puedo decidir si me irrita más su arrogancia o su aparente transparencia.

¿Cuántas serán las veces que me habrá mentido, cuando yo creía que no era una amenaza? Siento la necesidad de abofetearme por subestimarlo.

Abro la boca, lista para responder y dejarle claro lo que pienso de sus artimañas baratas, cuando la puerta del despacho se abre con un chirrido abrupto, cortando el aire tenso entre nosotros.

Aparece Cero. O, mejor dicho, lo que queda de ella tras lo que, claramente, fue un día duro de trabajo. Su figura, cubierta de sangre seca y tierra, parece arrancada de una escena de película de acción. Lleva el cabello recogido en una trenza deshecha que cuelga descuidada sobre su hombro. Sus nudillos están agrietados y ensangrentados, y en su mejilla una herida abierta deja escapar un hilo carmesí que contrasta con la palidez de su hermosa piel.

—¿Hola? ¿Ya habéis empezado sin mí? —pregunta con una sonrisa ligera, casi divertida, aunque sus ojos, cargados de agotamiento.

Su entrada es tan caótica y ruidosa como ella misma, pero, de alguna forma, trae consigo un alivio inquietante para mí. Su mirada recorre lentamente cada rincón de la habitación hasta detenerse en los italianos. Cuando sus ojos se fijan en Aless, no vacila en preguntar:

—¿Dónde está Mauro?

La precisión de sus palabras queda eclipsada por un detalle que no puedo ignorar: el gesto casi imperceptible de sus manos. Me detengo a observarla, y mi mente viaja al pasado, a los días en la academia. Cero siempre fue un torbellino de emociones, especialmente en sus ataques de ira. Cuando los nervios la dominaban, desataba auténticas locuras. Pero con el tiempo, aprendió a reprimirlos, dejando como secuela un tic peculiar. Sus dedos siguen un patrón, como una melodía silenciosa que sólo ella entiende.

Srta.ColtDonde viven las historias. Descúbrelo ahora