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No entendía nada de lo que estaba ocurriendo, mucho menos el misterio que rodeaba a esa chica, hasta que Millan mencionó a la hermana de Mauro. Lo único que sé es que una de las hermanas de los Russo desapareció hace años, tragada por las sombras, y nunca lograron encontrarla. Eso no fue todo, por lo que escuché, Mauro se entregó a cambio de su hermana y la tortura que recibió por eso, fue tan dura que La Cosa Nostra tiene prohibido mencionarlo.
Pero lo que no consigo descifrar es cómo encaja Cero en todo esto. ¿Acaso Mauro la contrató para buscar a su hermana perdida? ¿Es esa la razón de la extraña complicidad que compartían hace unas horas, como si ambos custodiaran un secreto demasiado oscuro para salir a la luz?
—Dario, incluso si quiero que Ann firme ese contrato, Mauro no va a detenerse hasta acabar con Inari. Y esta vez, todos los tradicionalistas lo apoyarán —la voz de Alessandro resuena con una gravedad que corta el aire—. Nuestro trabajo aquí ha terminado.
Le habla a su primo, pero sus palabras son un latigazo para todos los presentes.
—No te estoy abandonando. Lleva a Ann contigo a Chicago. Ya no le debemos nada a La Tríada. Si quieren cazar a tu mujer, tendrán que enfrentarse a todos los Russo, y créeme, encontrarán a una familia sedienta de venganza.
Mi corazón late con una fuerza descomunal, como si presintiera que esta vez nada será igual. La Triada, la familia Russo, Inari... Todo está al borde de un abismo donde no hay retorno. Sin mí, este pacto queda roto. Solo mi tío y su hijo quedarán entre los Qing, e Inari no tendrá más remedio que entregarles mi parte del trato a esos cabrón.
Alessandro da unos pasos hacia la puerta, la abre y da un paso hacia fuera, pero la voz de Inari lo detiene. Vuelve sin cerrar la puerta y se gira hacia él.
—Espera —dice con una frialdad calculada mientras aparta una mano de su impecable cabello oscuro—. ¿Por qué crees que la tendría en contra de su voluntad?
La pregunta resuena como un desafío, un dardo lanzado directo al orgullo del Don.
—¿Pretendes que me trague esa mentira? —la voz de Alessandro es como un cuchillo, cortante y cargada de veneno—. Una Russo, amada por sus padres, adorada por sus hermanos, mimada por la familia tradicionalista más poderosa de Italia, ¿y quieres que crea que no quiso regresar? Nada de lo que digas detendrá la tormenta que se avecina, Inari.
Aunque las palabras de Alessandro son un eco de verdad, siento el impulso de gritar. No todo lo que brilla es oro. A veces, lo más brillante oculta las cicatrices más profundas. Algunas heridas no son visibles, pero duelen igual o más. Quizá esa chica realmente no quiso volver.
—¿Tanto te cuesta darle dos minutos para explicarse? —mi propia voz emerge, apoyando a Inari por primera vez.
El agarre firme de Dario en mi muñeca me recuerda que estoy caminando sobre hielo delgado.