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Mientras esperamos que Cero llegue, comemos y hablamos de lo que haremos una vez que esté aquí.
—¿Qué tan adolorida estás?— me susurra Dario, acercando su boca a mi oído con tono travieso.
Siento que el calor de la vergüenza se apodera de mis mejillas, y le lanzo un manotazo, consciente de que muchas miradas curiosas se posan en nosotros.
—Ni siquiera sueñes en acercar eso que tienes entre las piernas a mí—le susurro de vuelta con voz desafiante.
Su cara estoica logra engañar a todos, conteniendo la risa, pero no a mí. Puedo ver cómo le tiembla una de las esquinas de la boca. Me pellizca la cadera y me acerca aún más a su lado.
—Puedo usar otra cosa que no sea "eso que tengo entre las piernas", tal vez mis dedos—dice, mientras roza mis costillas.—O algo más húmedo y caliente— saca su lengua y la desliza lentamente por su labio inferior.
Inquieta, muevo mis piernas, sintiendo el calor que se acumula y la presión creciente entre ellas.Sus ojos brillan con travesuras y diversión, pero su expresión se torna más oscura cuando deslizo disimuladamente mi mano debajo de su camiseta, acariciando su espalda mientras mis uñas arañan sus músculos. Oigo su suspiro y una sonrisa se me escapa involuntariamente.
Logro escapar de sus brazos justo cuando Ryu sube las escaleras del sótano y rompe el silencio.
—Espero que sea vuestra maldita amiga la que está pasando desapercibida entre todos los hombres de La Tríada. No la veo en las cámaras, pero el radar indica que se acerca a la puerta —dice, concentrado en su tableta y móvil.
—Claro que es ella— responde Gatling, su voz rebosante de malicia.
—¿Qué carajos?—susurra Ryu, la incredulidad casi palpable en su voz.—Está dentro de la casa.
Deja la tableta caer al suelo y saca sus armas, quitando el seguro con un clic ominoso. Sus hermanos lo imitan, incluso Gatling, la tensión en el aire se siente como una cuerda a punto de romperse. El Don de La Cosa Nostra, junto a su esposa y sus hombres, no se queda atrás y sacan su propio arsenal. Todos comparten la misma inquietud, una sinfonía de respiraciones contenidas. El silencio es denso, casi insoportable, hasta que un sonido sutil, como un roce, proviene del techo. Todos levantan sus pistolas y luego, se escucha un ruido sordo en la cocina.
Nos acercamos cautelosamente y la vemos emerger del conducto de ventilación. Me quedo en shock; hace años que no la veo, pero la belleza que emana sigue siendo aún más deslumbrante que la última vez que la vi. No nos dedica una sola mirada mientras deshace su trenza con movimientos fluidos, dejando caer su cabello rizado y rojo como una cascada sobre sus hombros. Cuando finalmente levanta la mirada, un silbido se escapa de los labios del hermano mediano de Gatling. Mis sentidos se embriagan con la visión de sus ojos; Cero posee una condición única, una heterocromía que la hace aún más fascinante. Un ojo brilla en un cálido tono miel, mientras que el otro destila un verde profundo, como un bosque en primavera. Las pecas adornan su piel, y un mapa de lunares que se extiende por su cuello, resaltando su piel blanca. El tiempo parece detenerse mientras la contemplamos, y en ese instante, sonríe.
—No era lo que esperaba —dice el pequeño de los Shinoda, su sonrisa traviesa iluminando su rostro. Gatling, su hermana, lo fulmina con la mirada, pero él parece disfrutar de la atención.
—Qué cálida bienvenida—comenta Cero, pero su mirada se detiene en Mauro, y su expresión cambia sutilmente.
—Mauro —lo saluda, levantando la barbilla con un aire de confianza.
Una pregunta flota en el aire: ¿de qué se conocen? Me lo pregunto en silencio, sintiendo que todos los presentes comparten la misma curiosidad en sus miradas.
—Alina —la voz grave de Mauro resuena desde el otro lado mientras baja la pistola y se acerca a ella como si la conociera más que nosotras y no le temiera ni si quiera un poco. —Espero que esta vez te quedes para recoger con nosotros los cuerpos.
¿Alina? No la conocemos por Alina, la conocemos por diferentes apodos y nombres, pero Alina no es uno de ellos. ¿Qué sabe Mauro? ¿Han trabajado juntos?
Gatling los observa, al igual que nosotros, mientras bajamos las pistolas, la tensión en el ambiente comienza a disiparse muy lentamente, aunque toda la atención la tienen Mauro y Cero.
—Sabes que no es un trabajo que pueda permitirse una mujer como yo —responde Cero, sus ojos brillando con un coqueteo audaz que desafía el hecho de que estemos todos presentes.
Mauro la observa desde su altura y termina la conversación con un "mmm", y se retira de su camino. Y esta vez, es Ak quien se acerca a Cero, y la seguimos todas.
—Cero, Alina o desertora, ¿cuál es el real?— provoca Ak sin disimular el veneno de sus palabras.
Cero pasa su mirada tomándose el tiempo para observarnos a cada una de nosotras, ignorando totalmente a la provocación de Ak. Se acerca a Millan, y Alessandro no duda en volver a levantar su pistola y apuntar a la cabeza de Cero, desconfiando totalmente de ella.
Cero ignora al Don, y se desata los guantes tácticos y negros, para acariciar la barriga de Millan, sin quitar la mirada del pequeño bulto.
—¿Qué tienes?—pregunta Cero.
—Una niña—contesta Millan con anhelo en sus ojos mientras observa a nuestra antigua compañera y amiga.
—Hermosa... Será una hermosa princesa de la mafia italiana—dice Cero con cara estoica, mientras deja caer su mano.
—¿Cómo supiste del camino subterráneo?—habla esta vez Ryu apoyándose en la mesa del comedor.
—Ryu Shinoda— dice Cero con un desafío viviente en sus pupilas.—Conozco todas las debilidades de mis enemigos.
—¿Por qué seríamos enemigos, tú y yo?—pregunta Ryu con la mirada de hierro.
—Todos vosotros sois mis enemigos—dice señalando a todos los presentes en la sala.
¿Por qué dice eso? Siempre habla como si fuera un misterio cada palabra que sale de su boca.
—¿Qué tenéis para mí? Tenemos que empezar cuanto antes, tengo trabajo que hacer—dice Cero liderando la conversación.
Pero Gatling no puede aguantar más callada y salta.
—No estás siendo la líder de una mierda, tan solo eres una asesina más para acabar con esta jodida batalla y largarte de nuevo, para no ver tu maldita cara—dice Gatling con aires de superioridad y la mirada clavada en Cero.
—Siempre tuviste una bocaza. Lo que conociste de mi, fue una ilusión que quise que vieras, no te equivoques. Te partiré el cuello en cuanto esto termine si no dejas de ladrar como una perra en celo—responde Cero en la misma postura.
Va desarmada y nosotros armados, pero sin embargo su poder se huele a distancia, y eso es Cero. Ella es puro poder.