Capítulo 56

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Ni siquiera sé en qué momento exacto todo esto dio un vuelco tan brutal

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Ni siquiera sé en qué momento exacto todo esto dio un vuelco tan brutal. Lo que antes parecía un tablero controlado, con piezas que conocía a la perfección, ahora se ha convertido en un laberinto oscuro, lleno de giros y sombras inesperadas. Inari Ming, el hombre al que creí haber investigado hasta su última mentira, me ha sorprendido. Una mujer oculta en las sombras, un hijo bastardo cuya existencia nunca debió salir a la luz, un plan fallido para asesinar a Ann y una figura entre todo esto que lo somete. Este hombre, que ha desafiado el crimen organizado, la política de su país y dos dinastías, ahora se ve reducido por un poder que no logra ocultar.

En la mafia, no hay muchas cosas que puedan someter a un hombre como él. Solo dos fuerzas tienen ese poder absoluto: el hierro de un líder al que teme... o las manos suaves y letales de una mujer. Y lo sé. Inari no tiene líder. No lo tuvo hace cuatro años, ni lo tiene ahora. Este juego no es el de una jerarquía criminal. Este es el juego de alguien más.

Una mujer. Ella es la que lo tiene de rodillas, aunque jamás lo admitiría.

Y mientras más lo pienso, más lo entiendo. Este no es solo un giro en la partida; es el final del juego. Y todos estamos al borde, esperando ver quién será el primero en caer.

—¿Por qué esa mujer no te ha permitido asesinarme y acabar con toda esta farsa? Tu plan A nunca fue que Ann se fuera conmigo como dice Cero; siempre quisiste casarte con ella para despojarla de su poder y matarla, evitando arrastrar a tu heredero a esta locura. Esa mujer no permitió que intervinieses en mi relación con Ann —le digo, sin una pizca de duda en mi voz.

Inari permanece en silencio, como si la verdad le quemara los labios. La única que parece conocer la profundidad de este abismo es Cero.

—¿No ibas a ver a Mauro? Termina con esto de una vez —le digo a la pelirroja.

—Oh, sí. Terminaré con esto —responde, dirigiendo su mirada de nuevo hacia Inari—. Jamás debiste tocarla, Inari. En el momento en que supiste quién era, debiste haber llamado a La Cosa Nostra y avisado que tenías a una princesa de la mafia italiana.

Su confesión cae como un vaso de agua fría sobre todos nosotros. Inari, con una expresión que evoca a un asesino, se acerca a su verdad. La silla de Aless se desploma al suelo con un estruendo, seguida por Gianna y Luca. Aparto a Ann detrás de mí, protegiéndola con mi cuerpo, mientras saco mi arma, al igual que los demás italianos en la habitación. Solo hay una princesa entre los nuestros que está desaparecida. Y si es ella, esto se convertirá en una guerra total.

Saco mi móvil y tecleo rápidamente un mensaje de emergencia a Karl, mi segundo al mando, que lleva horas fuera de esta mansión esperando mi señal para entrar. Necesito que venga a buscar a Ann y la saque de aquí antes de que esto se convierta en un baño de sangre.

—Dime que no tienes a Cloe y saldrás ileso de este despacho —grita Alessandro, elevando la voz por primera vez en meses.

—Joder, Inari. ¿Qué demonios has hecho? —exclama el padre de Ann, furioso. Incluso alguien como él sabe que secuestrar a una princesa italiana es una locura sin redención.

Luca se acerca a Inari y lo agarra del cuello con fuerza.

—Ahora, habla y confiesa por tu vida que no tienes a esa chica —gruñe Luca, con una ferocidad que hace eco en la habitación.

Inari no muestra ningún gesto, ningún indicio de que esté dispuesto a luchar.

—Claro que la tiene. Llevo años tras él; algunas malas lenguas decían que Inari Ming llevaba escondiendo un tesoro valioso. Eso me llamó la atención, así que quise robárselo. Cuando me di cuenta de que se trataba de una mujer, casi abandono esa misteriosa búsqueda. Pero cuando vi una foto de ella, no tuve dudas. Hace menos de un mes supe que tenía a Cloe. Desde entonces, he estado tras su rastro para entrar a esa jodida isla.

Mier-da.

Esto se va a poner peor.

—Es mía. Solo por ella, no estáis ya enterrados bajo tierra. —La voz de Inari es rasposa, tensa, casi un rugido ahogado entre los dedos de Luca que le aprietan el cuello con fuerza. Su rostro está morado, las venas marcadas en su piel como una advertencia. Inari forcejea, luchando por respirar, pero su mirada se mantiene fija, desafiante—. Y tú también, Dario, sigues respirando solo porque Cloe lo ha querido. Siempre decía que eras su maldito mejor amigo.

Luca le lanza un puñetazo a Inari haciéndole escupir sangre en el suelo, pero este no responde. Mi primo lo vuelve a agarrar como si no pudiese soltarlo. El silencio que sigue está cargado de una tensión tan densa que se puede cortar con un cuchillo. Mis ojos arden de furia. Algo se retuerce dentro de mí, una ira primitiva que amenaza con desbordarse.

—Hemos removido cada maldita piedra de este mundo para encontrarla —mi voz llena de veneno—. ¿De verdad pensaste que Ann firmaría ese maldito contrato para que, cuando descubriéramos quién era la madre de tu hijo, no pudiéramos entrar en guerra contra ti? ¿Sabes acaso a qué familia pertenece Cloe? —mis palabras caen pesadas, como puñales, y el aire se llena con la amenaza inconfundible de un futuro sangriento. Inari parece querer responder, pero sus ojos se desvían, como si ya lo supiera. La culpa y la desesperación no pueden ocultarse por mucho tiempo.

Luca lo suelta finalmente, empujándolo hacia atrás con una brusquedad casi letal. Inari cae al suelo, jadeando, tocándose el cuello como si aún pudiera sentir la presión de los dedos de Luca.

—Luca, retira a nuestros hombres. —la voz de Alessandro corta el aire. Está calmado, pero la frialdad de su tono es tan mortal que no hay lugar para la duda—. Lleva a Gianna a un lugar seguro.

El mismo Luca que antes había sido el brazo ejecutor de nuestra mafia, aquel hombre que no temía ensuciarse las manos, ahora parece un niño obedeciendo a su líder. Avanza hacia Benelli y la agarra del brazo, luego se acerca a su cuñada.

—No me toques —dice Gianna, firme como una roca, rechaza la mano que Luca extiende hacia ella. El ambiente se tensa aún más con su negativa—. Que os jodan. No pienso dejar a mi marido en esta locura —su voz, aunque baja, está cargada de rabia.

Sus ojos, esas dos llamas que siempre andan desafiando todo, se fijan en Alessandro, que la observa en silencio, como si calculase cada movimiento de su mujer embarazada. Por un momento, todo el caos parece detenerse, como si el tiempo se alargara entre sus miradas.

—¿En qué momento pensaste que era buena idea quedarte con la hermana pequeña de Mauro Russo? —le suelta Gianna, al futuro heredero de La Tríada, lo que ninguno de aquí quería mencionar, por miedo a la inevitable locura de Mauro. Incluso sin que él esté en este despacho, siento la tensión de lo que puede suceder si descubre que su hermana sigue viva y la tiene Inari Ming. 

Inari no responde de inmediato. No es necesario. Lo que ha dicho Gianna resuena en todos nosotros: Mauro Russo. La mera mención de su nombre es suficiente para que las piezas del rompecabezas encajen de manera macabra. La hermana de Mauro... Lleva años desparecida. Esto es un desastre en toda regla.

Srta.ColtDonde viven las historias. Descúbrelo ahora