Capítulo 59

5.3K 547 31
                                        

Hay momentos en la vida en los que parece imposible creer en algo superior, como si todo aquello en lo que te hicieron confiar fuera solo un cuento vacío

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Hay momentos en la vida en los que parece imposible creer en algo superior, como si todo aquello en lo que te hicieron confiar fuera solo un cuento vacío. Pero otras veces, una fuerza indescriptible te sacude y sientes que algo más grande que tú mismo está detrás de todo. Y ahora, con el último de mis terrores plantado frente a mí, mis piernas flaquean como nunca antes.

He sido una Seven durante más tiempo del que me atrevo a confesar. He pasado más días en esa academia militar que en mi propia vida fuera de ella. He llevado a cabo tantas misiones que los recuerdos se desdibujan, y mis manos han estado más manchadas de sangre que ocupadas en salvar vidas, pese a la fachada de mi profesión. Pero nunca, ni siquiera en las sombras más oscuras de mi existencia, había sentido algo tan visceral como esto: ver al último de mis hermanos apuntándome directamente al corazón con un arma temblorosa en sus manos. Es una sensación extraordinaria, casi irreal, como si todo el dolor y el caos que he atravesado se materializara en esta escena. Después de tanto tiempo sobreviviendo al filo de un abismo, aquí estoy, enfrentando lo inevitable.

Mi padre se levanta lentamente, apoyándose en su bastón con movimientos medidos, como si cada paso fuera una declaración. Se acerca a mí sin titubear, sin mostrar un atisbo de temor, como si el hombre que tiene frente a él no fuera el bastardo que ensucia su linaje. Porque eso es: el hijo de una traición. Hijo de su hermano y su esposa. Una mancha que respira.

Yong mantiene su mirada fija en el jefe de La Tríada, sin parpadear, hasta que rompe el silencio con una voz cargada de resentimiento y determinación.

—El día que tu hermano me reveló que tú no eras mi padre, que él era mi verdadero padre, algo en mí se quebró. Entré en un estado de negación que me costó demasiado superar. No podía aceptar ser menos que mis hermanos... o, mejor dicho, mis primos. Ellos eran hijos del jefe, destinados a la grandeza, y yo... yo era el hijo de un subordinado, del subjefe. Un segundón —hace una pausa, como si los recuerdos lo mordieran por dentro. Su mirada se endurece antes de continuar—. Pero entonces, apareciste en casa con una niña entre tus brazos. Una niña perfecta. Nos obligaste a aceptarla, sin opción a cuestionamientos. Una intrusa en nuestro mundo. Fue en ese momento cuando tomé mi decisión: Ann iba a ser mi perdición o mi boleto al éxito. Y domar a La Tríada sería mi legado, con o sin tu bendición. Porque ella y yo éramos lo mismo; dos bastardos y tú decidiste que ella se casaría con Inari para que gobernara junto a él y yo no lo iba a permitir jamás.

Sus palabras caen como un golpe seco, cargadas de años de rabia contenida y ambición desmedida. La sala se sumerge en un silencio tenso, pesado, donde incluso respirar parece un desafío. Luca, Ben y Alessandro se posicionan alrededor de Millan como un escudo de hierro, listos para intervenir al menor movimiento. Mientras tanto, Dario se acerca a mí con una lentitud calculada, sus pasos son casi imperceptibles, como si deslizara su sombra sobre el suelo. Mauro, siempre el protector, tapa con su imponente figura a Alessandro, cumpliendo con su deber. Por su parte, Cero mantiene sus dedos en movimiento sobre su reloj, probablemente enviando un aviso silencioso a su equipo sobre nuestra situación.

Actúo casi por instinto, activando el micrófono de mi reloj. Ak, Mauser y M deben escuchar esto, deben saber que aquí todo está a punto de desmoronarse.

—Qué sueño tan bonito tuviste —responde mi padre, su voz cargada de desdén, aunque su tono es sorprendentemente sereno—. Incluso a mí me ha gustado esa lamentable versión de tu propia imaginación. Pero lamento decepcionarte, Yong, la vida no es como uno quiere. Nunca estuviste hecho para llevar a La Tríada a su mayor victoria: la unificación de los Ming y los Qing. Puedes creer lo que quieras, pero esa unión es la mejor opción, aunque te niegues a aceptarlo.

Su bastón golpea suavemente el suelo mientras da un paso más hacia el centro de la habitación. Se posiciona frente a Dario, un acto que no deja lugar a dudas sobre su postura. Mi padre, el jefe de La Tríada, está protegiendo a La Cosa Nostra. Es un gesto que grita lealtad, un mensaje claro y poderoso. Pero en ese movimiento, la única que queda expuesta ante la pistola de Yong soy yo.

Yong da un paso al frente, su voz se alza con una intensidad que llena el espacio.

—Haré lo que sea necesario para evitar que estas dos familias se unan. Si tengo que morir por ello, que así sea. No habrá manera en que Ann se case con Inari.

Las palabras de Yong nos golpean como un disparo. Todos intercambiamos miradas cargadas de sorpresa y tensión. Es evidente que no tiene idea del plan B que hemos tomado, sigue creyendo en la posibilidad de un matrimonio arreglado entre Inari y yo, ignorando que hemos cambiado las reglas del juego. Mi mirada se detiene en algo que se mueve detrás de Yong. Una sombra. Mauro y Cero la detectan al mismo tiempo. Sus ojos se encuentran fugazmente, compartiendo una complicidad que solo ellos entienden. Mis pulmones se tensan al contener el aliento.

Es un miedo primitivo el que se instala en mi pecho. No sé qué hay detrás de Yong. Pero si es mi tío, o alguno de sus hombres, eso significa que han logrado entrar en este recinto. Y si eso es cierto, estamos todos en peligro. Desconozco la cantidad de hombres chinos que se han unido a sus filas, traicionando a mi padre.

Un suave paso se escucha, haciendo crujir la madera del suelo. Antes de que nadie pueda reaccionar, aparece una cara conocida para mí, pero más para los de La Cosa Nostra.

Srta.ColtDonde viven las historias. Descúbrelo ahora