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El silencio en la sala me envuelve, haciendo que el sudor se acumule por todo mi cuerpo. La mención de mi madre me revuelve el estómago, y siento el impulso de vomitar.
—La mañana en que Inari despertó y encontró el lugar de aquella mujer vacío, frío, fue un golpe de realidad para él. No todo le pertenecía. Así que se levantó y persiguió a la pobre chica, que cayó en las manos del mismísimo Satanás. Ahora la tiene secuestrada en esa isla, con un hijo bastardo —dice Cero, su tono cargado de desprecio.
Se oyen murmullos, y mi padre acerca la pistola a la cabeza de Inari.
—No lo harás, Cabeza de Dragón. Tengo a tu hijo y a tu hermano bajo mi control. Si me matas, vendrán a terminar su trabajo y acabarán contigo. Mi familia tiene una sola orden: si no regreso con vida, apoyarán al subjefe de La Tríada —responde Inari, sin un ápice de miedo en su voz—. Yo ya tengo un heredero Ming, y tú lo has perdido todo. Deja que esto lo solucionemos entre tu hija y yo.
Ver a Inari en jaque mate es ver al verdadero Ming, el del que todos hablan.
Mi padre lo empuja con fuerza y se sienta nuevamente en su lugar. Inari se acerca a mí, y sin que me dé cuenta, Dario está justo detrás de mí.
—Tu intención siempre fue matarme después de casarnos, quedarte con mi treinta por ciento y contarles a todos que tu hijo bastardo es un Qing, ¿verdad? —le pregunto, sin dejarme intimidar.
—Ese fue mi plan desde que ella apareció en mi vida. Mi hijo debió ser tuyo —confiesa, con una honestidad brutal.
—Tú eras su caballo de Troya —dice Dario, con voz grave, como si todo tuviera sentido ahora.
—Pero la vida te abofeteó y te enamoraste —le respondo, y él aparta la mirada de mi rostro, evitando que vea la realidad en sus ojos.
—Tú también planeabas matarme. No soy un jodido idiota, Li. Nunca fuimos destinados a estar juntos. Tu pasado te hizo odiar esto —dice, señalando a mi padre—. Te hizo odiarme a mí —añade, señalándose a sí mismo—. Era tú o yo, no había posibilidad de un nosotros desde que Dario apareció aquella noche en el restaurante y hubo un tiroteo. Dejé que tu vida siguiera su curso, como la mía siguió el suyo, con la esperanza de que firmaras ese acuerdo y no tuviera que matarte.
Siento cómo mis mejillas se encienden, pero no de vergüenza, sino de algo más corrosivo, como un cóctel de humillación y rabia. Inari confiesa, sin titubear, que supo desde el principio quién nos disparó aquella noche hace cuatro años. Lo supo todo este tiempo. Y, a pesar de eso, nunca me juzgó, nunca me pidió explicaciones, nunca presionó por la verdad que yo me guardé. Como si hubiese estado esperando... algo. Estoy completamente aturdida.
—Yo solo fui la excusa perfecta para quitarte a Ann del camino. Pero hay algo que debo admitir —dice Dario con un tono cargado de veneno y orgullo—. Me alegra saber que conociste tu lugar hace cuatro años, cuando ella te salvó la vida. Tirándote al suelo y esquivando mi bala.
Sus palabras caen como un puñal helado en mi pecho. De repente, las piezas del rompecabezas empiezan a encajar, pero el dibujo que forman me asusta me asusta de alguna manera. Todo lo que viví con Inari fue una mentira. Me estaba preparando para mi funeral, del mismo modo que yo lo estaba preparando a él.
Doy un paso hacia Inari, con los labios temblando por la furia contenida.
—¿Por qué? —mi voz suena rota, pero firme, como una cuerda tensada al borde de romperse—. ¿Por qué no mataste a Dario? Si sabías que él y yo teníamos una historia... si él era un obstáculo para tus planes... ¿por qué no lo eliminaste en territorio de La Tríada? Ni siquiera... —No puedo terminar la frase. Las palabras me queman en la lengua como veneno.
Pero Alessandro, como siempre, astuto y letal, termina por mí.
—Ni siquiera yo habría podido reclamártelo —su voz grave, cargada de una sospecha helada, llena la habitación como una amenaza latente.
La tensión se siente como un nudo de alambre de púas, apretándose más con cada segundo. Inari permanece en silencio, pero su mirada es un arma cargada, un disparo que nunca necesita ser ejecutado. Sin embargo, no son sus ojos los que delatan la verdad. Es lo que yace en las grietas de su silencio, en los espacios huecos de sus mentiras.
Inari pudo haber encontrado a otra mujer, pudo haberla arrebatado de su mundo, pudo incluso haberla sometido a su voluntad y engendrado un hijo con ella. Pero esto... Esto es la mafia. Aquí, el honor no es un lujo; es un pilar. Es el hierro que mantiene a un hombre como él de pie, orgulloso, inviolable. Y aún así, él falló. Inari sabía de la existencia de Dario, de su cercanía conmigo, de su presencia en mi vida. Y no hizo nada. No movió ni una ficha, no desenvainó su orgullo ni su poder. El verdadero pecado no es amar a alguien más. El pecado imperdonable es permitir que otro hombre te arrebate a tu prometida en tu propio territorio y quedarte inmóvil. Él no luchó por mí. Y eso, en nuestro mundo, es un fracaso que ni el heredero de los Ming y los Qing puede permitirse. ¿Qué escondes Inari?
—Alguien más tiene poder sobre ti, ¿verdad? —Dario rompe el silencio, su voz cargada de una curiosidad peligrosa, como si caminara sobre una línea que no debería cruzar.
El aire se corta por el sonido de un aplauso lento. Cero. La pelirroja nos observa con esa sonrisa torcida que siempre promete caos.
—Pensé que nunca lo adivinaríais —responde, burlona.
Mis ojos se fijan en ella, y de repente todo encaja.
—Nunca fue una casualidad que investigaras a Inari y terminaras aquí hoy... —digo, enfrentándola con la mirada.
Millan, confundida, toma un paso adelante.
—¿Eres tú? ¿La madre de su hijo? —cuestiona.
La sala queda en silencio, esperando una respuesta. Pero entonces, Cero rompe la tensión con una carcajada seca, llena de una diversión casi cruel.
—¿Yo? No seas ridícula —nos observa a todos, cada palabra un dardo—. Las casualidades no existen, Colt. Estaba aquí por varias razones. Una de ellas era asegurarme de que, si su Plan A, mandarte con Dario para alejarte, fallaba, entonces el Plan B se pondría en marcha, y te casarías con él sin saber que ibas a acabar en un ataúd. Quería matarlo antes de llegar a eso.
Sus palabras me golpean como una bofetada.
—¿Desde cuándo estás investigando a Inari? —logro preguntar, aunque mi voz tiembla con el peso de todo lo que no entiendo.
—Desde hace más de cuatro años. Mucho antes de que tú y Dario siquiera cruzarais caminos.
El peso de sus palabras se desploma sobre mí. Todo se siente irreal, como si estuviera atrapada en un juego cuyas reglas desconozco.
—¿Quién tiene tanto poder sobre Inari Ming como para impedirle matar a Dario? —la voz de mi padre corta el aire como una hoja afilada.
Cero gira lentamente hacia él, y la chispa de malicia en sus ojos envía un escalofrío por mi columna.
—Esa, querido Cabeza de Dragón, es la pregunta que todos deberían estar haciendo. Porque la respuesta... cambiará todo.