¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Noto cómo le cuesta seguir mi ritmo mientras caminamos por el pasillo. Reduzco un poco la velocidad para acomodarme a ella.
—¿Te duele? —le pregunto, fijando mi mirada en su entrepierna.
—¿Estás bromeando, verdad? Ni siquiera sé cómo me estoy moviendo. —responde con sus ojos achinados llenos de fuego. Esa chispa en su mirada que no hace mas que alimentar mi deseo, volviéndome insaciable.
—Lo siento. —miento, esforzándome por mantener una expresión seria mientras reprimo la sonrisa que amenaza por salir.
—Mentiroso. —me acusa, dándome un pequeño golpe en el brazo.
La atraigo hacia mí, pasando mi mano lentamente por su espalda, deteniéndome justo dónde sé que la hace estremecer.
—No lo siento, ni siquiera un poco. ¿Y sabes por qué? —le susurro con voz grave. Ella alza sus cejas, esperando que continúe. —Porque me fascina la idea de que cada paso que des hoy te recordará a mí. Que mientras hables con Inari, mis fluidos se deslicen entre tus deliciosos labios, empapándote.
Sus labios se entreabren inconscientemente, y sus pupilas se dilatan, atrapadas por mis sucias palabras. Es fascinante cómo puede ser tan inocente en este momento, a pesar de toda la sangre que lleva en sus manos. Es perfecta para mí.
Le robo un suave beso, y vuelvo a arrastrarla conmigo entrando al despacho.
Cuando estamos dentro, suelto su mano con deliberada lentitud, mi mirada conectada con la de Inari antes de sentarme junto a Luca.
—Empiezo a pensar que los italianos arregláis todo con sexo. Manipuladores. —murmura Benelli entre dientes, arrancándonos sonrisas tanto a Luca como a mí, y hasta a Gianna que intenta mantener la postura junto al Don.
—No te veo quejándote. —le replica Luca con un susurro malicioso. Aless le lanza una mirada asesina, logrando que todo nos mantengamos en silencio.
El ambiente se vuelve más serio cuando volvemos a centrarnos en Ann y su padre. Inari coloca un grueso documento sobre la mesa con un gesto calculador.
—Aquí está el contrato que necesito que firme la Cabeza de Dragón —declara, mirando al jefe de La Tríada con ojos de acero. —Me cederás el setenta por ciento de tus bienes legales. El treinta por ciento será para Ann, pero con tres condición: será únicamente mi socia en las acciones, las decisiones finales las tomaré yo; si quiere vender su parte, su único comprador puedo ser yo u otro Ming. Aunque conozco como trabaja Ann, entiende de negocios; por lo que no me importará que mantengamos esta relación laboral por el bien de las dos dinastías. Por último; su futuro marido queda totalmente excluido del acuerdo. Ninguna otra persona que no sea una Qing puede tener participación alguna en esto. Únicamente sus futuros hijos podrán llevar los negocios de su madre si así lo desea ella. —añade.