Capitulo 1.7

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—Es una completa locura lo que hiciste, Percival. — reclamó la mujer echa una furia, socorriendo entre sus brazos a la niña.

—¿Qué querías que hiciera? —inquirió con las pupilas dilatadas y la mirada echando chispas. — ¡Ellos atacaron a Ariana!

—El Ministerio de Magia no pasará por alto el ataque a tres muggles — le reprendió—. Enviarán a los Aurores a buscarte e iras a Azkaban con las manos sucias por esos...—pero se mordió la lengua y antes de decir algo abrazó a su niña y escondió el rostro. Sus lágrimas mojaban el rostro de la pequeña Ariana que también lloraba y le enterraba los dedos con fuerza en medio del agarre. El padre contemplaba la escena mas decidido que nunca y con un la voz quebrada agregó:

—Quiero que escuches lo que te voy a decir, Kendra. — dijo Percival aclarando su voz gruesay con carácter.—Me darán prisión perpetua por lo que hice, por poner en riesgo el Estatuto del Secreto —dijo mientras observa a Ariana, la niña de sus ojos—. No pueden descubrir a Ariana. Si encuentran algo malo o desconocido en ella, la llevarán a San Mungo. No quiero que transcurra su vida allí. Ella debe recuperarse y asistir a Hogwarts como cualquier niño. ¡Lo hará! — dijo estas últimas palabras más para él mismo. Necesitaba creer que ella se repondria.

—Pero todos saben que vivimos aquí y no tardarán en darse a conocer lo que hiciste. — contestó Kendra, calmando las lágrimas de la pequeña con su mano.

—Entonces vete de aquí. Vete a un lugar apartado donde nadie conozca el apellido Dumbledore y Ariana pueda crecer y ser libre. —Dijo Percival más decidido que nunca. Pero esto no parecía convencer a su esposa que bien sabía que su marido era alguien impulsivo y por esa razón no estaba pensando fríamente y ahora estaban pagando las consecuencias.

Por otra parte, los hermanos estaban alrededor de Kendra inmóviles y Albus veía la conversación entre sus padres como una mezcla de imágenes fugaces de lo sucedido la tarde anterior cuando debía haberla cuidado y no lo hizo.

Ariana recuerda las flores y los colores; también a los sin magia colándose en el jardín e insistiéndole para enseñarles algún truco de magia, pues ya se había corrido la voz entre los vecinos que los Dumbledore eran "raros". Y luego su memoria se llenó de terror nuevamente por el maltrato:

«Es un bicho raro», «es un monstruo»

las palabras resonaron en sus oídos como si las volviese a escuchar y comienza a gritar mientras se araña el rostro. Las uñas se enterraron en su piel hasta el punto de hacer correr hilos de sangre. La sensación le llena de miedo. El horror invade su mirada, y comienza a gritar aún más fuerte. Entonces Albus trata de calmarla entre sus brazos.

—Ariana, estas con nosotros. Tú familia... escúchame — le decía, pero ella no escuchaba y Kendra estaba desconsolada.

—Si hago magia, ellos me verán —dijo la pequeña en voz baja—. No quiero que ellos me vean. No quiero hacer magia.

Pero era demasiado tarde porque la magia apareció de forma espontánea, sin que pueda hacer nada para evitarlo. El cristal de las ventanas estalló, provocándole cortes en las muñecas y las manos. Percival corre a su lado, la envuelve en sus brazos e intenta calmarla, quitandola del regazo de Albus.

—No pueden verla así, Kendra —Suplica Percival—. Deben irse lo más pronto posible.

Para cuando llegan los aurores del Ministerio de Magia llegaron a la casa cuyas ventanas estaban destrozadas, el único ocupante que quedaba era Percival Dumbledore, sentado junto a la mesa con el ejemplar diario de El Profeta. Le dicen los cargos por los cuales se le imputa y él no se resiste y acepta su condena aunque deba morir en Azkaban.

Los Secretos de DumbledoreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora