El Ministerio de Magia británico siempre había sido un lugar de contrastes. Bajo las calles grises de Londres, donde los No-Maj caminaban ajenos al mundo mágico, se extendía una estructura sólida, casi eterna, construida sobre piedra, tradición y normas antiguas. Aquel día, sin embargo, incluso sus pasillos parecían contener la respiración. Albus Dumbledore avanzaba con paso tranquilo con su túnica oscura rozando apenas el suelo pulido. Era joven, demasiado joven opinaban algunos para que su voz pesara tanto. Apenas comenzaba a instruirse en Hogwarts y haciéndose un lugar en el Ministerio.
Había sido convocado a una reunión discreta, lejos del Atrio y de los espacios donde las decisiones se anunciaban con solemnidad. Aquella sala no albergaba juicios ni celebraciones; allí se debatían ideas que el Ministerio prefería mantener fuera de actas oficiales. Sobre la mesa, descansaban varios pergaminos sellados con el emblema del Wizengamot. Nuevas directrices. Ajustes legales. Recomendaciones de vigilancia reforzada. Nada que no se hubiera visto antes… y, sin embargo, todo parecía más rígido que en años anteriores.
—La situación internacional es delicada —dijo un funcionario de voz seca, rompiendo el silencio—. El MACUSA ha endurecido aún más la aplicación de la Ley de Rappaport, y no podemos permitirnos parecer indulgentes en comparación.
Bathilda Bagshot, sentada a un lado de la mesa, ajustó sus gafas con gesto pensativo. Sus manos, manchadas de tinta antigua, descansaban con naturalidad sobre su bolso de viaje.
—La Historia nos muestra —intervino— que las sociedades que responden al miedo con restricciones extremas suelen pagar un precio elevado más adelante.
El funcionario frunció el ceño.
—Con el debido respeto, Bagshot, nuestra prioridad es preservar el Estatuto del Secreto. La convivencia con los No-Maj siempre ha sido una amenaza.
Dumbledore levantó la vista entonces. No había tocado los documentos. No lo necesitaba.
—El problema —dijo con suavidad Dumbledore— es que estamos empezando a tratar a nuestra propia gente como si fueran esa amenaza.
—¿Insinúa que el Ministerio se equivoca? —preguntó otro de los presentes, un auror veterano cuya varita descansaba visible en su cinturón.
—Insinúo —respondió Dumbledore— que confundimos control con estabilidad. Y no son lo mismo.
Nadie habló durante unos segundos. Desde algún punto lejano del Ministerio llegó el eco apagado de una chimenea en uso.
—Las leyes existen para protegernos —replicó el funcionario—. Si relajamos la vigilancia, abrimos la puerta al caos.
Dumbledore inclinó levemente la cabeza, como si aceptara el argumento… solo para desmontarlo después: —Las leyes que se obedecen por miedo no protegen —respondió—. Solo postergan el conflicto. Y cuando ese conflicto llega, lo hace con más fuerza.
Bathilda observó a Albus con atención.
—Las generaciones futuras —añadió ella— juzgarán estos años. Siempre lo hacen. No por la intención, sino por el daño causado.
El auror apartó la mirada.
—¿Qué propone, entonces? —preguntó—. ¿Desobediencia?
Dumbledore negó despacio.
—No. Yo propongo reflexión y valentía moral. Porque llegará el día, y ese día no está tan lejos como creemos, en que alguien tomará este descontento silencioso y lo transformará en algo más peligroso.
El funcionario se puso de pie abruptamente.
—Eso es especulación.
—No —corrigió Dumbledore con calma—. Es observación.
La reunión terminó sin resoluciones claras. No hubo reprimendas ni amenazas, pero tampoco cambios.
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Los Secretos de Dumbledore
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