Albus Dumbledore caminaba por los pasillos de Hogwarts con su paso tranquilo, como si no tuviera prisa, y la tenue luz de las velas lanzaba sombras danzantes sobre las paredes de piedra. Su mente, como siempre, estaba llena de pensamientos profundos, pero en ese momento su atención se centraba en un joven que conocía bien, pero cuya valía a veces pasaba desapercibida por otros. Se había enterado de que el joven Gryffindor se encontraba en el jardín, cerca del invernadero, una de sus rutas habituales para despejarse después de las clases. Dumbledore, con una sonrisa de amabilidad serena en sus labios, decidió que sería el momento perfecto para hablar con él. Aunque Neville a menudo parecía dudar de sí mismo, el anciano mago sabía que dentro de él latía un coraje y una fortaleza mucho mayores de los que el chico mismo se daba cuenta.Al llegar al jardín, vio al estudiante de pie junto a unas flores, observando la tierra como si buscara algo en ella. Recientemente él y otros estudiantes se habían batido a duelo contra mortifagos demostrando valentía, y para Dumbledore no fue una hazaña indiferente por lo que quería tomarse su tiempo de agradecerles a todos pronto, pero personalmente traía un mensaje para Neville.Se acercó suavemente, sin hacer ruido, y se detuvo a unos pocos pasos de él. El aire fresco de la tarde acariciaba las hojas, y la luz dorada del atardecer rodeaba al joven con una especie de halo cálido. Dumbledore se quedó allí un momento, observando en silencio, apreciando el esfuerzo silencioso que Neville siempre ponía en todo lo que hacía mientras rozaba y desempolvaba con sus dedos índice y pulgar la tierra en una hoja de una planta de maceta.Finalmente, con su voz suave y tranquila, saludó:— Buenas tardes, Neville —El tono de Dumbledore era acogedor, pero con un toque de profunda curiosidad y firmeza. Bajó sus manos bajo su vientre y continuó — me gustaría hablar contigo un momento.[Neville] El mundo mágico estaba vuelto loco desde que el ministerio mismo confirmara lo evidente. El retorno de quién no debe ser nombrado había disparado más interrogantes que respuestas, al igual que la cuantiosa detención de mortifagos que había dado mucho de qué hablar.Entre las pocas cosas que conseguían mantener a su mente ocupada lejos de todo eso, estaba la herbolaria y era por ello que prefería pasar gran parte de su tiempo libre alrededor de los invernaderos. Tratándose de las últimas semanas del curso donde algunas clases ya habían sido completadas tras sus respectivas evaluaciones, distraerse estudiando variedad de plantas mágicas constituía su nuevo proyecto personal para registrar en bitácora, ahí donde anotaba la evolución de su mimbulus mimbletonia.La contemplación en su hacer lo capturó por completo, debiéndose a ello el brinco repentino producto de un pequeño susto a raíz del saludo ajeno.—Profesor Dumbledore —no ocultó su sorpresa, no era bueno actuando y tampoco lo pretendía. Eventualmente recogió su propio brazo del análisis manual hecho a la planta estudiada. Desde que no contaba con su varita tras lo sucedido en el departamento de misterios, se había limitado a memorizar las particularidades de los ejemplares con el tacto. Por un momento se preguntó si el director le haría alguna observación con respecto a sus visitas al invernadero, pero ciertamente su intuición lo convenció de lo contrario. Después de todo no parecía molesto, casi nunca lo estaba—. Sí, por supuesto —se obligó a responder con prontitud, aunque algo nervioso—. ¿Qué es lo que puedo hacer por usted, señor?Rápidamente vinieron a él los recuerdos de la batalla, en específico, cuando el anciano profesor se unió a ella. No había presenciado su intervención completa, pero lo visto le bastó para ilustrar la grandeza de la que tanto se hablaba (y con justa razón) del legendario mago frente a sus ojos cuya imponente imagen lo imposibilitaba de sostenerle la mirada.
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Los Secretos de Dumbledore
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