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Godric’s Hollow, verano de 1892.
Lo que no se dijo.

"Hoy me arrepiento de no haberle dicho a Aberforth lo que sentía. De no haber confiado en él, de no haberle hablado con la verdad. Hubiera sido más fácil, me hubiera aliviado. Pero en ese momento, el miedo fue más fuerte. Temí que me mirara con desprecio, que viera en mí algo que no pudiera aceptar. Así que me quedé callado. Mentí. Y aunque el tiempo haya pasado, la culpa sigue ahí, como un peso invisible. Debería haber sido yo. Aberforth siempre había sido mi sombra. Mi contrapunto, mi refugio. El niño rudo y directo que nunca se andaba con rodeos. Pero también era el que más me conocía. Lo sabía. Yo lo sabía. Él había visto las pequeñas grietas en mi corazón mucho antes que yo mismo, las había reconocido en mi forma de mirar a Gellert, en la forma en que me perdía en nuestras conversaciones.

Hoy, aquí, mientras me siento frente a este espejo que refleja mis propios recuerdos, mi mayor arrepentimiento sigue siendo el silencio que elegí..."

Albus estaba sentado en la esquina de su habitación, la luz del atardecer entrando suavemente por la ventana, bañando todo en tonos anaranjados y dorados. El aire caliente de la tarde aún se pegaba a su piel. Afuera, el sonido de los pájaros parecía cantar de manera diferente, como si también ellos pudieran sentir la carga del momento que él estaba a punto de enfrentar.

Había decidido que lo diría. Esta vez sí.

El miedo le apretaba el pecho, como una bestia invisible que crecía cada vez que pensaba en las palabras que finalmente saldrían de su boca: “Estoy enamorado de Gellert.”

Era la verdad, la verdad de su ser, lo que le ardía dentro, lo que había sido tan claro y tan confuso al mismo tiempo.

Pero el miedo, oh, el miedo era otra cosa. Un miedo frío, denso, que le calaba los huesos. El miedo al rechazo. No solo el miedo a lo que pensara su hermano Aberforth. El miedo a que lo mirara como si no fuera su hermano. Como si fuera algo… diferente. Un desconocido. Un monstruo.

¿Qué me dirá?, ¿Y si me rechaza?, ¿Y si piensa que estoy loco? Que soy… vergonzoso?

Albus cerró los ojos con fuerza, intentando acallar la tormenta que lo azotaba por dentro. No era una discusión sencilla. No se trataba de decirle a su hermano que sentía algo por Gellert, que había estado sintiendo algo profundo, intenso, de una naturaleza que ni él mismo había comprendido completamente hasta hacía poco. El problema era que sentía lo mismo por Gellert que si le hubiera dado un giro a su vida entera, como si hubiera atravesado un abismo y encontrado un lugar desconocido donde todo era posible y, al mismo tiempo, imposible.

Estaba enamorado de él.

¿Cómo podía decirle eso a Aberforth?
¿Cómo podía esperar que lo aceptara?

Gellert era diferente. Gellert era brillante, inalcanzable, un dios que hablaba de ideas tan grandes, tan desmesuradas, que le hacían perder el sentido. Pero también era peligroso. Albus lo sabía. Y, aún así, lo amaba. No sabía si eso lo hacía tonto, egoísta, o si solo lo hacía humano. Pero ese amor estaba allí, inmenso, y ya no podía ignorarlo.

El sonido de los pasos de Aberforth en el pasillo lo sacó de su ensimismamiento. Albus respiró hondo y se levantó de la cama. La última oportunidad para hablar. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Qué decir? ¿Cómo hacerle entender?

Lo vio en el umbral de la puerta. Aberforth con su porte rudo, su expresión de quien no tiene tiempo para juegos. Pero su mirada… Su mirada era diferente. Como si, en algún rincón de su mente, ya hubiera escuchado lo que Albus iba a decir. Como si ya lo supiera, solo estuviera esperando la confirmación.

—¿Te quedas con nosotros esta noche? —preguntó Aberforth, el tono algo más suave de lo habitual.

Albus no respondió de inmediato. Solo lo miró, tratando de encontrar el valor que ya le había abandonado muchas veces antes.

—Soy gay. Estoy enamorado de Gellert.

Esas palabras le quemaban la garganta, pero no salían. La presión en su pecho lo hacía sentirse más pequeño. Como si el simple hecho de decirlo pudiera destruir todo lo que había construido entre ellos, todo lo que habían sido alguna vez.

En lugar de hablar, Albus caminó hacia la mesa del comedor, donde el silencio parecía esperar como una condena.

—Tengo que decirte algo, Aberforth —dijo, sin girarse, sin mirarlo. Sabía que su hermano lo estaba observando. Sentía sus ojos sobre su espalda, fríos, directos.

Aberforth se acercó, sin hacer ruido, sin apresurarse.

—¿Qué pasa, Albus? —preguntó. La tensión en su voz, esa familiar franqueza de siempre, se mezclaba ahora con una pequeña dosis de preocupación.

Albus cerró los ojos, lo sintió como un peso, como si todo se fuera a derrumbar si no hablaba. Pero el miedo era tan grande, tan implacable, que no podía.

—No sé cómo decirlo —susurró al fin, con voz quebrada, y ni siquiera se dio cuenta de que sus manos temblaban.

Aberforth no dijo nada al principio. Solo lo miró con esa expresión característica, entre la preocupación y la indiferencia. Luego, caminó lentamente hasta él.

—Tú siempre te complicas demasiado, ¿verdad? —dijo Aberforth, tan tranquilo que casi parecía cruel—. Dime qué pasa, Albus.

Albus quería responder. Quería dejar escapar todo lo que llevaba dentro. Quería ser honesto, pero la verdad era tan aterradora, tan grande, que temía que si la soltaba, perdería algo más que la relación con su hermano.

La idea de perderlo a él, de ver la decepción o el miedo en sus ojos, lo aterraba tanto como el mismo rechazo.

Finalmente, se giró lentamente, incapaz de mirar a los ojos a Aberforth. No podía. La vergüenza lo ahogaba. La culpa de no ser lo que su hermano esperaba, lo que la sociedad quería que fuera.

—Nada —dijo al fin, con la voz rasgada. La mentira más grande que había dicho nunca.

Aberforth lo observó, aparentemente confundido, pero sin preguntar más. No insistió. Solo lo miró un momento más molesto por tanta desconfianza y luego se dio la vuelta, marchándose por la puerta con pasos lentos.

Albus se quedó allí, en silencio, con el alma en pedazos, con la verdad aún a medio decir, atrapada en su pecho.

El miedo lo había ganado.

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⏰ Última actualización: Feb 24 ⏰

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