Capitulo 4.2

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Sumergido en una oscura habitación se dejó refugiar aquel día el joven Albus, pues sentía que a su casa no podría ir y que no habría más ningún lugar en ese momento para él. Su hermano ahora le detestaba y tenía razones fuertes para hacerlo, y además la persona a la cual más amaba se había marchado como un verdadero embustero, dejando un profundo dolor que le desgarraba de a poco las entrañas. Su querida hermana había fallecido y no tenía el coraje en esos momentos para mirar a su hermano, así como tampoco se atrevía a hablar con nadie.

Tenía ganas de llorar y quitarse ese sentimiento de culpa, pero seguramente no habría poder que le hiciera olvidar la fatal muerte. Le dolía en demasía pensar que él era el culpable de la muerte de su hermanita, la dulce Ariana.... Él, que siempre había pensado que sería una gran bruja, ya que contaba según su criterio con todas las cualidades; era fuerte y muy lista, muchas veces incluso llegó a pensar que podría recuperarse.

Pensó y pensó, más nunca hizo nada. Ahora se daba cuenta de cuanto le había desperdiciado y lo soberbio que pudo ser, fue incapaz de predecir que la vida de ella sería tan breve.

El viento silbaba en sus oídos y agitaba sus rizos. Albus Dumbledore se recostó en posición fetal en el suelo frio de aquella casa. Quería sentir lo despreciable que era, y que mejor que en un lugar tan sombrío como ese, algo masoquista que siquiera lograba calmarle; parecía que en cualquier momento enloquecería de tanto mirar y atesorar la foto de su hermana.

Ya no podría verla en sus siguientes navidades y esperar recibir un calcetín de lana de su "niña", como tampoco estaría allí para cobijarla y darle de comer. Pero en ese momento se odiaba así mismo. Que incrédulo había sido y despreciable al llegar a sentir en ocasiones que hacer esto era una molestia, pero no siempre lo fue, pero tal vez equivocadamente lo había sentido. Que egoísta había sido y cuan cegado había estado. Si tan sólo hubiera cuidado bien a Ariana, Aberforth no se habría enfadado como lo había hecho; no hubiera ocurrido ningún duelo con Gellert, y Ariana no hubiera acudido a ayudar -pensaba- y luego más lágrimas brotaron de los ojos de Albus, quien se las limpió rápidamente. No podía evitar contener una lágrima tras otra y percibir un peso mayor que iba acrecentándose en su pecho de manera sofocante al reconocer su gran falta.

Las piernas y su cuerpo le temblaban, y se encuclilló un poco más para abrazarse a sí mismo y una nueva fotografía buscó o quizá cayó ante el movimiento. Ni su nariz rota le dolió tanto como ver su foto. Nuevas lagrimas emergieron en su rostro, ardiéndole en el alma y la acarició con sus dedos, inclinando un poco más su cabeza que casi rozaba el suelo con la sien. Luego de ello cerró los ojos con fuerza y acunó un par de segundos la nueva imagen junto a su pecho.

―Por qué Gellert, por qué lo hiciste― sollozaba para sí mismo, enterrando sus largos dedos y unas en la fotografía, sintiendo como si le oprimieran el pecho. No sabía qué sentir e intentar identificar algo en ese remolino de sentimientos, hasta ahora, sólo le había causado más daño. Sin lugar a dudas, había heridas que quizá jamás cerrarían, y aquella era una de esas. Ahora era su responsabilidad mantenerlas limpias y evitar que se abrieran más. Pero esta vez por primera vez tenía miedo.

El amor le había cegado, le había hecho hacer cosas que nunca hubiera hecho en alguna situación normal y le hizo actuar irracionalmente. Aún lo hacía, estaba allí llorándole. El amor le hizo cerrar los ojos, cuando en realidad debió mirar desde más cerca.

Suspiró con inmensa tristeza, sintiendo un terrible nudo en el estómago. Habían compartido juntos aventuras, risas, reflexiones, conocimiento... hasta que ocurrió la desgracia de la cuál él no dudo en apartarse. Sonrió tristemente. Y recordó también como se había dejado llevar por un loco deseo de poder... la idea de dominar sobre los inferiores muggles, nacidos de muggles; sobre todo lo demás... las Reliquias... todo por el Bien Mayor... Ahora comprendía que tal vez, él había sido el ingenuo.

La fotografía permaneció esa noche empuñada en su mano hasta que despertó al día siguiente.

Los Secretos de DumbledoreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora